3 de octubre de 2022

El «rotondazo»: la Carpa de Chajarí y los piquetes agrarios

TEXTO ALEJO MAYOR 

FOTOGRAFÍAS EL DIARIO

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Chajarí (voz guaraní que significa «arroyo del Chajá») es una localidad del norte entrerriano, ubicada por las burocracias topográficas estatales dentro de los límites del Departamento de Federación. Recostada sobre la estratégica (para la circulación de mercancías de esa entelequia denominada Mercosur) Ruta Nacional 14, en el corredor del río Uruguay, su actividad económica principal es la producción citrícola (como es usual en la zona), aunque en el norte entrerriano también despuntan otras actividades como la arrocera y algodonera. No ha sido Chajarí, probablemente, una localidad que haya estado en el imaginario de muchos entrerrianos como el locus de importantes acontecimientos, dignos de ser reconocidos y recordados allende sus fronteras y a lo largo del tiempo. Quizás pocas personas hayan hecho más para poner el nombre de la localidad en tantas bocas del país que Andrés Ciro, cuando lo menciona en una letra de conocido tema de Los Piojos, dando a entender cierta idea de reconditez campera de la localidad (un recién llegado de Chajarí a una rave porteña). Sin embargo, al calor asfixiante de la crisis de 2001, de la que se están cumpliendo dos décadas, la comunidad local se vio conmocionada en un hecho de protesta inédito por estos pagos: la carpa de la Unión Nacional en Defensa de la Democracia. Dicha protesta fue expresión de la crisis de las «economías regionales» producidas en el momento de estancamiento y crisis de la convertibilidad (desde 1998 en adelante).

 

 

Esos gringos del campo entrerriano…

El primer censo realizado en estas tierras, entre noviembre de 1820 y diciembre de 1821 durante la efímera experiencia de la República de Entre Ríos de Pancho Ramírez, daba cuenta de la presencia preponderante en los distritos entrerrianos de un actor denominado «labrador» en función de las actividades productivas y laborales. ¿Qué era un labrador? Es un pequeño productor agrícola independiente con un fuerte arraigo local (en realidad, la asociación de la figura de «productor» a la de propietario tiene un contenido ideológico ya que, en rigor, quien produce la riqueza es aquel que transforma la naturaleza mediante su actividad, es decir el trabajador. Pero a efectos de no generar confusión se denominará «productores» a sectores propietarios – independientemente del tamaño de su explotación – dedicados a la actividad agraria). Los «pequeños productores» atravesaron diferentes mutaciones y trasformaciones al calor de los cambios en la estructura social entrerriana y, fundamentalmente, a partir del avance de las relaciones capitalistas en el agro. Entrado el siglo XX se puede hablar del desarrollo de un capitalismo agrario en la provincia. Sin embargo, lo que interesa aquí es señalar una persistencia en la provincia de un actor vinculado a la explotación agraria, que en distintos momentos históricos emergió en defensa de sus intereses con acciones de lucha y dotando de cierta particularidad a la conflictividad provincial. La Federación Agraria Argentina (FAA) fue la entidad que los organizó principalmente. Los pequeños productores del citrus de Chajarí (aquellos cuya explotación no superaba las 20 hectáreas) también confrontaron violentamente durante la última dictadura, cuando ante una enfermedad del citrus la única solución de la Secretaría de Agricultura a cargo del padre de la actual princesa de Holanda, don Jorge Zorreguieta, fue la de destruir las plantaciones. Según cuenta Tirso Fiorotto, los productores reaccionaron enfrentando a los militares, destruyendo las motosierras e incluso atacando una camioneta.

