24 de septiembre de 2021

Que valga la alegría

TEXTO Y FOTOS AQUILES DÍAZ

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«¡Dale, que están llegando tarde! Eso es porque no hicieron como el señor de allá, que vino hace un rato a sacar las entradas», grita risueñamente Juan Kohner, personificando a un hombre bajito, con unos exagerados zapatos de payaso, tiradores, un casco verde y dientes postizos que sobresalen de sus labios y hacen que su voz sea casi caricaturesca. Mientras juega con los espectadores también los ordena, les echa alcohol en las manos y, finalmente, los hace ingresar al predio y a la carpa.

Juan es el primer nexo entre el circo y la fila, compuesta por niños, niñas y adultos. Traslada el ambiente festivo hacia afuera, y busca más público en el Prado Español de Colonia Avellaneda, donde está ubicada La Moringa. Ya son casi las 20, horario del primer espectáculo. Desde lejos, se escucha la música de las pruebas técnicas y de sonido que retumban dentro del lugar. Cuando el sol se esconde, se encienden las luces que decoran la parte exterior de las lonas, y que forman un arco luminoso sobre las franjas verdes y amarillas del techo. La función está por empezar.

 

 

Grandes movimientos en pequeñas ciudades

El ciclo «Verano en La Moringa» comenzó el primer fin de semana de febrero, y se extenderá hasta el último del mes. Realizan funciones de jueves a domingo, a las 20 y a las 22. La primera siempre es un varieté de circo, compuesto de distintos números, pero con espectáculos que nunca se repiten por completo. La segunda puede contar con teatro, humor y hasta música, de viernes a domingo. Es con entrada gratuita, aunque hay que ir antes a sacar las localidades debido a que el protocolo permite una capacidad máxima del 30%. La salida es a la gorra: «Garantizar el acceso es una decisión política, una forma de resistencia», manifiesta Juan.

Es la primera vez que se instala un circo en esta localidad satélite de Paraná. Aunque en su mayoría el público es local, también concurre gente de la capital provincial, de San Benito y de Sauce Montrull. Los contactos con la Municipalidad se hicieron mediante Emmanuel Chemma Alassia, un integrante del equipo que forma parte de El Portal Club de Arte, un espacio cultural local. Sin embargo, Nahuel Rulo Pisani, otro de los miembros, afirma que la decisión forma parte de cierto rasgo de identidad del proyecto: «Es lo que podemos generar, grandes movimientos en ciudades pequeñas».

El Prado Español es un enorme predio en la zona este de Colonia Avellaneda, rodeado por las calles Ramírez, Entre Ríos, Colón, y la Ruta 12. Al acercarse a la zona, comienzan a asomarse las lonas entre los árboles. La magia del circo se despierta a lo lejos. El lugar pertenece a la Sociedad Española de Socorros Mutuos, y así lo hace saber el arco que recibe a los visitantes que acceden por el ingreso, que da a la ruta. El campo donde está la carpa se divide con alambrados, y en la entrada cuelgan banderines y luces de colores. Además, un pizarrón en la puerta anuncia los horarios de las funciones. Enfrente a la carpa, niños y niñas juegan en una pileta, un grupo de mujeres practica fútbol y otras personas toman mate sentadas bajo la sombra, en unas mesas cercanas a los asadores.

Luego de permanecer un tiempo en las inmediaciones del Centro Cultural Juan L. Ortiz de Paraná, La Moringa se trasladó por lugares como Valle María, Pueblo Esther y la Comuna de Soldini, localidades de Entre Ríos y Santa Fe. «Esto renueva la idea del circo que llega a un lugar que nadie espera. En las ciudades, los hechos sociales tienen que ser muy grandes para que llamen la atención. En cambio, acá construye un montón la geografía del lugar», explica Rulo. Mientras empapelan la ciudad, los vecinos les comentan que distinguen la carpa. Cuando la gente pasa por la zona, es común escuchar un «estoy cerca del circo», como forma de identificar su ubicación.

 

 

Entre la historia y lo inherente

«Fue un periplo larguísimo», coinciden los integrantes acerca del origen de la carpa. En 2012, el Instituto Nacional de Teatro lanzó un concurso para la región litoral (Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba) y convocó a asociaciones civiles a presentar proyectos para diseñar, construir y poner en funcionamiento carpas de circo durante diez años. La Asociación Civil Teatro del Bardo ganó el certamen y en 2013 se les adjudicó el dinero.

