13 de agosto de 2020

Nueva edición del siempre vivo Juanele

TEXTO FRANCO GIORDA

FOTOGRAFÍAS CORTESÍA EDITORIAL Y M.E.I.

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Juan Laurentino Ortiz es inagotable. Su poesía, su pulso, su estética, su entendimiento del río, así como su vínculo con el cosmos y la humanidad son una fuente permanente de curiosidad, inspiración y repaso. Nuevos sentidos siempre aparecen en torno a su creación y su decir. En este caso, la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner) y Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) han reeditado, de manera ampliada y revisada, la obra completa del poeta nacido en Puerto Ruiz en 1896 y fallecido en Paraná en 1978. Esta publicación vivifica la recepción de Ortiz y su poesía sale, otra vez, al encuentro de los lectores, tanto experimentados como novatos.

El trabajo editorial, como el autor, tiene varias vías de acceso. La primera impresión que logra cautivar está dada por los colores pregnantes elegidos para la cubierta de los dos tomos que contienen, uno, la poesía y, otro, diversas producciones de Juanele. Estos tintes resplandecientes emulan la tonalidad del rosa y el dorado presentes en el poema Rosa y dorada…, elegido por los editores como una pieza especialmente representativa de la obra. Esta poesía, justamente, es la que se lee en el reverso de la caja que contiene los dos libros, de más de 800 páginas cada uno. Es tal la distinción y el refinamiento del diseño gráfico y el arte de este objeto editorial, a cargo de Manuel Siri, que los mismos serán motivo de una futura nota, pronto a publicarse en este mismo medio.

 

 

El volumen En el aura del sauce, dedicado a la obra poética, está precedido por el texto liminar Imprecación y plegaria de la poeta española Olvido García Valdés, quien reflexiona con gran sensibilidad sobre la experiencia de leer a Juanele. Luego, continúa una introducción escrita por el director de la edición, Sergio Delgado, en donde expone tres maneras de recorrer la obra: cronológica, cíclica y minimalista, según la denominación que le da a cada una de las propuestas. En la primera, contextualiza los diez libros publicados por Juanele, su silencio a partir de 1958 y la aparición, en 1971, en tres tomos, de la obra completa bajo el sello de la editorial rosarina Biblioteca. La entrada «cíclica» sigue con una progresión transversal a partir de tres unidades de sentido, a saber: los poemas autobiográficos, los poemas-poética y los poemas paisajísticos. El acceso «minimailista» propone detenerse en la lectura del referido poema Rosa y dorada… dada su virtud constitutiva que lo postula como un «microcosmos» de la obra. En este punto, Delgado despliega un estudio pormenorizado del sentido de las palabras, de su sonoridad, de su ritmo y de la composición y disposición de los versos que logran sintetizar el espíritu todo del trabajo de Juan L. Ortiz.

Una gran noticia es que en este cuerpo se incluyen, por primera vez, poemas que podrían haber constituido un cuarto tomo de aquella primera edición de En el aura del sauce, de principios de los 70, que quedó en ciernes.

El otro tomo, titulado Hojillas, reúne material diverso que incluye poemas, relatos, reseñas, conferencias, ensayos, traducciones y cartas (algunos inéditos). Este volumen inicia con el texto Escuchar la voz que está fuera del tiempo de Marilyn Contardi en la que navega por la poesía de Juanele a través de referencias a otros autores como Arthur Rimbaud. A continuación, Delgado recorre, en otra pieza, el legado de Ortiz a través de una mirada que va desde el final hacia el inicio; esto es, una búsqueda del sentido a la luz de la madurez en vistas a la juventud perenne del poeta. También reflexiona sobre el uso de los diminutivos del autor que dan razón al título del cuerpo. Luego, sigue una serie de reveladores trabajos, de diferentes autores, que abordan múltiples cuestiones vinculadas al poeta, entre las que se cuentan su relación a corrientes poéticas, su expresividad social o su labor como traductor.

A partir de esta novedad, y con el propósito de profundizar tanto en las cualidades de Juan L. Ortiz como en el trabajo editorial, 170 Escalones llevó adelante el siguiente intercambio transoceánico con el aludido director de la obra completa, Sergio Delgado, quien respondió desde el verano de París, donde reside.

 

¿Cuál es la virtud de Juan L Ortiz para seguir siendo un poeta vivo?

