29 de septiembre de 2020

Luces de bar en las orillas de la ciudad


TEXTO Y FOTOGRAFÍAS  PABLO RUSSO

 

 

Es como una comunidad en la que todos parecen conocerse desde hace mucho. Se saludan por sus apodos, se hacen bromas, se invitan tragos y, sobre todo, comparten las charlas, que es una forma de acompañarse en la vida. Las pláticas pueden discurrir sobre los números más salidores de la quiniela, el clima o los vaivenes laborales cotidianos. Esto, mientras se toma. Generalmente vino de caja con soda y hielo, o cerveza. Eventualmente, wisky o fernet. Hay ceniceros sobre las mesas porque allí no rige la prohibición de fumar. También se juega al truco y se anotan los puntos con chapitas dobladas, y hay días en los que se enciende fuego en la parrilla tambor en la puerta, y el asado forma parte de la reunión.

El bar del barrio es llamativo por su gran toldo verde, que le ofrece a los parroquianos una generosa sombra con vista a la calle de tierra. «Bar y sanwichería», invitan las letras pintadas en el cobertizo, aunque rara vez se consigue algo para comer más allá de alguna picada de mortadela y galleta. Se trata de un viejo establecimiento en las orillas de la ciudad que se expande. Los más memoriosos confirman que llega a las tres décadas de existencia, si bien desde hace más de dos años, Carlos y Juan Carlos mantienen el lugar después de la muerte de su dueño original. Antes, recuerdan, era mucho más grande, incluía el espacio hasta la esquina, donde ahora hay un salón de peluquería, y también el galpón vecino. Y se armaban tremendas fiestas, dicen. En el espacio central donde se suelen acomodar los muchachos para el truco supo haber una cancha de bochas que se mantuvo hasta los años noventa. El tiempo lo fue transformando, pero no dejó de ser un refugio para las alegrías y tristezas de los varones de la zona. Porque eso sí, rara vez se encuentra una mujer en las instalaciones; aunque más difícil puede ser ver a alguien de saco y corbata. Todos rondan entre esa edad indefinida que va de los 30 a los 50, vestidos de trabajo, algunos con camisa, otros con remeras, pantalones largos o bermudas, mocasines o zapatillas. Entre ellos, siempre un perro manso mendigando caricias.

Carlos Gardel, con su eterna sonrisa, da la bienvenida en blanco y negro, suspendido sobre el mostrador. Los pisos son de cemento y las paredes de ladrillos huecos blanqueadas a la cal. De ellos cuelgan algunas osamentas de animales que suelen estar recubiertos de telarañas, el cuero de un lagarto y el caparazón de un tatú mulita que hace de maceta. De unos cuernos alguien ató la bandera de Artigas, mientras que a la cabeza de un jabalí la adornaron con auriculares. Pasando la puerta sobre la derecha se alza la barra. Detrás, una heladera antigua exhibe todo tipo de botellas; y más arriba reposan en los estantes otros envases abrigados de tierra. Al costado de la foto del zorzal criollo una cartulina con letras en molde propone un poema en verso, cuyos protagonistas son marcas de bebidas como Amargo Obrero o Lucera. Sobre una mesita puede estar encendido el televisor con imágenes de algún canal de noticias, pero sin audio. Arriba de la tv, un equipito de música, en el que se suele escuchar chamamé, crea un extraño videoclip entre las imágenes policiales y la música. Un horno pizzero en una esquina, unas red  de pesca colgando en la pared del fondo y unos cajones de cerveza debajo de una escalera completan la escenografía natural. A veces hay anuncios pegados: «venta de asado con cuero sin pelo», o alguien que invita a su cumpleaños en el bar solicitando «traer cubiertos». El horario puede parecer extraño para una fonda: de martes a domingo 8 de la mañana a misma hora por la tarde. «Desde temprano ya tengo clientes que se quieren tomar un vinito», explica Carlos, vistiendo musculosa azul, bermudas de jeans y ojotas blancas. «Y por las noches es medio peligroso acá, así que mejor cerrar», añade a media voz.

Entre los personajes habituales está aquel que se da una vuelta para recaudar las apuestas de la jornada. Apoya su pucho sobre la punta de la mesa con la brasa hacia afuera, saca un papelito doblado del bolsillo y una birome partida al medio; se inclina y anota. Los demás le dictan sus números: a la cabeza, a los primeros cinco, a los diez, para la tarde o para la noche.

Cada tanto da vueltas una guitarra de mano en mano, que dispensa unos acordes de fondo a las conversaciones, y hasta se oye algún sapucay. Nadie presta demasiada atención, pero cuando uno que es músico profesional empuña el instrumento, convoca a un respetuoso silencio con su canto, que habitualmente concluye en aplausos. Entretanto, las conversaciones giran en torno a las changas realizadas, los recuerdos de tiempos mejores, los amigos que ya no están –uno que empina un vino le cuenta a otro sobre su amigo que murió repentinamente después de tomar un vaso de leche-, o el misterio de las mujeres gitanas «que no usan bombacha». Frecuentemente, alguno se duerme a la sombra frente a su vaso vacío, sentado solo en una mesa, y los demás pasan y lo cargan: «estos no es un motel, Arturito», arroja un recién llegado, pero el hombre ya no responde, sumido en su mundo sin pan y sin dios.

 

A Marcela y a Lucera
se les daba por tomar y el
Amargo que es Obrero las
invitó a trabajar. Formaron
una sociedad y trabajaron
sin desmayo y hoy son dueños
de la fábrica del Rovallo

«Pagame otro vino», le pide uno a su compañero. «Si estás seco te lo pago, sino no», contesta el otro, un poco más sobrio. «No, no estoy seco… seco de corazón, ando», le confiesa el primero. Y entonces el amigo se acerca al mostrador para que Carlos vuelva a llenar los vasos. «Anotámelo a mí», le dice, comprensivo. De un tupper, Carlos le agrega un hielo con la mano, mientras que a un tercero que aprovecha el momento para sumarle un cubito a su trago, se lo sirve con pinza. El que estaba esperando el vino le recrimina al cantinero: «¿Por qué a mí me lo ponés con la mano y a él con una pinza?». «Es que el muchacho es nuevo», le contesta. «Esperá tres días y ya te lo sirve con la mano», le dice el del vino, riendo, al anónimo consumidor, dando pie a una nueva charla. De a ratos, la gente sale a la puerta. No se puede decir que a fumar porque adentro nadie tiene problemas con el humo. Se asoman a tomar aire nomás, a comprobar el estado del tiempo, la humedad, o simplemente que el mundo sigue su curso. Entonces, uno arranca con una anécdota y narra para quién quiera oírlo la historia del pollo más caro del mundo. Resulta que el tipo conoce a alguien que cobró una plata de la jubilación toda junta, y su mujer la guardó en la parte de abajo del horno. Él invitó a un amigo a cenar un día que su mujer no estaba y cocinó un pollo. Así fue como se le prendieron fuego todos los billetes: 10 mil pesos, informa. Lo cuenta con lujo de detalles, poniendo énfasis en las injusticias de la vida, de las que, por un rato, todos parecen estar a salvo en el vientre materno del bar del barrio. Salud.

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Comentarios (1)
  1. Daniel Glimberg dice:

    Buenísimo el relato!
    me encantó la expresión «envases abrigados de tierra»
    Gracias!

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