15 de agosto de 2020

Un viaje por Churruarín

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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Supongamos que vamos desde las Cinco Equinas por avenida Churruarín hacia los barrios y el área suburbana Este de Paraná. El recorrido podría ser también a la inversa, pero hagamos ese ejercicio de fuga imaginaria desde el centro a la periferia.

Caminando, las ciudades se viven y perciben de modo muy diferente respecto a mirar por la ventanilla de un auto; incluso de transcurrirlas en bicicleta. En determinado momento, quien pasa cerca de otro u otra transeúnte intercambia una mirada fugaz, solidaria entre quienes eligen ese antiguo medio de desplazamiento, aunque también se deslice cierto afán adivinatorio sobre el recorrido del prójimo. ¿De dónde vienen o hacia dónde van aquellas personas que se cruzan por las veredas? ¿Se tratará acaso de un paseo de cercanía, un mandado en las inmediaciones, o será tal vez un traslado más extenso?

 

 

El horizonte de Churruarín promete un viaje con ondulaciones desde el «abanico de esquinas», como describiera Amaro Villanueva a esas seis esquinas a las que le birlaron una en su nombramiento. Desde el inicio de su numeración se ven las poderosas instituciones del lado de enfrente, dentro de las avenidas que conforman el centro de Paraná: la Policía de Entre Ríos, una iglesia bautista y una sede de la municipalidad. Un terreno triangular cercado por carteles publicitarios (uno de ellos anuncia un distópico recital de Divididos programado para el 18 de abril de 2020) la separa, iniciando el desnivel, de avenida Almafuerte. Un pequeño cantero con poco pasto y un arbusto da comienzo, frente a una estación de servicios, a su traza hacia el oriente. La cuestión geográfica del serpenteo del suelo puede dar lugar a confusión de distancias: aunque parezcan más, hasta la circunvalación hay apenas 27 cuadras. José L. Churruarín es la arteria número 294 según la ordenanza 5554, con fecha del 19 de agosto de 1970 establecida como nomenclador numérico para designar avenidas, calles, pasajes y demás vías de tránsito del municipio de Paraná. José Lino Churruarín, quien le da nombre al camino, fue un abogado funcionario de Justo José de Urquiza, presidente del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos y uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical en la provincia. Nació en las costas del Arroyo Ñancay del Distrito Ceibas Departamento Gualeguaychú, el 23 de noviembre de 1835. Se instaló en Paraná en 1863 donde abrió su estudio de abogados, que perdura hasta hoy. José Lino falleció el 17 de abril de 1906.

En las primeras cuadras abundan las casas de repuestos de automotores como una extensión del epicentro de negocios de los alrededores de la Terminal de Ómnibus, la calle Echagüe y Almafuerte. La intersección con Francisco Soler marca la posibilidad de la doble mano vehicular. Allí, unos albañiles agachados terminan de alisar una vereda de cemento mientras comparten unos mates. Por si alguien anda desprevenido por el barrio, basta mirar las bases de las columnas de alumbrado para sentir la identidad deportiva del lugar: el negro y rojo avisa de la proximidad del estadio. Aún cerca de las Cinco Esquinas hay un par de grandes casonas, como transportadas desde otra época o lugar, que desentonan en majestuosidad con el resto de la ecléctica arquitectura de esa arteria más bien popular. Un complejo de viviendas, la Escuela de Educación Integral N°1 Helen Keller y la vieja bicicletería de Roberto Bergomasco -«Más de 50 años arreglando ruedas», dice el eslogan-, marcan los primeros pasos, donde una casa de comidas ofrece una rareza en la ciudad: pizza por porción.