Con las reformas estructurales de la década del noventa (las denominadas «políticas neoliberales»), tales como la apertura económica, la desregulación de los mercados y el tipo de cambio atado al dólar que planteaba el modelo de la convertibilidad, muchos productores se vieron afectados en su competitividad y rentabilidad. Si bien en esos años se produjo una reprimarización de la economía entrerriana, la expansión del producto agropecuario fue liderado por la agricultura extensiva (se produjo una fuerte concentración de la tierra). El tipo de cambio alto y la apertura comercial impuso una tecnificación cuasi obligada del agro sobre la base del endeudamiento, lo cual perjudicó notablemente a los pequeños productores (además de medidas como la disolución de la Junta Nacional de Granos en el ’92) que quedaron marginados o en muy malas condiciones para cumplir con los compromisos contraídos.

 

 

El 2001 en los pagos del citrus

Durante el primer año del gobierno de la Alianza, los productores habían salido a la ruta con sus protestas ante una situación que pintaba para explotar. Incluso Carlos «Chacho» Álvarez, el vicepresidente de la Nación, se había acercado a Chajarí a tratar de calmar los ánimos, cosa que logró a medias. En octubre de 2000, productores y camiones habían coordinado importantes cortes de ruta. Pero en 2001 definitivamente estallaría. El malestar de los productores de la zona volvió a expresarse en el contexto del ajuste de Ricardo López Murphy y del paro nacional del 21 de marzo, cuando junto al Centro Comercial y docentes rodearon la sucursal local de Banco de Entre Ríos S.A. por las cuatro calles, en reclamo de un cambio en la política de la entidad, que sostenía unas altas tasas de interés del 5 o 6 % y presionaba a los productores. La FAA apareció como la portavoz de los productores en este momento, señalando que con el recorte de presupuesto los citricultores dejarían de percibir unos 11 millones en créditos y que los bajos precios del arroz y frutas, junto a la competencia de los productores de otros países, harían tocar fondo a los productores de la zona.

Hacia fines de junio la situación de los citricultores y arroceros se agravó (también de los algodoneros de La Paz y Feliciano), por lo que vino el ministro Crystian Colombo a plantear la firma de convenios de competitividad para esos sectores. También se encontraban en conflicto los camioneros, disconformes con el aumento del precio del gasoil, que amenazaban con cortar las rutas. En Galarza (departamento de Gualeguay) la delegación entrerriana de la FAA decidió acompañar el reclamo multisectorial en Gualeguaychú junto a la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA)  y el Centro Comercial, a la vez que dialogaba con los transportistas, en pleno plan de lucha («Entendemos que el agro, la citricultura y muchas otras actividades están pasando por la misma situación y ven en nuestro reclamo una voz que representa la voz popular», señaló el presidente de la Cámara de Transporte de Concordia, Alex Ziegler a El Diario de Paraná). Fue en dicha reunión provincial donde se planteó la posibilidad de instalar una carpa en la rotonda de ingreso a la ciudad de Chajarí, sobre la ruta 18, algo que finalmente se concretó el 8 de julio. Si bien se pensó como una carpa «autoconvocada», lo cierto es que fue un proceso que decantó por la coordinación y articulación entre distintas organizaciones como la FAA y el Centro Comercial, aunque hubo amplia participación de la comunidad en la medida, y muchos de sus referentes y principales activistas no se encontraban encuadrados o referenciados en ninguna organización. Este último hecho impregnaba de cierto carácter «apolítico» al reclamo, y cabalgaba sobre los vientos de hartazgo hacia la representatividad política de 2001 que eclosionarían en los últimos tres meses del año.

