10 de julio de 2020

Usos (y desusos) de la bicicleta en Paraná

TEXTO AQUILES DÍAZ

FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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En el frente de la bicicletería de la esquina de las calles Monte Caseros y Feliciano, un cartel se exhibe advirtiendo lo que cualquier comerciante quisiera avisar: «No se aceptan más bicicletas por hoy». En otro punto de la ciudad, en el local de la intersección de Avenida Ramírez y Victoria, seis personas esperan en fila para arreglar o comprar la suya, en una postal jamás imaginada.

La pandemia causada por el COVID-19 y la aguda crisis en el transporte público pusieron en discusión el uso de las bicicletas como pocas veces se había debatido. Recientemente, la Organización Mundial de la Salud (OMS), aconsejó a la población que «siempre que sea posible, se debe considerar utilizar la bicicleta o ir a pie, algo que contribuye a mantener la distancia de seguridad».

Sin embargo, el problema de la movilidad urbana en Paraná, y puntualmente la temática de las bicicletas como alternativa a los medios de desplazamiento tradicionales lleva mucho más tiempo en el tapete. Esta coyuntura ha ofrecido las condiciones propicias para tratar, con la seriedad que lo amerita, un asunto con muchas aristas.

 

 

 

La bici, con luces: la necesidad de visibilización

Victoria Lozano Rendón es Magíster en Estudios Culturales y se dedica a estudiar la movilidad urbana. Nació en Bogotá, Colombia, y hace cinco años que vive en Paraná. Es la creadora de la red abierta Voy en bici Paraná, que se formó en septiembre de 2019.

La organización busca promover, visibilizar, concientizar e investigar el uso de la bicicleta como medio de transporte (y no como muchas veces se lo ve: de forma recreativa o deportiva). Mediante sus perfiles en Facebook e Instagram, se intenta fomentar la respuesta a la pregunta ¿Cómo es desplazarte en bicicleta en Paraná? Ahí, los usuarios pueden postear fotos y contar las ventajas, desventajas y obstáculos de esta práctica. El grupo se expandió hasta abarcar gente de Oro Verde, Colonia Avellaneda y San Benito.

Lozano Rendón señala que «con la bicicleta se gana independencia y autonomía, pero no estamos en contra de los autos, las motos o el transporte público. Las calles tienen que ser un espacio compartido en el que se pueda convivir. Queremos que la ciudad nos reconozca como parte del transporte activo».

Además, expresa: «andar en bicicleta es un posicionamiento político. No puede ser que todo el tiempo te digan que no se puede andar en Paraná, compruebo día a día que se puede, aunque es conflictivo: inciden la escasa infraestructura, la poca educación vial, el egoísmo de los conductores y la disputa por el espacio».

 

Pedaleando en reversa: un antecedente

«Era muy loco ir por calles transitadas, como Avenida Ramírez, en grupos de a 20 o 30 bicicletas y que sólo se escuchen los pájaros» dice Maxi Sanguinetti, reconocido humorista gráfico y comunicador social. En 2010, junto a su pareja Fernanda Puglisi, impulsaron la Deriva Bicicletera. Este movimiento se reunió todos los primeros domingos de cada mes durante 4 años. Los bicicleteros se congregaban en la Plaza Alberdi y salían desde allí hacia algún punto de la ciudad que decidían en asamblea. En su momento de auge, llegaron a ser 45 personas pedaleando por las calles de la ciudad.

«Surgió porque leímos una nota de los skaters de Buenos Aires, que se juntaban en la Plaza del Congreso en los 90. Pensamos «qué bueno estaría hacer algo así acá», con los circuitos de la ciudad que están por fuera de los establecidos por el trabajo, el consumo, y perdernos en los recovecos de la ciudad donde nadie se detiene», recuerda Maxi.

Si bien este movimiento puede entenderse como un espacio de recreación, la Deriva pretendía «disputar la calle y el espacio público con los autos, hacer valer el lugar de la bicicleta. Además de todo lo que significa la bicicleta en términos de ecoconvivencia». Utilizaban como emblema al poeta francés Alfred Harry, que paseaba en su bicicleta «disparándoles con su arma de juguete a los hipócritas del pueblo». Respecto a esto, Maxi dice que «sentíamos que era eso lo que significaba usar la bicicleta en el espacio público: enrostrarle a la gente que hay otra forma de circular, más amigable con el entorno».

 

 

Pedaleando cuesta arriba: el prejuicio

En el imaginario colectivo, pero bien arraigado, deambula el prejuicio de que Paraná no es una ciudad amigable para moverse en bicicleta, debido a sus subidas y bajadas. La idea está «enquistada», comenta Lozano Rendón.