 

 

Después de 3 de febrero el mundo se vuelve Patronato. Entre Ayacucho y Sudamérica se despliega la zona típicamente rojinegra. Los días que hay partido, en la esquina del Grella humean los choripanes. La sensación es como de un barrio lejano al centro, pero en realidad el estadio está apenas a cinco cuadras de avenida Ramírez. Hay muy pocos edificios y después de las primeras calles son todas casas, galpones o algunas construcciones de no más de tres pisos. Por allí queda el pasaje sin veredas José Ignacio Gorriti, en el que se baja de los autos directamente dentro de las casas, y que se extiende unos 300 metros hasta calle Guillermo Saravi para el lado de Almirante Brown. Los comercios de bobinados, gomerías y repuestos van dejando lugar paulatinamente a las peluquerías, veterinarias y negocios de barrio. Más lejos aparecen las compra y venta de usados, tapicerías y arreglos del calzado, a veces con un simple mostrador casi a la calle.

Como un castillo de dominios remotos, el edificio del Tiro Federal señala el principio de otro tramo, más allá de Ayacuho. Frente a una de las torretas de esa construcción nace otra de las cortadas, esta vez peatonal, con murales del programa municipal Todas las manos en sus paredes. El viaducto conecta con la calle Los dragones de Entre Ríos. El ERSA rojo que pasa cada tanto no tiene garitas en todas sus paradas. A veces se detiene cerca de un simple poste. Por Gervasio Méndez se encuentra uno de los estacionamientos de la empresa desde donde se suelen escuchar los bombos durante los reclamos de los choferes por falta de pago. Javier toma mate dulce mientras mira las imágenes en un primitivo televisor de su compra y venta en la esquina de Rondeau. Alguien entra y consulta por una garrafa. Su negocio parece no tener siesta. En esa zona todavía hay veredas con baldosas de todo tipo, aunque no son para nada accesibles: los escalones plantean verdaderas barreras urbanas para quien no esté en condiciones de moverse en dos piernas.

 

 

Desde Rondeau arranca la depresión terrestre hacia el paso por encima de uno de los arroyos de la cuenca Colorado – Las Viejas. En una de las viviendas precarias a medio construir del costado, al borde de la barranca, un cartel ofrece venta de lombriz. Siempre la temperatura es más baja cerca del agua, y esa diferencia se hace sentir en las noches de invierno. Desde el puentecito se contempla el paisaje originario, pero la ilusión se rompe al ver el agua que se abre paso con su ruido natural entre residuos. En la senda de cemento que remonta hasta Río Negro por momentos la naturaleza gana posición en la vereda. Después de esa calle, que da al Club Universitario, tener acera de material parece una cuestión de lujo a cargo de cada vecino. El pasto comienza a expandirse más allá de los canteros. Hasta los árboles, que los hay en toda la avenida, son más frondosos y majestuosos. Se los ve imponentes en la zona alta cercana al Lomas del Mirador.

Al pasar Blas Parera invade una rara sensación de descampado: desde el puesto de venta de pescado fresco de la esquina se contempla otro arroyo entubado de la misma cuenca que tiene de fondo la vista del Paraná XIV, con sus edificios en los que algunos moradores construyeron habitaciones hasta en los balcones; sus escaleras; pasillos aéreos; y sus callecitas internas que dan a las casitas de jardín al frente. De uno de esos pasajes laterales se recorta la figura del vendedor de copos de azúcar de color rosado, enarbolados como banderas en su palo alto. El hombre hace sonar un silbato, con una cadencia especial, que ya conocen los chiquilines del lugar. En la esquina de Crespo, cerca de uno de los raros lapachos blancos que hay en la ciudad, dos personas ofrecen hamburguesas y choripanes al paso, solo al mediodía ya que «de noche nos pueden llevar hasta las chapas», estima uno de ellos.