Es una muy buena pregunta. Esta idea del «poeta vivo» la propuso Rodolfo Alonso en el mismo momento en que recibió la noticia de la muerte de Ortiz. «Juanele está vivo…», escribió entonces, sin dudarlo, en un artículo hoy emblemático. Esta afirmación se verifica a medida que pasa el tiempo y se van renovando las lecturas, sobre todo entre los poetas jóvenes, que siguen encontrando en esta poesía el hilo de un diálogo sin fin.

Es probable, además, que todo gran artista produzca esta misma impresión: pasa el tiempo y «cada día canta mejor». Lo que relativiza al menos, y es una maravilla, los límites para algunos muy claros entre la vida y la muerte: ¿están vivos los que viven? ¿están muertos los que mueren? Preguntas que hoy en día, en estos dramáticos tiempos de pestes planetarias, alcanzan, se me ocurre, una dimensión singular. ¿Quién decide, hoy, la suerte de nuestra vida y de nuestra muerte? El artista nos enseña, una y otra vez, bajo las formas más diversas de su práctica, que el verdadero sentido de nuestra vida es el que le damos nosotros.

Todo gran escritor produce entonces este efecto de estar entre nosotros siempre cada vez que lo leemos, pero Ortiz de una manera especial. Por dos motivos que se me ocurren ahora: por el carácter «dialógico» de su poesía, que fue señalado por muchos críticos: los poemas de Ortiz están poblados de interlocutores, como el «amigo», la «amiga» o los «amiguitos», y proliferan sin cesar los signos de interrogación o los puntos suspensivos que obligan al lector, por lo menos, a detenerse, volver atrás, sentirse comprendido por esa conversación; y en segundo lugar esta obra produce la sensación de encontrarse en permanente expansión.

 

Crédito: Myrna Insua

Si bien su poesía fue apareciendo paulatinamente en distintas ediciones a lo largo de casi 40 años, se concibe que el poeta escribió un único libro durante toda su vida ¿cómo influyó esta característica en la planificación de la obra completa?

Efectivamente y ese libro se llama En el aura del sauce. Es un caso muy particular en nuestra literatura, el de un escritor que a lo largo de toda su vida escribe, lenta y laboriosamente, un único libro. Cuando comenzamos a trabajar, esta idea, la del libro único, no se ponía necesariamente de manifiesto. Tampoco era una idea original. Alfredo Veiravé, por ejemplo, la había vislumbrado en un «estudio preliminar» admirable publicado a mediados de los años 60. Se pensaba más bien en los libros independientes, que son similares y distintos, cada uno con su personalidad, que es otra manera de leer la obra. Hugo Gola, por ejemplo, tenía el proyecto de volver a editar esos libros en ediciones facsimilares. Y personalmente preparé la primera edición de El Gualeguay como libro autónomo e incluí en la colección El país del sauce, una edición de El junco y la corriente a cargo de Francisco Bitar.

El hecho es que asumimos esta hipótesis del libro único como principio organizador de la obra y en función de esta idea todo se despliega alrededor: lo que estaba antes (los escritos juveniles, el Protosauce), lo que había quedado al margen y lo que había sido escrito o publicado después.

Asumir la idea del libro único implica sobre todo el desafío de tratar de comprender el funcionamiento de esta unidad. ¿Cuáles son los ejes de trabajo, en la diversidad de poemas y libros, a partir de los cuales Ortiz busca y da coherencia a esa búsqueda del Libro único? ¿De qué manera se establece esta coherencia en una obra en marcha? Este principio y estas preguntas se mantienen en esta segunda edición de la Obra completa, esta vez de una manera, incluso, me parece, mucho más nítida. Aunque más no sea porque el plan en dos volúmenes nos permite incluir en el primero (por primera vez en un único tomo) todo En el aura del sauce y plantear al final un esbozo de su continuidad con los poemas que el poeta trabajaba en el momento de su muerte.

 

Juanele vivió en Gualeguay hasta 1941 y luego en Paraná hasta su muerte en 1978, ¿qué puede decirse de ambos períodos en cuanto a su escritura?

La mudanza a Paraná marca un punto de inflexión de la obra que se ve en El álamo y el viento (1948). Este libro registra, por así decirlo, ese cambio. Ortiz lo llama el libro del “trasplante”, utilizando de alguna manera una metáfora vegetal. Cuando se cambia un árbol de lugar, hay un primer momento de debilitamiento del individuo –por más robusto que sea– para luego, si el cambio es beneficioso, volver con fuerzas renovadas.

