16 de septiembre de 2021

Ser mujer en el infierno

TEXTO ALFREDO HOFFMAN

FOTOGRAFÍAS GISELA ROMERO

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A propósito de la muestra Ser mujeres en la ESMA, inaugurada este viernes en Paraná, un informe sobre la perspectiva de género que hace mirar de otro modo los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado incluso en nuestra ciudad.

 

 

Desde este viernes, en el Centro Provincial de Convenciones (CPC) de Paraná está expuesta la muestra Ser mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar. Se trata de una serie de paneles que reflejan frases dichas por sobrevivientes del genocidio en testimonios judiciales, que refieren a la violencia de género y diversos delitos sexuales cometidos por el Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. El mismo dossier de presentación dice que ese «volver a mirar» se hace en diálogo con las nuevas sensibilidades que despierta el movimiento de mujeres en el presente y sus demandas en la calle, para observar el funcionamiento del centro clandestino de detención a partir de la perspectiva de género, una dimensión hasta ahora ausente en la exhibición permanente del Museo de la ESMA.

Las militantes de La Solapa, asociación de presos y presas políticas y exiliadas de Entre Ríos, se propusieron esa misma nueva mirada al organizar la exposición en Paraná, que en marzo del año pasado debió cancelarse a último momento por el inicio del aislamiento obligatorio. Y al volver a mirar reconocen una centralidad de la clave de género en sus propios pasos por los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, donde el maltrato de los genocidas hacia las mujeres era diferenciado y donde la violencia sexual era recurrente.

 

 

En sus numerosos testimonios ante el Poder Judicial a lo largo de casi 40 años desde recuperada la democracia, las víctimas que sufrieron en forma directa el terrorismo de Estado en Entre Ríos no dejaron de mencionar las violaciones y abusos sexuales que padecieron. Las declaraciones testimoniales en la causa Área Paraná, causa madre de los crímenes de la dictadura en la costa oeste entrerriana, siempre incluyeron la denuncia de estas atrocidades. Uno de los más nombrados como autor de violaciones fue quien se hacía llamar Ramiro, un militar todavía no identificado pero que se sospecha que sería el ya condenado Marino González. Sin embargo, no fue hasta hace relativamente pocos años que esos crímenes fueron interpretados como reproducción de violencia de género que también existía puertas afuera de los CCD y, lamentablemente, existe todavía en la sociedad. Mucho menos fueron tenidos en cuenta en su real dimensión por jueces y fiscales, casi siempre varones.

En la provincia todavía ningún represor ha sido condenado, ni procesado, ni imputado por delitos sexuales en el contexto del genocidio, que han sido subsumidos en los tormentos en lugar de ser tomados como autónomos. A nivel nacional, han sido sentenciados el 11%, 121 sobre un total de 1.024, según el último informe de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad. La primera condena la dictó el Tribunal Oral de Mar del Plata en junio de 2010, contra el genocida de la Fuerza Aérea Gregorio Rafael Molina, culpable de violación agravada en cinco hechos consumados y otro en grado de tentativa, cometidos contra prisioneras del CCD «La cueva».

 

 

El juicio a Céparo

Fue en el segundo juicio al genocida Atilio Ricardo Céparo, en 2019, cuando los testimonios tuvieron por primera vez una marcada clave de género en Entre Ríos. En ese debate el ex policía fue condenado por los casos de tres mujeres víctimas de la dictadura. Marta Inés Brasseur, Graciela Inés López y María Cristina Lucca fueron detenidas ilegalmente en Cipoletti, torturadas y trasladadas a Paraná. El 18 de enero de 1977, a las 13.05, Céparo las interrogó en la Unidad Penal Nº 6 y, bajo severidades y apremios ilegales, las obligó a firmar declaraciones autoincriminatorias que luego fueron utilizadas para condenarlas en los Consejos de Guerra; parodias de juicio que los militares hacían en la capital entrerriana a los acusados y acusadas de lo que llamaban actividades subversivas.

Las víctimas –una de ellas no pudo testimoniar– y las testigas, que eran otras presas, reconstruyeron en ese juicio la dimensión femenina del horror vivido en el infierno en la tierra que representaban los centros clandestinos de detención de Paraná, como el de la ESMA y los de todo el país, que además constituían una maquinaria criminal machista, misógina y sexista.

