28 de noviembre de 2020

La trinchera del papel

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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Las partículas que flotan en el aire están cargadas de poesía en la Biblioteca Popular Carlos Mastronardi de Gualeguay. «Ahí se sentaban Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Emma Barrandeguy para contestar las acusaciones que les hacía el párroco», indica Luisina Viviani, su presidenta, apuntando a uno de los tres antiguos escritorios de lectura con cuatro sillas acomodadas de cada lado.

 

 

Pasar la vieja puerta de hierro de 25 de Mayo 414 para entrar al edificio construido en 1912, subir las escaleras de mármol, atravesar la pequeña antesala y plantarse de pie sobre el piso de madera debe ser lo más parecido a viajar en el tiempo. Detrás del mostrador, como hace más de treinta años, Aníbal Vescina recibe una devolución de libros de una socia. «Este es el lugar más hermoso del mundo», asegura Luisina con una sonrisa de orgullo. Los retratos de Justo José de Urquiza, José de San Martín, Domingo Faustino Sarmiento y Manuel Belgrano cuelgan a la altura de las arañas de iluminación en cada baranda de la habitación. Esas barandas pertenecen al pasillo superior, al que se accede por la diminuta y tambaleante escalera caracol que está casi escondida en una de las esquinas del cuadrilátero. En los anaqueles más altos se encuentran, entre otras maravillas, una de las pocas colecciones completas que hay en el país de la revista Caras y Caretas. Las aberturas de la sala de lectura por las que penetra la generosa luz natural llevan al balcón sobre la tranquila calle empedrada, apenas interrumpida un sábado de agosto por el paso de alguna que otra bicicleta de las que abundan en esa ciudad del sur entrerriano.

 

 

«Más libros más libres», pintó alguien con aerosol negro a mano alzada en el frente del edificio. Si la consigna fuese un hecho, el lugar sería el sumun de la libertad: de la donación inicial de 600 ejemplares que hizo el Club El Progreso a fines del siglo XIX, hoy cuenta con más de 50 mil. «Hay algunos que tienen más de cuatrocientos años, que creemos vinieron en esas primeras donaciones», apunta Viviani. «Construir este edificio con pocos libros implica una visión de futuro interesante», agrega la presidenta de la Sociedad de Fomento Educacional Dr. Antonio Medina (que es quien consiguió los fondos para la estructura edilicia) y de la Biblioteca Popular, categoría «A», que lleva el nombre del poeta y ensayista gualeyo desde 1977, a un año de su muerte. «Esta biblioteca, después de la Popular de Paraná, es la que más socios tiene: alrededor de 600. Los lectores son muchos, aproximadamente la mitad van y vienen llevando libros; y tenemos una Biblioteca Infantil aparte que funcionan bastante bien», comenta la mujer de 32 años, que creció leyendo y estudiando en ese recinto. Donde ahora funciona la biblioteca infantil antes hubo una escuela, ya que cuando se pensó la biblioteca se le destinó la planta alta para protegerla de las crecidas del río Gualeguay, que alcanzaban en ese entonces hasta esa zona céntrica cercana a la plaza Constitución, por la falta de defensas costeras como las actuales.

 

 

El mármol, la madera, las arañas y todo el material con el que se levantó la construcción fueron traídos en barco hasta Puerto Ruiz desde Europa. El edificio se conserva porque las personas que pasaron por él en estos 106 años lo supieron cuidar, destaca Viviani. «Hace poco, en 2016, hicimos reparar los escritorios y entonces descubrimos que fueron armados acá adentro; no salen del salón, no pasan por la puerta», aclara.

