17 de agosto de 2022

Selva en las márgenes del set

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

 

 

«Lucrecia Martel viste ropas claras. Una camisa blanca de mangas largas con los puños enrollados hasta el codo, que deja ver las manos huesudas, las muñecas finas, los brazos pecosos. Un pantalón cargo todo embarrado y botas de caucho, de caña alta. Un sombrero de paja le echa un poco de sombra en la cara, sobre los anteojos, sobre el pelo suelto, ondulado, rubión y largo». La descripción, que Selva Almada completa diciendo que los qom la respetan y el equipo técnico la ama, corresponde al de «una exploradora del siglo XIX». Pero no se trata de una exploradora tradicional ni una conquistadora de territorios, sino de la directora de cine, guionista y productora salteña Lucrecia Leonor Martel, referente ineludible del nuevo cine argentino, a quien la escritora entrerriana acompañó durante la filmación de Zama, en 2017. Sus apuntes de aquella aventura quedaron registrados en El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel (Literatura Random House, 2017), que ya va por su quinta edición.

 

 

Los esbozos de Selva tienen la dispersión de quien está en un lugar que no le es propio; ni el territorio en el que se filma, ni el ámbito del rodaje. Y esa -además de la calidad de su escritura- es posiblemente una de las riquezas principales de El mono en el remolino: la persona que observa desde las márgenes aquello que ocurre en segundo plano; que indaga en las historias que convergen en torno a la filmación, que podrían ser tan cinematográficas como la propia novela de Antonio Di Benedetto de 1956, en la que se basa la película.

Almada se detiene en datos curiosos, en los comportamientos de los actores locales, en la descripción crónica de los ambientes de las locaciones. De esa manera, va construyendo un particular universo detrás de cámara, independiente del registro fílmico. Aunque la autora forme parte del dispositivo cinematográfico -dispositivo en términos no solo técnicos, sino de seres humanos implicados en un modo de funcionamiento-, consigue dar cuenta de ese encuentro cultural y económico, también voluntario, entre poblaciones originarias (qom, pilagás, guaraníes) y los blancos del equipo artístico.

Dice, por ejemplo, que, en las carpas del catering, brillantes bajo el sol, los qom son mayoría, pero no se mezclan con los actores profesionales de Buenos Aires, México y Brasil: «Son chúcaros. Comen con la vista clavada en el plato y apenas si hablan entre ellos de vez en cuando». También juega con el contraste, como cuando señala que estos guerreros fuertes y hermosos de la pantalla viven, en su mayoría en barrios pobres de la ciudad de Formosa.

 

 

Las dificultades del rodaje y las situaciones que no serán objeto del lente de la cámara son narradas en fragmentos breves, a veces extremadamente dramático, como la existencia de muchas de las personas implicadas en la obra colectiva. Hay algo de la atmosfera del Fitzcarraldo de Werner Herzog o del Apocalipse Now de Francis Ford Coppola en los fragmentos de Almada sobre el Zama de Martel. Entre Formosa, Empedrado, Derqui y Los Tapiales, Selva va entretejiendo vivencias, desde un punto de vista de testigo y observadora -un estar ahí-, que a pesar de eso se mantiene en la tercera persona y que únicamente en uno de los relatos adquiere un testimonio de primera persona: el de Teresa Rivero, una mujer que nació en el campo.

La publicación de 96 páginas en un formato de 19 x 11 centímetros se completa con fotografías interiores en blanco y negro de Valeria Fiorini y una atractiva imagen de tapa a colores de la misma artista sobre un fotograma de Zama.

Selva Almada nació en Entre Ríos en 1973. Es autora de los libros de cuento Los inocentes (2019) y El desapego es una manera de querernos (2015); la no ficción Chicas muertas (2014) y las novelas No es un río (2020), Ladrilleros (2013) y El viento que arrasa (2012). Es co guionista, junto a Maximiliano Schonfeld, de Jesús López (Schonfeld, 2021). Según contó, aceptó el desafío de acompañar el rodaje de Zama porque la invitación no correspondía a tener que registrar un tradicional diario de filmación, sino una escritura desde la libertad absoluta. La forma final de sus textos la fue encontrando sobre el terreno. Ese registro resulta ahora tan potente como la misma novela de Di Benedetto o la obra fílmica de Martel, nutriendo de un realismo ineludiblemente contemporáneo al universo de Zama.

 

 

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