En la etapa de los alegatos, las abogadas Sofía Uranga y Lucía Tejera expusieron ante la jueza Noemí Berros en representación del Registro Único de la Verdad, que intervino en el juicio en calidad de Amicus Curiae (amigue del tribunal). Tejera dijo que «la verdad histórica tiene sus escenarios en disputa», que las víctimas «han declarado entre ocho y diez veces por lo menos» y que en la actualidad «es otra la ‘escucha’ del Poder Judicial», incluso en clave de género. «Es una realidad incontestable que las víctimas mujeres han padecido un plus de sufrimiento, por la sistematicidad de la violencia sexual ejercida en su contra», afirmó.

Hubo testimonios en ese juicio que nombraron ese plus de violencia física y psicológica por el solo hecho de ser mujeres. Una de ellas relató: «Me llevaron a una pieza, me desnudaron y comenzaron los malos tratos. Me pusieron en lo que ellos denominaron ‘parrilla’, que era como un camastro sin colchón. Comenzó el interrogatorio, me aplicaron picana eléctrica y me dijeron que con eso iba a hablar. Con la primera descarga, no grité y lo tomaron a mal. ‘¿Sos de las duritas?’, me dijeron, y subieron la carga. Lo más terrible fue sentirse tan vulnerable como mujer, se burlaban de mi cuerpo, decían cosas pesadas referidas a lo sexual. Estuve allí toda la tarde, sufriendo manoseos y humillaciones. Me pedían que diera los nombres de mis ‘machos’. Mientras me torturaban se escuchaba una banda tocando una marcha militar».

Otra de ellas contó: «Me trasladaron, en el piso trasero de un auto, a un lugar cercano a la Base Aérea. Durante un día entero fui colocada sobre un elástico o camastro, donde me desnudaron y fui tabicada, atada y torturada con picana eléctrica, golpes, asfixia y toqueteos. No me preguntaban nada, era puro sadismo. La desnudez, ataduras y encapuchamiento generaban una situación de mucha indefensión. Fui vulnerada por mi condición de mujer, no solo por mi condición política o por mi militancia».

Otra más recordó en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal de Paraná: «La llegada de compañeras (a la Unidad Penal 6 de Paraná) significaba una mezcla de alegría y angustia. En los ojos de ellas se veía la desconfianza, el dolor. Encontré en sus miradas la angustia de los días que habían pasado y también las marcas de las torturas en las muñecas y en los tobillos, y todo lo que es capaz de hacer el hombre sobre el cuerpo de una mujer indefensa».

 

 

La nueva mirada

Mariana Fumaneri, de La Solapa, dialogó con 170 Escalones sobre la perspectiva de género desde la que hoy logra mirar al horror del terrorismo de Estado. «Soy sobreviviente de la dictadura militar genocida. Mi paso fue por la cárcel de Paraná y fundamentalmente por Devoto, alrededor de seis años. Fui detenida y recibí el maltrato y la tortura en todas sus expresiones: la tortura de golpes, picana, encierro, atada. El manoseo. Estar encapuchada y que se te acercara alguien y vos no saber quién estaba al lado. Un jadeo acosador», relató.

Mariana contó que antes ella decía: «No fue una violación porque no hubo penetración». Pero luego eso cambió: «Con el paso de los años, con lo que las mujeres en la calle pusieron de relieve, el maltrato hacia la mujer en todos sus términos, empezamos a reflexionar individual y colectivamente que en realidad nosotras habíamos sido parte (es decir, víctimas), además de por lo que pensábamos, por nuestra condición de mujer. Ese manoseo, ese acoso, esa violación tenía con nosotras además un carácter especial. Un aprovechamiento de tu cuerpo joven. Tapados ellos, encubiertos, porque nosotras no los podíamos ver, no sabíamos de dónde iban a aparecer, no sabíamos cómo nos iban a tocar. Desde el golpe hasta ese acercamiento tan asqueroso que me viene a la mente».

Para Mariana Fumaneri había un detalle perverso: además de estar con las manos atadas, siempre tapada la cabeza con una capucha o con otra cosa, lo primero que le decían era: «Desvestite». Ante esa palabra, se desvestían. ¿A quién se le iba a ocurrir no obedecer? Y de ese modo declaró antes del simulacro de juicio que fue el Consejo de Guerra, donde fue condenada. Y la tortura no terminó ahí, siguió durante los siguientes años de la dictadura otra manera: «Evitando que nos comunicarámos con las demás, que nos relacionáramos con la familia, poniendo trabas a todo. No teníamos ninguna forma de conexión con el exterior y si la teníamos, era siempre controlada y a la mínima cosa nos la quitaban».