En El álamo y el viento hay una nueva ciudad, otras calles, otro río, un nuevo río (el Paraná reemplaza al Gualeguay), pero sobre todo un cambio de perspectiva, de manera de mirar. Para Ortiz en un primer momento hay la pérdida del lugar natal, una experiencia similar al exilio. Pero ese cambio en la mirada (mirar todo a través de los ojos del río natal, el Gualeguay) lo reconforta.

La crítica no se cansa de señalar que Juan L. Ortiz es un poeta que permaneció toda su vida en Entre Ríos, salvo algunas escapadas, por ejemplo a Buenos Aires y China. Pero pocos registran esta suerte de micro-geografía poética. Nadie es el mismo cuando cambia de casa, de barrio o de ciudad. Por más pequeño que sea el desplazamiento. Es posible tener varias vidas en una misma vida. La vida sedentaria no es necesariamente inmóvil.

 

 

¿Qué ha pasado con la recepción y la figura del poeta entre la primera edición de la obra completa en 1996 y la presente reedición?

No sé si soy la persona más indicada para responder a esta pregunta. Tengo una impresión parcial, construida desde mi perspectiva y la de mis redes de amistades y lecturas. Pero quiero creer que el mérito principal de la edición de 1996 es el de haber devuelto En el aura del sauce a sus lectores, luego de más de 25 años de ausencia. En el medio la muerte del poeta (en 1978) y la dictadura que se ensañó de una manera particular con la editorial rosarina, allanando y confiscando sus bienes. Restituimos el texto en las mejores condiciones y le dimos, además, un primer marco crítico. Se revisaban algunos problemas y se proponían nuevas preguntas.

Por primera vez una generación de lectores (jóvenes entonces), que no habíamos conocido personalmente al poeta, poníamos en cuestión el llamado mito «Juanele». No creo que una mitología sea algo exclusivamente negativo. En el caso de Ortiz, además, es difícil separar, como demuestra Juan José Saer, ciertas preferencias materiales del poeta por los perros agalgados, los objetos finos, los cabellos peinados hacia arriba, o por ese río delgadísimo que es el Gualeguay, y ciertas decisiones estéticas, como una sintaxis especial y una extensión determinada para el verso. Pero sin duda hay un elemento negativo del mito, como ocurre también con escritores como Macedonio Fernández o Borges, que se los comenta más de lo que se los lee. «El mito-Ortiz desaloja al poeta», decía, categórico Mastronardi.

Un crítico señaló, con una parte de razón, que la edición de 1996 reemplazó el mito Juanele por el mito de la obra. Es probable. Personalmente pienso que es mejor ocuparse de la obra de un poeta y no de las anécdotas de su vida.

Pero volviendo a la pregunta, la recepción ha sido muy grande, en Argentina y el mundo. La edición está en todas las bibliotecas más importantes. La prueba son las reimpresiones que hubo que hacer y el pedido insistente de los lectores cuando la última re-impresión se agotó. Mucha gente leyó a «Juanele» a partir de esa edición, como es el caso de la poeta española Olvido García Valdés, que ahora acompaña con un texto esta nueva edición. Nuevos lectores lo descubrieron. En uno de los trabajos de esta nueva edición, Fabián Zampini presenta un mapa de estas lecturas, una cartografía del País del sauce.

Me interesa, en todo caso, si lo que digo es cierto, volver sobre la cuestión del poeta «vivo». Lo que me fascina en este trabajo de edición, revisión y re-edición, es comprobar que esta poesía sigue produciendo sentido. Que toda auténtica obra poética no deja de recrearse en cada lector.

De todos modos, creo que todavía queda mucho por hacer porque Juan L. Ortiz todavía no ha recibido, en el marco del hispano-americanismo, su justa valoración. En eso estamos.

 

¿Qué se tuvo en cuenta al momento de concebir los estudios preliminares que también componen la publicación?