No hace falta cerrar los ojos para imaginarse los fantasmas de aquellos tiempos emprendiendo una lucha estética y política desde esa trinchera de papel. Juanele, Mastronardi y Emma Barrandeguy formaron parte de la comisión directiva de la biblioteca durante mucho tiempo. Desde la institución eclesiástica les hicieron la competencia y generaron listas enfrentadas para la conducción. Todo eso se cuenta en La internacional entrerriana, libro de Agustín Alzari editado por EMR en 2014. «Bajé de la estantería las cajas de esos años. Tomé los periódicos y los deposité en pilas, en un costado de la mesa de trabajo. Como no tenía una fecha exacta, ni una fiebre particularmente intensa por el dato, hice todo lento. Pasó un año en los papeles. En la nada andaba, entretenido con los avisos de Cafiaspirina, cuando me encontré con la portada del diario El Día del miércoles 3 de marzo de 1937. El título me dejó helado: “El comunismo en Entre Ríos. El caso Gualeguay”», introduce Alzari, licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Rosario, su investigación sobre el tema. «Ellos tres discutían con el párroco de la Iglesia San Antonio», detalla Viviani. «En el Eco Parroquial –añade señalando un ejemplar del periódico religioso sobre uno de los escritorios- el párroco decía cosas de ellos, y en conjunto contestaban en las columnas de los diarios (El Debate y El Pregón, aún no unificados), firmando con un solo seudónimo. Carlos Mastronardi, por ejemplo, pasaba muchas noches acá, y el cura decía que esos hábitos no eran santos», agrega. Los poetas se terminan yendo por eso, opina Luisina: «esta ciudad tiene un conservadurismo tan profundo que hace que cualquier persona que quiera irrumpir con algo quede expuesta a tantas cosas que mejor se va. Es como insoportable resistir esa crítica constante del clero y de lo que genera la iglesia en una ciudad tan pequeña como esta; es doloroso», sostiene. Paradojas del destino, con el tiempo los literatos comunistas anticlericales gualeyos son recordados como exponentes de esa ciudad, mientras que del párroco detractor nadie retiene ni su nombre.

 

 

Pero hay más que libros e historias en esa biblioteca. En diciembre de 2018, en el sótano del edificio donde se resguardan los ejemplares más añejos de algunos diarios, decidieron mover cuatro cuadros realizados con carbonilla que tenían sus marcos en mal estado. Al quitarles las molduras, descubrieron que el autor era Juan L. Ortíz. «Un día bajamos con Aníbal (Vescina) a ver el archivo hemerográfico de La Prensa y La Nación, que ocupan muchísimo lugar. Le dije que quería sacar toda la mugre para poder ampliar la biblioteca infantil, y que esos cuadros tampoco los quería ver más porque me agarró de hacer limpieza general», narra Viviani a 170 Escalones. «Aníbal me dijo entonces que lo iba a llamar al investigador Gastón Fleita Moreyra para que nos dijera quiénes eran los retratados, que podía tratarse de ex presidentes y fundadores de la Sociedad de Fomento. Gastón los llevó para arriba y cuando les saca los marcos descubre que el autor era Juan L. Ortiz», completa. «Calculo que en alguna comisión los llevaron al sótano porque ya estaban muy deteriorados, pero nadie se tomó el trabajo de sacarlos de sus marcos. Las carbonillas eran bastante habituales y en nuestra ciudad había artistas muy buenos. Juanele era alumno de Secundino Salinas, que era un retratista importante. Los hizo y los donó como reconocimiento a la biblioteca en 1916 y 1925», subraya Viviani.

 

 

A la presidenta le tiemblan las manos de la emoción al sacar las imágenes de sus frágiles envoltorios para mostrarlas ante la cámara. Las cuatro obras se expusieron al público el viernes 30 de agosto en el marco de la charla «Juan L. Ortiz “Dibujante”», que estuvo a cargo de Gastón Fleita Moreyra. La idea de la comisión directiva es poder colgarlos de forma permanente en la sala de lectura, para que los padres fundadores de la institución, liberados del sótano y redimidos en el trazo de Juanele, compartan el espacio cotidiano en la Biblioteca Popular Carlos Mastronardi.

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Comentarios (2)
  1. Rolando dice:

    Muy buena nota, muchísimas gracias, y muchísimas felicitaciones !!!!
    Conejo.

  2. Iris M. Orellano Aristimuño dice:

    Mi recuerdo agradecido para ese ámbito de cultura en el que pasé tantas horas en mis días de estudiante, cuando carecía de libros y la Biblioteca era un refugio y una inspiración. ¡Feliz aniversario! ¡Muchas gracias por la excelente publicación! Ha despertado recuerdos entrañable en mi alma y aún en mis sentidos…

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