Sin embargo, el prejuicio se resquebraja con algunos rastreos históricos. Por un lado, se tiene registro que desde 1914, al menos, se ofrecen bicicletas a la venta en diarios y en anuncios. Además, era una postal icónica de la ciudad cuando los empleados de Vías Navegables volvían en bicicleta del puerto por calle San Juan, armando hileras interminables de obreros que regresaban a sus casas.

«También aspiramos a controvertir esa falsa afirmación, que les echa la culpa a las barrancas», sostiene Lozano Rendón. Y agrega: «Vos salís y te encontrás con un montón de gente que claramente no está haciendo deporte: va al trabajo, a estudiar o a hacer trámites en el centro».

El ingeniero mecánico Rafael Díaz trabaja en la cátedra de Introducción al transporte en la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), y aclara que las bicicletas están adaptadas para cualquier tipo de terreno. Además, indica que «las lomadas más grandes de Paraná no están en el centro de la ciudad, que es donde más demanda existe. También se pueden redireccionar calles para evitar que se utilicen las más empinadas».

«La forma en la que una sociedad se moviliza, dice mucho de la misma. Este es un problema cultural», argumenta Lozano Rendón, mientras reflexiona sobre otras problemáticas paranaenses: la relación entre los comercios y la siesta, el transporte urbano nocturno, la noción de que en Paraná “no pasa nada” en referencia a movidas culturales, y hasta cruzar en diagonal las calles «que es muy característico de acá». La visibilización de las bicicletas como medio de transporte debe ser parte de un proceso de transformación de esa movilidad urbana.

 

Pedaleando en el aire: la necesidad de políticas públicas

Otra arista no menor de la problemática es la falta de políticas públicas municipales de transporte. Actualmente, por ejemplo, las ciudades de La Plata, Córdoba y Rosario propusieron la creación de ciclovías temporales. Esto se debe a que se observa a las bicicletas como una buena forma de mitigar el uso del transporte público por el riesgo de contraer coronavirus. Además, desde el Poder Ejecutivo de otras ciudades como Bahía Blanca, Salta, Neuquén, Mendoza y Santa Fe están en tratativas de construir y ampliar las bicisendas o carriles exclusivos. El municipio de Godoy Cruz, en Mendoza, duplicó la bonificación que reciben sus empleados que van a trabajar en bicicleta.

Sin embargo, en la ciudad no hay una infraestructura adecuada para su utilización como transporte activo. Respecto a esto, Díaz dice que «se carece de señalización, de ciclorutas agregadas o de ciclovías exclusivas, para que pueda haber una combinación entre el tráfico común y las bicicletas. A pesar de eso, las personas las siguen utilizando como medio alternativo». Además, agrega: «se necesitan inversiones en políticas públicas, para fomentar su uso y darle al biciusuario la comodidad y seguridad de circular sin sentir que su vida corre riesgo».

Por su parte, Lozano Rendón coincide en la necesidad imperiosa de políticas públicas, pero agrega que deben ser parte de un plan integral. «No se trata solamente de generar ciclovías, sino que no se contemplan cuestiones que contribuyan a que la gente utilice más la bicicleta: campañas de educación vial, lugares seguros para dejar las bicicletas, y control en las ciclovías», propone. Y luego añade «si no se hace como parte de un proceso, se va a generar rechazo, resistencia y accidentes».

Además, Lozano Rendón agrega que parte del problema se debe a que ese prejuicio antes mencionado también llega hasta las autoridades: «La única vez que se mencionó a las bicicleterías fue el 12 de abril, cuando se las habilitó a abrir de nuevo. Ni antes, ni después se las volvió a nombrar» indica. En este sentido, manifiesta que «la gente que está tomando las decisiones en Paraná también insiste en ese prejuicio de que en la ciudad no se puede andar en bicicleta».

 

 

Se hace camino al pedalear

La actual coyuntura generó que la explosión mediática hable de la bicicleta como un medio de transporte público alternativo, sustentable, económico y autónomo. Sin embargo, desnudó la ausencia de políticas públicas, los prejuicios acerca de esta práctica en la ciudad y la falta de educación vial, que hacen que movilizarse en este medio sea un desafío complejo y peligroso. La disputa por el espacio público, con todas las imbricaciones sociales que eso conlleva, seguirán en aumento, aun cuando la mediatización amaine. Lo que está claro es que todavía queda un largo trayecto por recorrer o, mejor dicho, por pedalear.

 

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