30 de noviembre de 2020

Una poética sobre la ciudad

TEXTO FRANCO GIORDA

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Como una grafitera, Soledad González escribe sobre la superficie urbana. No lo hace directamente sobre los muros sino sobre fotografías que toma de la ciudad. Las líneas que proyectan el perfil arquitectónico, los accidentes morfológicos o los cables que atraviesan el cielo sirven de renglones sobre los que despliega su poética. Soledad es comunicadora y actriz y, durante el aislamiento, mirando desde su terraza, se entusiasmó con la idea de combinar, a partir del espacio circundante, imagen y escritura.

 

 

El proyecto lleva el nombre de Andadora y, considerando el momento de su surgimiento, puede interpretarse como una manera de comunicar y expresarse ante la imposibilidad del encuentro con otros. Con la paulatina apertura del confinamiento, la vía enunciativa pudo ampliarse y renovar su significación.

Soledad parte de la certeza de que, así como se habitan edificios y calles, también se habita el lenguaje. A partir de la combinación de estos materiales es que crea y recrea el sentido tanto de la ciudad experimentada como de la ciudad deseada.

El proceso de producción completo lo resuelve desde el celular, esto es: toma las fotos, escribe, edita y, finalmente, sube a su cuenta de instagram. Las preguntas y las respuestas que siguen corresponden a un diálogo propuesto en vistas a conocer más sobre su trabajo.

 

 

 

¿Cómo denominás el tipo de producción que realizás?

El cruce entre la plataforma de Instagram, las fotos y la palabra hacen surgir un juego poético entre la escritura y la ciudad que habito. Me gusta llamarla Andadora porque no sé muy bien a dónde es que va. Sé que está en movimiento en el plano de la calle; a veces sube a terrazas y le dan ganas de escribir sobre paredones.

 

¿Cómo surgió la idea de hacerla?

Durante la etapa más dura del aislamiento las prácticas de toda la humanidad cambiaron. Me parece que la desaceleración fue contundente y la re-imaginación tomó impulso. En ese hueco de encierro apareció esta idea, Andadora, que todavía es una idea cachorra, en proceso. Mis prácticas también cambiaron: pasé muchas horas en la terraza con lecturas y música. Empecé a tener una nueva perspectiva de los techos, los tanques y extractores vecinos, los edificios nuevos que antes no estaban, los tapiales. Era un paisaje geométrico con intersecciones, con lugares de confluencia, con espacios «vacíos» y muchas superficies. ¿Qué pasaría si sobre los muros encontrara cada tarde un mensaje nuevo? ¿Qué pasaría con ese paisaje si pudiera gritar algo para mi manzana, para mi barrio, en medio del silencio de la cuarentena? Un poco jugando a eso nació esta idea, que luego con la apertura paulatina del aislamiento se trasladó a las calles. En la trama urbana el universo se amplió muchísimo, ofreciendo diversidad: tonos, colores, cambios de estación, de clima. En paralelo, y animada por mi amiga Lore Cabello y su experiencia en comunicación visual, empecé a darle lugar a textos que escribo y que a veces comparto en Facebook. Era hora de poner todo en una sola pieza y elegir la red. No es que la imagen acompaña al texto o al revés, sino que dialogan y a veces se pelean en el mismo cuadro.

 

¿Cuál es tu método para llevarlas adelante?

No tengo formación en fotografía, solo algunas nociones muy básicas de encuadre, foco o planos, pero me gusta. Siempre saco fotos. Saco fotos con el celular por los lugares donde voy. Fotos rápidas que almaceno en infinitos archivos que a la vez clasifico y sub clasifico: «paredones», «esquinas», «estacionamientos», «casas raras» o «edificios públicos». En paralelo trabajo la escritura que es un campo que me resulta más familiar. Luego de elegidas las unidades temáticas resuelvo todo en el celular con las aplicaciones; esa es un poco mi auto-consigna: todo en el celular con herramientas muy básicas.

 

 

¿Escribías poesía desde antes o surgió con esta forma particular de intervenir las imágenes?

Escribo desde niña. Para hacer las publicaciones de Andadora trabajo mis textos. Hice una selección de versos que me gustan y también los clasifico. Algunos son literales, otros metafóricos. Otros son repeticiones de palabras que acompañan las líneas de un edificio o la trayectoria del alumbrado. Las palabras también son obras de ingeniería: tienen peso, necesitan amalgama y fragua, pueden sostener lo construido o aplastarlo. Las palabras también construyen ciudades. Creo que la poesía, en particular, tiene la capacidad de irrumpir, perforar, señalar y transformar la manera de vivir. La poesía te deja en el filo, en la cornisa, en el aire. Entre la ciudad que habito y la ciudad que imagino me dieron ganas de dejar mensajes.

 

¿Cómo es el proceso de realización?

Primero salgo a andar e imagino cosas. Camino en la ciudad, es un hábito que me gusta mucho. Salgo con auriculares y celular, tratando de cambiar los recorridos por donde llego a lugares. Siempre descubro detalles que me atrapan, niveles, artefactos como grúas o camiones municipales, centralidades adentro de centralidades y los bordes. Me propongo siempre ir más lejos, otros límites. Paraná es rica, tiene mallas y mallas de marcas, ruidos, huecos. Cuando me siento a producir tiro todo el material en una parrilla de contenidos. En esa organización descubro elementos que orbitan la idea de la semana. Allí voy tomando decisiones. Luego me invento un calendario de días y horarios de publicación. Planifico algunas cuestiones estéticas como por ejemplo algunas fotos que quiero en blanco y negro, o el color de la tipografía. Igual, la planificación es abierta. No quiero que la planificación extrema le gane al disfrute. A veces, antes de publicar me doy cuenta que quiero decir algo distinto sobre esa pared o descubro que hay una persona que sin buscarlo salió retratada y re escribo. Las publicaciones empezaron a salir en septiembre en mi cuenta personal de Instagram que es privada, como una experiencia piloto, a ver qué cosas generaba. Tengo ganas de seguir explorando en este laboratorio.

 

¿Sacás la foto pensando en el texto?

Depende. Algunas fotos las saco porque tengo un verso en la cabeza que me persigue y ando buscando en qué muro ponerlo para que alguien pase en el 11-21 imaginario, lo vea desde su asiento y sonría.

 

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