18 de abril de 2021

Un cementerio en el aire

TEXTO G. M.

Crónicas bicéfalas

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A Fer, por su conexión con los pájaros

 

En 1899 comenzó en la ciudad de Paraná la construcción de la Santa Casa Lauretana de Nazaret y de Santo Tomás de Aquino, edificio hoy conocido como el ex Seminario y donde tienen sede la Facultad de Ciencias Económicas y otras dependencias de la Universidad Nacional de Entre Ríos, completándose la manzana con una parroquia, vestigio de aquel pasado religioso.

El edificio, proyectado con galerías centrales que dan a un gran patio, siempre fue propicio para la visita de diferentes pájaros, principalmente palomas. Al parecer, eso comenzó a molestar y en algún momento alguien decretó que la situación resultaba insostenible, al punto de provocar la intervención de las autoridades universitarias.

Cuántas veces las aulas universitarias habrán escuchado que «diseñar significa proyectar una obra para lograr un determinado fin, y esa visualización futura de un objeto que hoy no existe supone, o debería suponer, imaginarlo en funcionamiento, no descontextualizado de su situación de uso concreta». Lo cierto es que un día tomaron la decisión, estimamos que luego de varias consultas y estudios, de cubrir el patio central con una inmensa red.

Esta red funciona como una trampera y allí quedan apresados innumerables pájaros que pretendían cumplir su habitual excursión al Seminario. Si cada tanto algunos fragmentos se deprenden y caen, la mayoría de las veces esos débiles cuerpos van quedando atrapados en la gran malla; llegará un día en que plumas, huesitos y tripas secas o en descomposición terminen por obstruir la visión del cielo.

Como era lógico, la red recibe el desgaste del tiempo, y algunas aves logran colarse; a partir de ahí el artefacto invierte su propósito, ya que esos pájaros quedan atrapados en el interior y resultaría un milagro que vuelvan a encontrar la rotura por la que ingresaron. Con menos fortuna, más de una vez los hilos tensados los toma en un trayecto veloz del vuelo y son decapitados en un instante; sus cabezas, así como su sangre y sus aguas intestinales, son esparcidas por el patio.

 

 

La familiaridad del rostro de Salomé, esa mirada de bondad que la iluminación de Cranach el Viejo nos clama considerar, pareciera reflejar la indiferencia contemporánea, y si es cierto que las bendiciones de las palomas no nos caen en gracia, más desagradable en la pena es la lluvia de sus restos mortales. No debería olvidarse que la creencia popular presume que las aéreas deposiciones anticipan suerte; una suerte que quizás ya no merezcamos y que las decapitadas palomas bautistas ya no serán capaces de anunciar.

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