 

 

La última cuesta arriba hasta la circunvalación es entre terrenos de loteos recientes; galpones y casas en construcción; un potrero que es usado por los gurises del Lomas del Mirador, cuyo barrio se ve desde la avenida; y centros municipales de recepción de neumáticos en desusos y de residuos electrónicos. Desde lo alto de ese lugar, el atardecer convida un cielo rojo que recorta la silueta de los edificios del centro, al final del ondulado camino. Si es noche de fútbol, se puede observar al Bartolomé Grella iluminado. Quienes caminan por ahí van por el asfalto a contramano para ver los vehículos de frente, ya que la ausencia de veredas es total. En la esquina con López Jordán se sitúa una propiedad que hace unos años fue motivo de disputa hasta el violento desalojo de la familia que la habitaba desde hacía tres décadas. Esa tierra está hoy vacía –recientemente un vecino eligió una rama de uno de sus árboles para quitarse la vida– y la familia expulsada permanece en un precario campamento sobre la vereda de enfrente. Ese asentamiento unifamiliar incluye recolección de chatarras y algunos animales, entre los que se destaca un ingenioso gallinero construido con changuitos de supermercado.

 

 

Circunvalación y después. Es extraño cómo el mapa, por un lado, y el territorio por otro, siguen sus propios caprichos. Después de la avenida circunvalación José Hernández, el trazado de Churruarín continúa por una distancia igual o mayor a la recorrida hasta allí, aunque su impronta de avenida principal quede detenida en ese último semáforo. Un riego asfáltico de características lunares acompaña por un trecho hasta el cruce con Monseñor Abel Bazán y Bustos. Luego de ahí, nada queda de la citadina propuesta original. La zona de chacras en metamorfosis de nuevos barrios ofrece un simple camino de broza, por momentos en muy mal estado, con zanja a los costados, pajonales o cañaverales. La calle, por largos períodos, parece hundirse en el suelo ante los terrenos de su litoral, como si fuese el seno de un río ausente. El verde impera a ambos lados, aunque también aparecen juntaderos de basura de todo tipo. Las construcciones, como es de esperar, están más espaciadas y alejadas de la arteria. Después de Jorge Luis Borges –por el barrio de Los Poetas– la travesía pierde volumen en su recorrido campestre. Finalmente, un último accidente la tuerce antes de terminar en Gobernador Maya: las vías del tren que unen la capital provincial con Colonia Avellaneda corren hacia el norte el trazo recto que traía Churruarían desde las Cinco Esquinas. En ese rincón final, un asentamiento semi rural se expande entre la trocha del tren y la calle: hay caballos, gallinas, chiqueros al costado del camino y perros por doquier. Los autos, mayormente de líneas populares del siglo pasado, compiten en cantidad con los carros, algunos de los cuales recogen chatarras y otros pastos para alimentar animales.

 

 

Coda. Churruarín parece terminar en el asfalto de Maya, pero hay más. Donde la vía la hizo desviar, del otro lado de la línea ferroviaria nace una calle de iguales características lindante al asentamiento, que lleva el nombre de Avenida José Lino Churruarín Bis y cruza Maya hacia Colonia Avellaneda. Pasa el Apeadero de esa esquina y el barrio popular de la Estación Parera para convertirse luego en una huella de difícil tránsito para vehículos de cuatro ruedas, con zanjas a los costados y flanqueada por una vegetación que la oculta en la lejanía. El arroyo Las Tunas le cambia el nombre (que no está indicado en ningún letrero) por el de Convención Constituyente 2008. De esa forma, el camino de tierra sigue, paralelo al terraplén del tren, hasta que bruscamente pasa del campo al asfalto y a las viviendas de Colonia Avellaneda. Cerca de la rotonda entre el Acceso Norte y la Ruta 12 finaliza ese recorrido. Sin penas ni gloria, la última imagen de Churruarín, en el límite Este de Paraná, es sobre el puentecito de cemento del pestilente y moribundo arroyo Las Tunas, al borde del cual se acumulan residuos que depositan vecinos de uno y otro municipio, dándole un triste final a esa afamada arteria que recuerda a José Lino, ferviente seguidor de Leandro Alem.

 

 

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Comentarios (1)
  1. Alejandro dice:

    Clara y descriptiva definición de una arteria que fue tomado importancia con el crecimiento de la ciudad y que apunta a ser el brazo que nos conectará con nuestra vecina Colonia Avellaneda,en un futuro no muy lejano.

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