«Esta situación que hoy se pone en jaque, este machismo exacerbado al que fuimos expuestas como mujeres, no la teníamos como un eje en nuestra militancia. Pienso que en ese momento teníamos otras prioridades: queríamos un mundo mejor, democrático, donde se pudiera votar y se acabaran los golpes militares. Hoy en nuestras declaraciones, no es que contamos distinto, pero sí ponemos otro énfasis: que además de pensar distinto y oponernos al régimen, éramos perseguidas como mujeres. Perseguidas doblemente: en nuestra condición de militantes y en nuestra condición de mujeres. Ellos querían mujeres que se mostraran, mujeres muñecas, no mujeres que pensaran. Y no toleraban que pudiéramos pensar distinto», reflexionó.

Rosario Badano, también de La Solapa, sumó sus observaciones, sentimientos y pensamientos: «Sin duda, toda la represión pasada durante la dictadura era indiferenciada: no distinguía si éramos varones o mujeres. Teníamos naturalizado que el horror formaba parte de eso y no poníamos el sufrimiento en una escala. Fuimos tomando conciencia a lo largo mismo de la prisión de lo que estábamos viviendo. Seguramente son como mecanismos de defensa». Al mismo tiempo, ella consideró que antes estaba naturalizado que las torturas, los golpes, las violaciones y los abusos eran «escalas menores que no podían estar en relación con lo mayor que era la desaparición y la muerte».

«Una mira de nuevo la historia porque va teniendo nuevas ideas, nuevos conceptos, nuevas perspectivas, que nos enriquecen y que nos hacen entender la trama más profunda de eso que vivimos», dijo, para enseguida remarcar: «El tema de la clave de género es bien interesante y a mí personalmente me emociona pensar que son las generaciones jóvenes las que nos han empujado a que nos miremos de una manera diferente. Por suerte. Entonces ahí pudimos ver el despliegue total de lo que significa una palabra como esclavitud o subordinación, la situación de la perversión, todas esas situaciones que si bien eran denunciadas, eran tomadas dentro del rubro de los tormentos y no en la singularidad de una mujer que padece».

Rosario resaltó que es también importante la clave de género porque desnuda no solo el machismo, sino el patriarcado, puesto contra hombres y mujeres. «Muchas de las compañeras de la ESMA dicen que muchas de las cosas que infligían a ellas eran para también quebrar a los varones, como poder adueñarse de situaciones en las cuales estaban comprometidas sus propias mujeres. Era un esquema patriarcal que no solo quería esclavizar y someter, sino destruir en lo más profundo de la condición humana».

Un aspecto más subrayó Badano, la sororidad entre las detenidas, que era una solidaridad de comprenderse, de poder «ver el acorde que cada una tocaba y sufría» y ha sido uno de los núcleos fundamentales en las mujeres. «Esta fuerza sorora que nos hace reconocernos aún hoy en los grupos de expresas y poder saber quién es esa interlocutora y poder entender la carnadura y la hondura de cada sufrimiento, considero que es una parte del desarrollo de la condición femenina, que no tiene que ver con la cuestión burguesa de las mujeres y la competencia y otra cantidad estereotipos con los cuales hemos sido disciplinadas».

«Estoy viendo ahora los propios testimonios de compañeras –dijo ya al finalizar– y veo la red de contención que se hace, porque en cada momento esa apertura, esa testiga que se expresa, es una testiga en la que estamos todas. Eso es un valor de la sororidad, es un valor muy grande de las mujeres. Las mujeres nos cobijamos en aquella cosa pequeña, en aquel gesto, en aquella situación desde siempre, sin saber que eso era sororidad. Y mirarlo en el tiempo y mirarlo hoy nos hace ver que es algo que aún perdura».

Todos los condenados y condenadas en los Consejos de Guerra de Paraná recuperaron su libertad recién en meses previos al advenimiento de la democracia. Rosario Badano estuvo 2.487 días privada ilegalmente de su libertad, entre sus 23 y sus 30 años. Mariana Fumaneri tenía 21 años cuando fue detenida y recuperó su libertad casi a los 30.

La muestra «Ser Mujeres en la ESMA» permanece en exposición hasta el 28 de marzo. Para inscripciones para recorrerla, las personas e instituciones interesadas pueden contactar a La Solapa – Paraná.

 

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