Quisiera creer que esta nueva edición ha sabido escuchar los elogios pero también las observaciones críticas (las mencionadas en la pregunta anterior y otras) y que, sobre todo, ha sabido incorporar nuevas y necesarias perspectivas. Quiero creer que, por ejemplo, los trabajos de Edgardo Dobry (comparando la poesía de Ortiz con otros contextos literarios, por ejemplo, el de la literatura norteamericana) o el de Agustín Alzari, que estudia el aspecto social de la poesía y en particular la situación del poeta en el marco de la izquierda, son la respuesta a una necesidad. Lo mismo debería decir en relación con el trabajo sobre la traducción, que es un punto fuerte: Santiago Venturini, Miguel Ángel Petrecca y José Carlos Chiaramonte analizan este tema desde distintas perspectivas. Otra apuesta es por la cronología, que ha sido totalmente re-hecha a partir del trabajo de Mario Nosotti. Todos estos trabajos, me parecen, vienen a completar un vacío. La mayoría de estos escritores y críticos, por otra parte, conocen a Juan L. Ortiz a partir de la edición de 1996.

De todos modos, lo que comprendimos, desde que nos pusimos a trabajar en este proyecto, es que no había más necesidad de «situar» al poeta en el marco de la poesía regional, nacional o internacional, ni justificar las particularidades que presenta su caso, las de su figura (de lo que definíamos como el “mito” del poeta) o de su estilo poético tan característico. En el volumen 2 hay un dossier de lecturas que traza una especie de pequeña enciclopedia orticiana. No pretende ser exhaustivo pero allí están algunos de los principales textos que presentaron al poeta en distintos contextos: Carlos Mastronardi, Hugo Gola, Alfredo Veiravé, Juan José Saer, Haroldo de Campos y un texto desconocido de Rafael Alberti. Allí están, por otra parte, los textos de Martín Prieto, Daniel García Helder, Marilyn Contardi y María Teresa Gramuglio, que acompañaron la edición anterior.

 

Ortiz no solo es reconocido como un gran poeta sino también como maestro de una generación de escritores ¿Cuál es la razón de esta doble condición?

A fines de los años 50, sobre todo cuando Juan L. Ortiz vuelve de su viaje a China (viajó en el 57 para los 40 años de la revolución de Octubre), una generación de jóvenes lo descubre y lo adopta efectivamente como «maestro» y como símbolo de una poesía escrita al margen del discurso oficial. Un viejo amigo, Carlos Mastronardi, se molesta y denuncia lo que considera el «mito Juanele» señalando que la mayoría de sus admiradores no habían leído su obra y estaban más bien apegados a su personalidad. Es cierto que en ese momento los libros de Ortiz habían aparecido en pequeñas ediciones de autor, en tiradas de 200 o 300 ejemplares que circulaban principalmente entre amigos. Pero de todos modos un grupo importante de estos jóvenes poetas lo leía y muy bien: Edgar Bayley, Francisco Urondo, Alfredo Veiravé, Hugo Gola, Juan José Saer, etc. La obra se publicaría recién en 1970. El misterio es que el «mito», si puede ser considerado como tal, mantuvo su fuerza incluso en ese momento y siguió luego de la muerte del escritor.

No estoy en condiciones de evaluar la manera como se lo lee ahora, seguramente esta nueva edición aportará un nuevo caudal de lectores jóvenes, pero puedo decir que, desde mi puesto de observación, es emocionante la manera como la poesía de Ortiz mantiene su vigencia. Sobre todo entre los nuevos poetas. Es cierto que todo gran escritor tiene algo que enseñar y que su ejemplo, a pesar de sus contradicciones, establece una tradición. Pero pocas veces he observado este fenómeno en nuestra literatura. La enseñanza de Juanele sigue cambiando la vida, aunque más no sea parcialmente, de muchas personas.

 

 

El tomo Hojillas recopila piezas de su autoría que se inscriben en variados géneros. Entre otras cuestiones están las traducciones; tema, por cierto, que es tratado en tres de los estudios introductorios ¿Cuál es la característica saliente de Juanele como traductor?

Juan L. Ortiz tradujo mucho. La traducción debe haber significado, incluso, en algún momento (por ejemplo, cuando se instala en Paraná), un ingreso importante, compensando la miserable jubilación que debe haberle tocado. Pero nunca fue un traductor profesional. Incluimos las traducciones, en particular de poesía (que era su objetivo principal, aunque tradujo también algunas novelas) porque además de reflejar sus lecturas y preferencias, prolongan su pensamiento poético. Y su militancia. Hay un proyecto de hacer un libro de traducciones “de los tres Orientes” que hubiera dado cuenta del significado que tiene la poesía, en los contextos geográficos y políticos más difíciles, como resistencia. Ortiz habla mucho de los poetas “de la resistencia” o “de la libertad” cuyas voces se alzan allí donde hay opresión y marginalidad.