«Ahí empezó otro viaje», recuerda Juan, que integra el equipo desde sus comienzos. Ese viaje duró dos años, hasta diciembre de 2015. Durante ese período, tuvieron que cambiar el diseño porque era muy difícil de realizar, debieron encontrar quien se animara a coser tamaña cantidad de lona, e incluso hicieron un concurso para elegir el nombre. Por sorteo, ganó La Moringa Roja, en relación a un árbol que, supuestamente, puede curar 300 enfermedades, aludiendo al aforo para 300 personas que tiene la carpa. «El nombre nos pareció súper poético. El problema fue que, cuando llegó la lona, no era roja como esperábamos, entonces le pusimos sólo La Moringa», cuenta Juan, riéndose.

Finalmente, la inauguraron en las inmediaciones del Juanele, en diciembre de 2015, a diez días del cambio de gestión. «Éramos el enemigo. Hasta tuvimos que pasar un vagón por adentro de la carpa porque no querían que estemos. Ahí empezó una batalla con esa secretaria de Cultura», dice Juan, que elige no nombrar a la funcionaria. La Moringa se mantuvo armada ininterrumpidamente durante un año, hasta que ese camino «fue insostenible. Este es un proyecto muy grande, que necesita socios. Estamos muy conformes con la autogestión, pero teníamos que dar la batalla de sostenernos sin recursos y, encima, aclarar situaciones sobre los usos y costumbres de las actividades», expone Juan.

«Después de tenerla montada todo el tiempo, entendimos que hay algo inherente a las carpas de circo, que es no permanecer en un espacio», comenta Juan. A su vez, aclaran que eso no significa que no quieran contar con esos terrenos que estuvieron en disputa, en cercanías al Juanele. «Hay modelos como el Circo Amarillo de San Pablo, que son itinerantes pero que tienen un lugar fijo, entonces cuentan con el terreno nivelado y los enganches para las estacas, llegan y montan», describe Chemma, y luego explica que «eso reduce mucho los costos y permite pensar actividades más constantes».

Después de ese año ininterrumpido, en Paraná la carpa se armó sólo en invierno de 2017 y 2018 para los ciclos «Invernar en La Moringa». Posteriormente recorrió pueblos, ciudades como Rafaela, y fue la carpa sede en dos ediciones de la Convención Internacional de Circo de Rosario. También colaboraron, sin llevar sus lonas, a montar la carpa hermana La Argentina, en el festival Yo me Río Cuarto, de Córdoba. «Es un proyecto que se puede disparar para cualquier lado», define Chemma.

 

 

Un mundo de posibilidades

«Ese chico», indica Chemma respecto de uno de los integrantes que pasa por atrás de la carpa, realizando alguna tarea previa a la función, «hacía malabares en un semáforo en Colonia. Lo fuimos invitando a El Portal, y luego acá». Después, sonríe humildemente, y sigue: «Es su primera experiencia acá, la está flasheando».

El de La Moringa es un grupo grande y heterogéneo, son alrededor de 25 personas que trabajan en todas las tareas. Hay gente de circo independiente, de Teatro del Bardo -que es el germen que da origen a la carpa-, de El Portal, e incluso de otras ciudades como Rosario o Santa Fe. Para convivir, se dividen en varias áreas que coexisten y se comunican.

Una integrante del grupo sale de la carpa, en donde se ultiman los detalles para la primera función. «Hoy les toca “La Pochi”?», pregunta a otros dos miembros que se acercaban y asienten. «La Pochi» es la pochoclera. «Vengan que les enseño», les dice después, y los ayuda a entender cómo funciona, los ingredientes exactos para el pochoclo dulce y dónde anotar las cantidades vendidas. Casi a la vez, Franco Biagetti, que después realiza un número de telas, interrumpe y le pide a Chemma que se suba a la punta de la carpa a colgar unas tiras negras y largas, con unos estribos en las puntas. Él mira y suelta una sonrisa: «Así es esto, cuando parece que va a ser un día tranquilo, te vas para arriba».

