5 de diciembre de 2022

La coneja callejera

TEXTO AQUILES DÍAZ

FOTOGRAFÍAS CORRIENDO LA CONEJA

 

 

Un gigantesco títere se mueve pesada pero naturalmente por el escenario del Juanele. Pero no es el escenario convencional, sino uno armado al aire libre, al costado de la sala cultural. La luna llena del sábado ya alumbra la noche, mientras transcurre la última obra del VIII Festival de Teatro Callejero Corriendo la Coneja. Se trata de ¿Qué hacemos con Ubú?, una adaptación al teatro de títeres de Ubú rey, obra del francés Alfred Jarry, realizada por el grupo de Córdoba Tres Tigres Teatro, que lleva 27 años de trayectoria, y que el viernes presentó su libro, también en el marco del festival, por los 25 años desde su origen.

Justo delante del escenario, delimitado por una hilera de banderines de colores, se ubica la lona roja para los más pequeños. Allí, sentados o parados, decenas de nenes y nenas disfrutan de las obras. De a ratos, algunos invaden el escenario. En otros momentos, se aburren y se van a las cajas Lambe Lambe o a la plaza de al lado, y hacen chirriar las hamacas y toboganes. Más atrás se ubican los adultos en sus reposeras o en las sillas de la sala cultural. Están distribuidos aleatoriamente, se mueven en busca del sol que les caliente el cuerpo o del refugio de la sombra, se sientan donde pueden o quieren, habitan el espacio. Porque de eso se trata, de instalarse, modificar un espacio hasta hacerlo diferente, y de resignificar los lugares públicos a través del teatro y la cultura.  

 

 

Cambiar de lugar…

«Este año no estamos en la plaza, como siempre», avisa un payaso por un megáfono, mientras cruza la Plaza Sáenz Peña acompañado de una comitiva de niños, niñas y títeres de mano. El reloj está por marcar las 16 horas del jueves 14 de abril, y en minutos comenzará la primera obra del festival. Se trata de una función de títeres, Las aventuras del Capitán Pier Zubiet, del grupo Patatas Patas de Entre Ríos. Hoy le toca ser anfitriona a la sala Saltimbanquis, ubicada a la vuelta de la Plaza Sáenz Peña. Un pasacalle sirve para cortar calle Feliciano, entre Irigoyen y Pascual Palma, y la arteria se transforma de pronto en el teatro más grande del mundo.

Esta vez, el tradicional festival que se realiza en Paraná en Semana Santa desde 2014 no tuvo lugar en la Plaza Sáenz Peña, porque el habitual espacio comenzó a ser refaccionado. La organización debió trasladarse a las veredas y patios de distintas salas de la zona: Saltimbanquis, Casa Boulevard y el Juan L. Ortiz.

«Nosotres tenemos a la Sáenz Peña en nuestro corazón, queremos estar en la plaza», explica Daniela Osella, una de las más de 20 personas que conforman la organización de Corriendo la Coneja. Sin embargo, aclara que ir a las salas tiene su lado positivo: «La ventaja es que nos encontramos con los artistas, gestores o teatristas locales. Eso amplifica los públicos y teje redes». Además, el teatro callejero implica no poder, por ejemplo, dejar las cosas en un escenario: «A nivel de trabajo, cuando estamos en la plaza tenemos que trasladar, montar y desmontar los materiales todos los días. Este año, al igual que el anterior, fue diferente porque teníamos la contención edilicia de las salas». En 2021, tampoco se hizo en la plaza debido a la situación sanitaria de ese momento.

 

 

Cajas mágicas

El sábado, la gente comenzó a llegar cuando el sol de otoño aún golpeaba con ganas. Las pruebas de sonido de las obras aún continuaban cuando las cajas Lambe Lambe, de la compañía Patí Pamí, ya tenían sus primeros espectadores individuales. El público fue recibido por la payasa Peperina Mostacholi, que dio el puntapié inicial del último día, junto con la tradicional coneja que aparecía entre el público y en distintos puntos del lugar, mientras los niños y niñas se divertían corriéndola.

«A mí me encanta esta técnica, porque permite trasladarse con la caja y deja a cada artista la imaginación de cómo quiere hacerla», explica Pola Ortiz, fundadora de Patí Pamí. Las cuatro mujeres estuvieron desde el comienzo del último día, y repitieron las funciones individuales decenas de veces, durante toda la tarde. Chicos y grandes hacían cola frente a las cuatro estructuras de cartón, para esperar por sus funciones individuales. «Cada caja es muy distinta a la otra, eso es lo interesante», explica Pola. Algunas, optan por historias narradas como un cuento; otras, eligen solamente los efectos sonoros. El sonido es emitido a través de auriculares, para el espectador y para cada una de las cuatro mujeres dueñas de las cajas. El grupo se formó antes de la pandemia, a partir de un taller que realizó Pola.  

