24 de abril de 2024

Donde el Colorado pega un salto

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

 

 

El arroyo Colorado, luego de su puente en avenida Don Bosco, acelera su andar hacia el río en una pequeña porción de territorio natural en la que, como en todos los cursos de agua de Paraná, está tristemente presente la existencia humana traducida en residuos de todo tipo, incluyendo conexiones cloacales. A pesar de esto, el agua es transparente y no hay olor. También se ven peces y otros animales. Por el cauce rodeado de vegetación se llega al imponente salto que brinda un marco de postal.

 

 

El trazado urbano señala que en la zona en la que Don Bosco pasa la Escuela Hogar -desde el lado del centro- se cruza con Lavalleja poco antes de Rondeau. En esa esquina surge Cabildo Abierto, una calle que, por unos metros, transita paralela al Colorado en dirección a la Circunvalación José Hernández. Desde Don Bosco casi no se ve: apenas se adivina que pasa un arroyo por debajo y que existe esa área pública que es también el fondo de las casas, como un límite natural o patio extendido.

En ese tramo del afluente, Carina Muñoz se empeña en juntar plásticos y otros elementos que por allí circulan, acompañada de Alfredo, que trabaja a sus órdenes. Llevan palos largos con un gancho en la punta, guantes y botas de goma, además de un cajón con sogas y algunas herramientas. Lo que recogen lo van separando en bolsas destinadas al camión municipal o a los recicladores.

 

 

«Después de la lluvia vienen más cosas, se enredan, además de lo que tira la gente a diario como este tapón de una fábrica de agua cercana», dice la mujer alzando un plástico circular blanco en la palma de su mano. Muñoz, docente jubilada, vive hace treinta años en una casa cuyo fondo da al borde del Colorado. Desde que se mudó ahí, se dedicó a limpiar la parte alta, que hace décadas era un basural a cielo abierto y hoy es tierra con césped, árboles y plantas. Desde el año 2020, después de vencer sus dudas y temores, comenzó a encarar la pequeña barranca hasta el arroyo, para un trabajo más profundo.

«Lo que hacemos es remover el plástico enredado en las plantas, para que no se sequen y crezcan», señala. «Hoy bajamos tarde, regularmente lo hacemos de 8 a 11, hasta que nos mata el calor. Hay mucha basura flotante, otras veces sacamos lo que está impactado en la pared, buscamos desenterrar los plásticos en la tierra para que crezca la vegetación», agrega. Esta rutina comenzó con mucho temor a la contaminación: «empecé a bajar la barranca con un miedo… parecía que descendía al inframundo, al noveno círculo de Dante», grafica. «Fuimos aprendiendo por dónde viene el agua y dónde acumula cosas», añade.

 

 

A diferencia de otras cuencas en las que se formaron grupos con objetivos similares -La Tribu del Salto, por ejemplo-, la labor de Carina es casi solitaria. Alfredo, que vive 300 metros aguas abajo, está sin trabajo y ella lo emplea para que la ayude. De los demás, a quienes invitó a bajar, solamente una vecina lo hizo una vez. Muñoz sabe que en el barrio la tienen como «la loca que limpia el arroyo» y, aunque parezca extraño, eso impone cierto respeto. A los vecinos les parece bien, pero no colaboran directamente: «ayudan no tirando y dicen “limpiamos”, y está bueno, lo toman como propio. Algún día bajarán», se esperanza. El cambio es significativo, ya que dejaron de arrojar basura en el lugar. Charlando puerta a puerta fueron modificando el hábito. «A uno que tiraba bolsas con pañales fue a verlo un empleado de la muni para saber qué necesitaban para no hacerlo; lo negaron, pero no tiraron más», cuenta . Con el lugar despejado, llegan también los gurises del barrio -y de más lejos- que se arriman a mojarrear o, también, a fumar porro sin ser molestados.

Esos metros de arroyo limpio entre Don Bosco y el salto contrastan con la olla que se forma debajo de la caída, en cuyo borde se acumulan plásticos flotantes entre los que andan las tortugas y en la que un árbol tumbado hace de dique a la vez que desvía el curso hacia una de las orillas. En las costas hay restos de lo que parece haber sido una antigua contención de asfalto y adoquín.

 

 

La fauna es llamativa. Además de tortugs, hay iguanas y comadrejas. Carina afirma que con la bajante reciente se arrimó una familia de lobitos de río. En la vegetación circundante, la variedad de aves que pueden llegar ser vistas es significativa: garzas, biguás, carpinteros, celestinos, zorzales, horneros, calandrias y chingolos.

 

 

Bajar a la olla es un poco más osado. En una época lo hacían mediante unas escaleras que había cavado Alfredo en la tierra, pero se fueron desmoronando sus escalones apuntalados de madera. Al municipio les pidieron ayuda reiteradas veces, aunque la cuadrilla de limpieza nunca llegó. Sí, en cambio, dan una mano llevando lo que ellos juntan o entregando algunas bolsas para la recolección. «Eh, flaco, ¡pará!», les grita Carina a los del camión municipal que pasan cerca del mediodía del lunes. Los muchachos bajan a cargar lo recolectado esa mañana y ella les acerca una gaseosa que se toman en una pausa breve antes de seguir recorrido.

 

 

Aunque de iniciativa individual, el ejemplo va transformando las relaciones lentamente y conformando una pequeña red. Hacia el otro lado de Don Bosco, cerca de donde se ve un pelopincho debajo de un árbol al costado de la barranca, viven los suegros de Alfredo, que fueron modificando la onda y el vínculo con el agua arroyo arriba. Los verduleros del barrio, a su vez, les juntan bolsas arpilleras para facilitar la recolección; el herrero vecino es el que les repara algunas herramientas necesarias; y los pibes que merodean comienzan a respetar el entorno.

Más allá de la olla, el Colorado sigue el curso hacia el río entre el barrio de la iglesia San Cayetano a un lado y las manzanas linderas de la escuela de policías hacia el otro. Después de circunvalación, dobla a la izquierda y se une al Culantrillo en el rulo del túnel, para convertirse en Las Viejas en su desembocadura en el Thompson, luego de pasar Villa Almendral. Al menos en la zona de Don Bosco, el arroyo tiene quien lo cuide, y ese pequeño acto puede ser el inicio de un gran saneamiento en uno de los riachuelos más importantes de Paraná.

 

 

 

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