25 de septiembre de 2021

Los dos papas: técnica y política

TEXTO FRANCO GIORDA

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Una de las novedades de Netflix es Los dos papas del director brasileño Fernando Meirelles. La película fue estrenada primero en las salas de cine (con el objetivo de competir en los Oscars) y luego en la propia plataforma del servicio de streaming. El nudo de la trama es la sucesión papal entre Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio. El período abarcado comienza con la elección de Benedicto XVI en 2005 y concluye con la de Francisco en 2013. La producción cinematográfica permite, por un lado, distinguir los atributos formales y narrativos que hacen del film un trabajo a tener en cuenta y, por otro, el posicionamiento político de los realizadores que invita a la polémica.

Como punto de partida, la obra cuenta con las interpretaciones de dos actores británicos de primera línea: Anthony Hopkins encarnando al papa que abdicó, y Jonathan Pryce poniéndose en los zapatos del arzobispo hincha de San Lorenzo, sucesor en el trono de la monarquía vaticana. Además, participa con destacada perfomance Juan Minujin en el papel del joven Bergoglio.

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El guion tiene el pulso justo como para mantener una tensión permanente entre los dos personajes centrales. Este contrapunto beneficia claramente a la narración y convoca a la concentración en torno al conflicto. No obstante, los temperamentos opuestos aparecen, por momentos, un tanto subrayados a partir de discursos, actitudes y gestos repetidos. Queda en claro, una y otra vez, que Ratzinger profesa un apego y un compromiso estricto con la tradición religiosa, mientras que Bergoglio tiene una conducta más laxa y pragmática en el marco de una visión supuestamente más amplia.

La escritura estuvo a cargo del novelista y dramaturgo neozelandés, Anthony McCarten. En su haber tiene piezas biográficas de la talla de La teoría del todo, sobre la vida del físico Stephen Hawking; Las horas más oscuras, dedicada a Winston Churchill; y Rapsodia Bohemia, en la que cuenta la historia de Freddie Mercury. En todos estos casos, se trata de producciones de reconocida calidad. Es de señalar que, de esta manera, el guionista se ha ocupado de un científico, un político, un artista y, ahora, de dos religiosos.

Los dos papas no esquiva cuestiones candentes. Por ejemplo, los abusos y violaciones por parte de curas y ministros de la Iglesia Católica de los que Ratzinger prefiere hacer la vista gorda; o la vinculación de Bergoglio con la cúpula militar argentina durante la dictadura que impartió el terrorismo de Estado entre 1976 y 1983.

Estas situaciones no dejan de contrariar a ambos personajes, pero el conflicto moral y político se resuelve de una manera acorde a los criterios particulares de la Iglesia, es decir, a partir de las confesiones y las absoluciones que los dos papas se hacen mutuamente. El saldo final que la película deja, entonces, es la redención habilitada por ellos mismos. Los pontífices terminan por ser perfilados de manera amable y benevolente a partir del arrepentimiento; cuestión ésta bastante controversial para determinar responsabilidades éticas e, incluso, penales.

Por otra parte, la película se cuida de entrar en temas que están en discusión en la actual coyuntura como son el aborto o la homosexualidad. La razón posible es que por más diferencias que se quieran destacar entre ambos, los dos, necesariamente, confluyen en la misma postura condenatoria.

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En síntesis, la mirada puede bifurcarse entre lo que la película trata y el modo en el que lo hace. En este sentido, es una producción destacada y atractiva en cuanto a su formalidad, pero condescendiente con la cúpula eclesiástica de la que cabría decir mucho más de lo que dice.

No es la primera vez que Meirelles se mete con temas interesantes abordándolos de una manera superficial. Por ejemplo, en Ciudad de Dios se ocupa de la marginalidad y la violencia de la que son víctimas los niños de las favelas brasileñas como si eso mismo fuese un espectáculo entretenido y consumible como una mercancía sin mayores reflexiones críticas al respecto.

Estas situaciones ambiguas no son tampoco un tema novedoso en la historia del cine. Salvando las distancias y cambiando lo que hay que cambiar, Leni Riefensthal fue una cineasta excepcional al servicio del nacional socialismo. Sus documentales El triunfo de la voluntad (dedicado al congreso nazi de 1934) y Olimpia (sobre las olimpíadas de Berlín en 1936) son piezas que brillan por su excelencia técnica; sin embargo, son propaganda del nazismo. Otros casos que se pueden mencionar son los de David Wark Griffith y John Ford que fundaron una manera virtuosa de hacer cine y, en simultáneo, sus trabajos son discriminatorios en relación a los afrodescendientes y los pueblos originarios.

Si bien el caso de Fernando Meirelles no es un equivalente exacto a los mencionados, el realizador cuenta con notables virtudes técnicas con las que logra películas de consideración, al tiempo que legitima lo establecido (que no necesariamente coincide con lo justo o válido). Por lo tanto, su cine presenta un conflicto entre un destacado manejo del arte cinematográfico y un discurso poco problematizador. El punto no es si estamos frente a un cineasta conservador, sino el carácter unidimensional de su obra (que por lo tanto toma los visos de la propaganda) frente a problemas inmensamente complejos como, en este caso, la religión y la iglesia.

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