«¡Está re bueno!», le dice una niña de cinco años a su tía, tras sacar sus ojos y su mente de la mirilla por la que observó la obra. La pequeña estuvo sumergida en una historia, que no dura más de cinco minutos. Adentro de la caja, hay objetos en miniatura, distintos tipos de luces e iluminaciones, y figuras que representan seres humanos o animales, y que son manejados por las dueñas de cada uno de los mundos en miniatura.

 

…sin perder el objetivo

No estar en la plaza, desde luego, trastocó el principal propósito del festival. Al respecto, Verónica Spahn, otra de las organizadoras, sostiene que uno de los principales objetivos del teatro callejero es sumar otro público: «Cuando vas a un teatro convencional, en general va un público que ya consumía antes, que tiene una idea. El desafío es poder atrapar a todos y que vuelvan el año siguiente».

Por su parte, Daniela coincide, y agrega que: «Hay algo del límite físico que continúa en estos lugares, como el Juanele, porque tenés la pared y el alambrado». Lo que se busca es abrir esas puertas simbólicas de las salas, y llevar al teatro a toda la población: «Eso le da sentido a la práctica teatral, porque si no queda hermética y no tiene anclaje en la sociedad».

 

 

Todo el mundo sueña

Cuando el sol todavía alumbraba, comenzó la obra Las aventuras de Alicia – Ya es la próxima vez, que adapta a teatro e imagina un posible final para Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas y de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll. «Ella viaja sin parar, ella se va»”, cantaban los artistas Pasajera en trance, de Charly García, la canción que acompaña toda la obra. Y en el camino, Alicia se detiene en el tiempo, habla con la Reina Roja y la Blanca, el Gato de Cheshire y la Liebre de Marzo.

El grupo Máscara Demoño es de Santa Fe, está orientado principalmente al teatro callejero, y lleva diez años juntos. Esta es su primera vez en el Corriendo la Coneja, y manifiestan su pasión por este tipo de teatro y por la posibilidad de presentarse en un festival de este estilo.  

Desde el jueves hasta el sábado, artistas de Entre Ríos, Córdoba, La Plata, Santa Fe, Corrientes y Buenos Aires tuvieron lugar en el festival. Hubo obras de teatro, las cajas Lambe Lambe y sus funciones individuales, obras de títeres, una muestra fotográfica y la presentación de un libro. Además, el martes 12 y el miércoles 13, Yanina Frankel y Ezequiel Faura realizaron un taller de clown. A su vez, por segundo año consecutivo, se realizó la bicicleteada payasa, que tiene lugar el domingo previo a la realización del festival, y busca visibilizar el Corriendo la Coneja venidero.

 

 

Nunca el peón se come al rey

El Rey Ubú es un rey imaginario, pero podría ser cualquier mandatario de verdad a lo largo de la historia. No es casualidad que sea el títere más grande, que incluso requiere una estructura de arneses para ser manejado por dentro. ¿Qué hacemos con Ubú? tiene una puesta en escena magnífica, con música en vivo, varios títeres gigantes y luces.

La obra de Tres Tigres Teatro, es la encargada de cerrar el festival. Fue estrenada en mayo de 2021, y el proyecto ganó una convocatoria de la Secretaría de Extensión de la Universidad Nacional de Córdoba. Trata el despotismo, la avaricia y la falta de empatía del Rey Ubú, pero también de cualquier rey a lo largo del tiempo. «¿Habrá una salida?», se preguntan los personajes arriba del escenario. Los títeres fueron armados a pedido por Marcelo Fernández, un titiritero radicado en México de Títeres Los Bufones.

Jorge «Pico» Fernández, integrante del grupo desde sus comienzos en 1995, comenta que debieron modificar bastante la versión original de la obra. «Los muñecos son muy grandes, y su expresión es acotada, por lo que hubo que adaptarla». Agrega que, si bien no se denominan una compañía de teatro callejero, «sí nos establecemos como un grupo de espacios no convencionales». Y coincide con la idea del festival: «Hay que aprovechar y acercarse a todos los públicos posibles. La obra sale casi a cualquier parte».

 

El teatro más grande del mundo

Correr la coneja. Una expresión popular hecha propia. Una expresión que simboliza lo que hacen los y las artistas callejeros (y los más convencionales) de Paraná y de distintos puntos del país. Vivir corriendo la coneja, vivir de lo que les apasiona, dejando el cuerpo en cada presentación, en cada obra, en cada canción. Y, además, con el intento inquebrantable de llevar el teatro a la calle, acercarlo a la gente y a los espacios públicos. Y este año, una vez más, los y las organizadores, artistas y el público, terminan con la sensación del objetivo cumplido: la coneja seguirá corriendo.

 

 

 

*Organizaron este Festival los grupos de teatro locales Montoto y Magoya, La Rueda Teatro y Los Macanos. Fueron acompañados por Casa Boulevard, Saltimbanquis, Centro Cultural Juan L. Ortiz y Casa de la Cultura. Contaron con el apoyo del Instituto Nacional de Teatro, Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Paraná, Secretaría de Cultura de la Provincia de Entre Ríos, El Estribo Bar, Makuko´s Cotillón y la Calesita de la Plaza Sáenz Peña.  

 

 

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