 

Los textos heterogéneos reunidos en el mencionado tomo incluyen poemas, relatos, reseñas, conferencias, ensayos, cartas. Esta variedad, ¿les planteó la cuestión sobre qué era obra y qué no en la producción de Juan L? o en todo caso ¿cuál es el corte que decidieron dar para poder cerrar la edición?

Creo que toda edición puede y debe tener un tono personal, un estilo, que es el del editor. Y de hecho hay decisiones, como la de determinar la «obra», privilegiando por ejemplo En el aura del sauce como libro central, que comentábamos antes, que organiza además toda la edición, que implican una marca fuerte de lectura; o decisiones que llevaron por ejemplo a la búsqueda de una mirada exterior, extranjera, como para abrir el juego y escapar a las trampas de la crítica poética local, y de ahí la presencia, en el inicio, del texto preliminar de Olvido García Valdés. Otros editores hubieran podido organizar este inmenso y heterogéneo volumen textual de otra manera, igualmente válida. Se podrían hacer otras clasificaciones, se podrían seleccionar textos, editando, por ejemplo, más bien una antología… Y se hubiera podido, también, solicitar otro tipo de material crítico. O ninguno. Como sea, esta es mi manera de editar Juanele. Asumo toda la responsabilidad y me hago cargo de todos los errores.

Pero creo también que la edición es necesariamente un trabajo en equipo. No puede ser de otra manera. En el caso de la preparación de la primera edición de la Obra completa, que comenzó a principios de los 90, conté con el acompañamiento de un equipo de lujo: Martín Prieto, Daniel García Helder, Marilyn Contardi y María Teresa Gramuglio en primera línea. Y muchos «asesores», como Hugo Gola, Juan José Saer, Rubén Naranjo, Rodolfo Alonso y Beatriz Sarlo, entre los principales. Y finalmente un equipo editorial encabezado por Elisabeth Strada y Adriana Ferrer. Sin este acompañamiento la edición no hubiera podido hacerse. Atesoro el recuerdo de las largas jornadas pasadas con «Isa» Strada corrigiendo las pruebas de la edición, descubriendo y anotando los matices del texto, tomando decisiones para establecerlo. Los estudios preliminares, en ese momento, combinaban textos escritos para ediciones anteriores (los de Gola y Saer) y textos concebidos para la edición. Había una alternancia entre escritores y críticos que habían conocido personalmente a Juanele y otros, más jóvenes, que no lo habían conocido y sin embargo reclamaban su lugar. Este último dato, que parece banal, en realidad no lo es tanto. Creo que esta edición implicó una toma de distancia respecto al «aura» del poeta y un inicio de la idea de «obra» a partir exclusivamente de la lectura y el estudio.

Hubo luego varias re-impresiones, pera esta, propiamente, es la primera re-edición. Me gusta esta idea de la re-edición. En nuestro medio cultural parece extraño un proyecto de volver a editar, de revisar lo hecho, corregirlo y completarlo. Hay quienes prefieren aceptar la idea de que un texto es algo sagrado, en el sentido de que viene de ninguna parte y se mantiene fijo por la eternidad. A mí en cambio me gusta la idea de que ningún texto es definitivo, de que la obra de un escritor sigue viva, como decíamos anteriormente, que puede renacer, crecer y alcanzar incluso una nueva edad. Son los lectores los que tienen la iniciativa.

Esta reedición comenzó prácticamente el día siguiente de la primera edición. Un texto como el de Juan L. Ortiz es, entre otras cosas, un campo de fuerzas, de atracciones y rechazos, en permanente y maravillosa ebullición. Enseguida comenzaron a aparecer materiales y lecturas. Aquí también la edición es el resultado de un trabajo de equipo, que comienza por la búsqueda en archivo. Por ejemplo la preparación de las «obras completas» de otros autores, como es el caso de Carlos Mastronardi que dirigió Claudia Rosa o Amaro Villanueva (a mi cargo), para dar dos ejemplo, escritores y escritos íntimamente ligados Ortiz, desplegó toda una red de archivos y preguntas, de materiales y relaciones. Creo, además, que algo está cambiando en nuestro país en relación con el archivo. Es un proceso lento, porque implica el nacimiento de una nueva mentalidad, menos guiada por la pulsión destructora, más favorable a la conservación, que comienza a dar sus frutos. Aparecen sólidos archivos como el de la Biblioteca Nacional, el Cedinci dirigido por Horacio Tarcus o como el Archivo Histórico de revistas argentinas (AHIRA) que dirige Sylvia Saítta. Los archivos privados se preservan mejor y suelen buscar un destino seguro. Toda la sociedad ha hecho y está haciendo un inmenso trabajo de memoria colectiva que nace necesariamente del trauma que nos han producido y nos siguen produciendo el abandonarnos (utilizándolo también de manera muchas veces sistemática) de dicha pulsión destructora.

