24 de octubre de 2021

La ciudad en los humedales

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

 

Con una extensión geográfica que supera al área urbana central de la ciudad de Paraná, los humedales del oeste contienen una variedad de flora y fauna típica que los convierte en un territorio imprescindible para el equilibrio ambiental. Su paisaje único, a la vez, es codiciado por el desarrollo inmobiliario. Un grupo de personas que se denominan Cuidadores de la Casa Común, entre las que se encuentra el baqueano de río Luis Cosita Romero, realizan visitas guiadas por el lugar promoviendo la concientización sobre la importancia de su preservación.

 

 

A los humedales se puede entrar por diferentes barrios. De hecho, tiene algunas calles que se distinguen desde el Google Maps y que son usadas con frecuencia por los habitantes de la zona, sea para cortar camino o para llegar hasta los ranchos de la costa. Desde el barrio San Martín, al final del basural a cielo abierto conocido como Volcadero, la calle que continúa recta desemboca en el río Paraná. A su vez, desde Bajada Grande se puede entrar por el barrio nuevo que va creciendo sobre antiguos terrenos de la cooperativa Coceramic, en un recorrido que conduce hasta la Laguna Escondida frente al Anacleto Medina. Más allá de estas trazas visibles, existen una serie de senderos que pueden ser explorados durante todo el año.

La siesta parece imperturbable. Pasando el mirador y la playa de Bajada Grande, solo los perros andan por las calles de tierra del barrio nuevo. Cosita Romero conduce a un conjunto de artistas que llegó hasta allí desde toda la provincia para tener una experiencia directa con el lugar, en el marco de la residencia organizada por la Secretaría de Cultura de Entre Ríos, «La tribu y el territorio». Su recorrido tiene una primera parada frente a una vieja barcaza que transportaba hacienda entre las islas y que ahora integra una serie de chatarras vehiculares al aire libre. Luego, la comitiva se interna en los terrenos de dos hermanos ladrilleros donde el baqueano hace una explicación del trabajo que realizan, señalando los hornos, las herramientas y el producto. Desde ahí, el sendero continúa sobre un terraplén construido para las máquinas de Coceramic cuando buscaban su arcillosa materia prima entre esa vegetación. A su vez, la caminata acompaña durante un tramo a otra elevación, un poco más alta, que corresponde a las antiguas vías del ferrocarril que llegaba hasta la costa en Bajada Grande. De esa línea no quedan ni durmientes ni rieles, en cambio oficia actualmente de patio trasero de las últimas construcciones antes de los anegadizos.

 

 

Los bañados están secos y el suelo de las lagunas es tierra cuarteada en septiembre de 2021. Cosita levanta su brazo derecho por encima de su cabeza para señalar el nivel que puede alcanzar el agua con el río a seis o siete metros por sobre el actual. «Estas tierras no valían nada, eran para juntar mosquitos nomás», dice Romero y agrega que ahora se trata de un lugar apetecido para emprendimientos de barrios cerrados con casas sobre elevadas. «Es importante hacer conocer esto, el 99% de la ciudad nunca caminó estos lugares. Nosotros lo difundimos de boca en boca: esto es un humedal del río Paraná», aclara.

Las explicaciones del baqueano van combinando datos estadísticos (como que el 40% de los humedales del planeta han sido destruidos por la acción del ser humano) con información sobre el escenario que rodea a la visita: que los gurises de los barrios suelen andar cazando cardenales como changa, que se venden a cuatro mil pesos la unidad; que la flor de la pasionaria o mburucuyá sirve para el relajamiento muscular; que la Sangre de Drago reemplaza a la penicilina para picaduras de yarará; o que la «mimosa», planta pequeña de la familia de los helechos, se contrae sobre sí misma cuando entra en contacto táctil.

 

 

Por un sendero se desemboca en un ojo de agua en el que se avistan aves y tortugas. A veces, también nutrias. Según la época del año se encuentran especies como la espátula, el cisne blanco, el cisne de cuello negro y el flamenco rosado proveniente de los Andes. Pero, además de la flora y fauna, el punto panorámico permite ver a lo lejos todos los barrios del oeste de Paraná con sus barrancas en sucesión: desde Bajada Grande hasta Anacleto Medina se distinguen Balbi, Barranquita, Antártida Argentina y San Martín con el humo constante del basural. «Es ahora que tenemos que accionar. Estamos a tiempo. Queremos que los pibes del oeste, que siempre fueron pobres, pasen a ser ricos en calidad de vida», argumenta Romero sobre los objetivos de su causa.

Una galería de árboles entre los que se destacan los espinillos y curupíes conduce a la calle Florentino Ameghino, a unos kilómetros del final del volcadero, cuya montaña de residuos va entrando cada vez más en el área del humedal. Allí se cruzan caminos que llevan hasta la Laguna Escondida, hacia el barrio San Martín o hacia la costa, por encima del caño maestro de la cloaca hacia su vómito en el Paraná. Cada tanto transita alguna moto o algún carro, pero el andar sigue siendo más bien solitario, excepto por algún vagabundo descansando en una sombra, acompañado de su fiel perro.

 

 

En la orilla se produce el reencuentro con la sociedad: la sucesión de ranchos de pescadores y gente que va a pasar el rato en la costa vuelve a conectar con el camino de sirga hacia Bajada Grande. A medida que la comitiva se arrima a la zona de playa, las construcciones pasan de la chapa al ladrillo y la densidad va en aumento, así como los ruidos propios del quehacer costero de las personas una tarde primaveral en un día de semana.

Con una ronda frente al Paraná, después de cuatro horas de caminata, Cosita Romero y sus acompañantes de la Casa Común cierran la excursión compartiendo sus planes a futuro, que incluyen oferta gastronómica y miradores a los humedales en ese mismo territorio, tesoro natural casi inexplorado de la capital entrerriana.

 

 

 

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