Pese a que advierten que son todos artistas «de escena», tienen que cumplir otros roles, desde abrir las puertas hasta hacer la operación técnica. «La familia va rotando en las ubicaciones, continuamente vamos aprendiendo nuevos formatos, nos adaptamos», explica Chemma. Por ejemplo, ellos mismos se encargaron de acondicionar el predio, que tiene un caminito de piedras que va desde el ingreso hasta la puerta de la carpa, y un espacio para prender fogatas. Incluso, hay un equipo dedicado a la cocina, porque tienen distintas formas de alimentación. Los martes y los miércoles organizan las tareas de difusión y programación. Los días de función, por la mañana se hacen los montajes de los elementos aéreos, a partir de las 16 son los detalles de luces y sonido, y a las 17 comienzan las pasadas técnicas. Como los espectáculos son de jueves a domingos, los lunes son denominados los «lunes de ollita», un descanso en un lugar natural cercano, que no quisieron develar. Quizás, para mantener la magia.

 

 

Entre los circos tradicionales y el nuevo circo

En Argentina se estima que quedan en vida entre 18 y 23 circos de familia, que quedaron varados en las localidades donde se encontraban cuando se decretó la cuarentena. Subsistieron como pudieron: algunos pusieron kioscos, otros salieron a la calle, también pidieron ayudas al Estado. En un país con más de 40 millones de habitantes, es un fenómeno que se está extinguiendo. Sin embargo, con ello también surgen otros formatos.

Rulo cuenta que La Moringa forma parte de esta corriente que fusiona características: son grupos culturales de teatro y circo que tienen una carpa, pero no están en constante movimiento y tampoco pasan de generación en generación. Para Juan, hay algo de esa itinerancia propia de los circos familiares que se perdió. Además, resalta que «para quienes ejercemos el oficio escénico teatral, esa tradición fue muy importante, es donde nace el teatro nacional». La diferencia es que esas familias dependen del circo tradicional, mientras que en estas nuevas dinámicas hay otros recursos que los sostienen. Sin embargo, agrega que «eventualmente se forma esa familia, pero muta. Sale, entra y vuelve gente. Durante la temporada se van asumiendo roles y se da esa conformación».

Rulo vive en Rosario, y para él y otros miembros que no están cerca de su hogar, se vive una experiencia similar a un circo tradicional: «Nos parecemos y nos diferenciamos en algunas cuestiones, pero al fin y al cabo todos nos levantamos y estamos en una lona. El objetivo es el mismo. Hay un ritual que está en la carpa, y que sucede de igual forma acá y en los circos familiares», expresa.

 

 

El antes y el después de la pandemia

«A principios de 2020 tuvimos una reunión, y parecía que nos íbamos a comer el año, teníamos muy buena perspectiva. Después, apareció la pandemia y la previsión se fue a cero», cuenta Rulo. Casi un año después del comienzo de la cuarentena, esta es la primera experiencia presencial de La Moringa: «Es una gran prueba piloto la de volver a hacer eventos con público que funcionen en la autogestión», señala Rulo. Después de un año en donde todo estuvo paralizado, volver a escena significa «un aluvión de frescura para los que entregamos la vida para esto», expresa el integrante.

Además, hace un par de semanas, el Municipio les concedió por un año los terrenos donde está ubicada la carpa, con posibilidad de extender el acuerdo. «Ahora tenemos proyección. Cuando termine la temporada podemos pensar propuestas que no eran posibles sin un lugar estable», menciona Chemma. Una de las posibilidades es que la carpa quede montada durante una semana más, para que se transforme en un espacio de residencia y creación, en asociación con El Portal.

El proyecto es muy abierto y dinámico. En los últimos montajes, comenzó a gestarse la idea de una carpa-escuela, porque ir a otras ciudades hace que se convoque gente que quiere interiorizarse en el trabajo. Podrían realizarse capacitaciones sobre montaje, sonido o luces. Además, planifican un encuentro nacional de carpas. «Esto hace que los procesos sean más largos, pero al final son mucho más ricos, porque no queremos ser un grupo pequeño que entiende el “todo”», manifiesta Chemma. La mística de las lonas es algo que, fundamentalmente, se comparte.

La magnitud de la carpa es pequeña en relación a la gran capacidad para mutar, acomodarse, convocar y proponer distintas actividades y formatos. No sólo importa lo material, sino también lo simbólico. «Quizás en algún momento la carpa esté de temporada fija en Paraná, y después viaje enganchada atrás de un colectivo recorriendo pueblos», explica Chemma. Y agrega: «Cada propuesta va replanteando un nuevo formato. Y esa búsqueda es lo divertido». Y que, como dice el flyer que invita al público a asistir a la temporada, «el cuidado valga la alegría». Y sí que lo vale.

 

 

 

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