Debo mencionar también que, en lo que respecta a Juanele, fueron importantes dos ediciones críticas anteriores, que de alguna manera preparan el terreno de esta redición: la edición de El Gualeguay (2006) que hicimos, para la editorial Beatriz Viterbo, con Sandra Contreras y Adriana Astutti y la edición de El junco y la corriente (2013) que dirigió Francisco Bitar en el marco de la colección El país del sauce.

Esta segunda edición, concretamente, contó con las colaboraciones de Edgardo Dobry, Agustín Alzari, Fabián Zampini, Santiago Venturini, Miguel Ángel Petrecca, José Carlos Chiaramonte y Mario Nosotti, que, además de escribir sus textos, fueron una fuente permanente de consulta. No puedo dejar de mencionar en este último sentido al trabajo de Claudia Rosa, que nos abrió muchas puertas para encontrar los textos juveniles de Ortiz, y la siempre atenta sabiduría poética de Miguel Ángel Federik.

El equipo propiamente editorial se edificó gracias al apoyo, fundamental en este tipo de esfuerzos, de los directores de las editoriales: María Elena Lothringer, Ivana Tosti y Gustavo Martínez. Y debo mencionar especialmente el trabajo de coordinación de Guillermo Mondejar. ¿Qué hace un coordinador? Es el centro vital de este tipo de proyectos, sin el cual a mí me hubiera sido imposible hacer nada. Vivo en Francia y cuando se hizo la primera edición vivía en Santa Fe. Guillermo es mi principal interlocutor, la persona que organiza la búsqueda y recuperación de textos en los archivos, que ayuda en el desciframiento y transcripción de los manuscritos (con una sensibilidad muy especial, dada su formación de tipógrafo, para la letra) que participa estrechamente en la elaboración y ajustes del plan de trabajo y que se ocupa, finalmente, del cuidado de la edición.

Completan el equipo Paola Calabretta, Alexis Chausovsky, Evangelina Franzot y Manuela Acuña en las tareas de corrección. Debo destacar, finalmente, el trabajo en el diseño y la diagramación de Manuel Siri. Un trabajo muy profesional, pero sobre todo de mucha empatía con la poesía de Ortiz que, creo, se percibe a simple vista.

Dicho esto, y tratando de responder a la pregunta, debo decir que a partir del momento en que apostamos a la centralidad de En el aura del sauce y una vez decidido el plan en dos volúmenes (En el aura del sauce y «lo otro»), no hubo mayores problemas para organizar la obra. El segundo volumen, el que aloja «lo otro», con un material tan diverso (poemas, relatos, reseñas, conferencias, cartas, etc.), como vos bien decís, planteó sus dificultades, que se fueron resolviendo a partir de una segunda decisión: adaptar el orden cronológico (desde el nacimiento del poeta hasta su muerte, que es, por otra parte, el que organiza íntimamente En el aura del sauce). Muchos textos, de estatuto literario diverso, cumplen sin embargo una función: la de margen del cauce central. No fue tan fácil organizar de todos modos el segundo volumen, para el que debimos adoptar, digamos, una técnica mixta: a partir del eje cronológico se organizaban de todos modos secciones temáticas.

Otro problema fue siempre el de determinar, como lo señalás, lo que es obra y lo que no lo es. El hecho de centrar «la obra» (en el sentido más elevado del término, la que trasluce expresamente el deseo del poeta) en el primer volumen, nos dio libertad y margen de maniobra para aceptar eso «otro» tan diverso. El problema principal lo plantearon aquellos textos de dudosa procedencia. Algunos firmados incluso con seudónimo. Hubo que decidir caso por caso y todo está explicado en detalle en las notas.

 

 

 

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