Las palabras de un citricultor de Villa del Rosario a El Diario fueron elocuentes: «Todos estamos luchando por la democracia y por un plan mucho más justo, que nos permita recuperar rentabilidad. La idea no fue hacer un piquete. Simplemente quisimos hacerle ver cosas a nuestros funcionarios, y hacerles entender que el campo está en una situación terminal, y sin rentabilidad. (…) No tenemos rentabilidad, y a este ritmo no podemos pagar impuestos ni cumplir con nuestras obligaciones bancarias». Si bien el reclamo irrumpió en un principio orientado por un interés bien sectorial y corporativo (la falta de rentabilidad), pronto fue tornándose, en el plano discursivo, un reclamo más amplio que pretendía acaudillar a los demás sectores sociales. Sin embargo, persistió un elemento de distinción de la clase social (propietarios) interesante en el discurso: la diferenciación con los desocupados o «piqueteros».  Frases del estilo de «No queremos que esto sea otro Tartagal» (en alusión a la pueblada piquetera en la localidad salteña que incluyó agudos enfrentamientos con las fuerzas represivas), dicha algunos meses más tarde al mencionado medio de comunicación por Miguel Piana, principal referente de la protesta chajaríense, se escucharon muchas veces en los alrededores de la rotonda.

 

 

En torno a la carpa se fueron juntando distintos sectores del agro, la industria, el comercio, el transporte, los sindicatos y otras actividades regionales, turnándose en distintos horarios para participar en el estado de asamblea permanente, repartir naranjas y mandarinas, y volantes a los vehículos que transitaban la zona. La leyenda que encabeza dichos volantes rezaba: «Por la unión nacional, en defensa de la democracia, de las economías regionales, de la dignidad de las familias y por el futuro de nuestros hijos». Con esta impronta centrada en valores con alta aceptación por todos los sectores de la comunidad («unidad», «democracia», «familia», «dignidad», etc.), pronto se fue delimitando junto a las demandas específicamente sectoriales un discurso «antipolítico» o, mejor dicho, centrado en la crítica de los políticos profesionales (lo que hoy se denomina «la casta política»). De esa manera se fueron estructurando demandas como la de no realizar campañas políticas de cara a las elecciones de octubre, reducción del costo político en un 50% y achicamiento de la infraestructura estatal con la reducción de empleados y asesores. Los «políticos» pasaron a ser los principales apuntados por los productores, comerciantes y desocupados protagonistas de la protesta.

El piquete en la rotonda también construyó otro enemigo: los camiones provenientes de los países limítrofes, principalmente Brasil. Además de a «los políticos», los productores responsabilizaron a la «invasión» de camioneros de Brasil y Paraguay con mercaderías producidas en la zona de la ruina económica en la región y por lo tanto fueron detenidos, desviados e «invitados» a pegar la vuelta en reiteradas ocasiones. El elemento nacionalista presente desde siempre en reclamos patronales agrarios, la identificación de la nación con «el campo» (considerado de manera homogénea e indivisa) es una construcción mítica que persiste hasta nuestros días (con el gaucho como figura estereotípica).

La protesta de la carpa, entonces, se convirtió en toda una referencia de las luchas del interior incorporando demandas del conjunto de los sectores sociales, algunas muy sentidas por amplios sectores de la población, y de cuestionamiento al modelo en su totalidad: priorizar las inversiones en las áreas de educación, salud, justicia y seguridad, la suspensión de la deuda externa por un plazo no menor a los cinco años o «hasta lograr la reactivación nacional» y el «enjuiciamiento a funcionarios públicos por corrupción y enriquecimiento ilícito, con inhabilitación de por vida, y la devolución del dinero mal habido». Su inspiración en el norte entrerriano llevó a que incluso durante unos meses se instale otra carpa en la localidad por parte de los docentes que, al decir de José Luis Panozzo (titular en aquel momento de Asociación Gremial del Magisterio de Entre Ríos – AGMER – Federación y años después presidente del Consejo General de Educación – CGE –), no fue decisión de AGMER sino de los docentes autoconvocados.

Miguel Ángel Piana declaró a El Diario que el gobierno defiende «a los grandes grupos económicos, que son los patrocinantes del desempleo y los “chupasangres” de la Nación que viven a costillas de los subsidios que son millonarios y escandalosos, mientras la gente se va fundiendo y las villas miserias se van agrandando», a la vez que aclaraba que «mientras otros proponen el método de la violencia para salir de esto, nosotros proponemos el camino del diálogo», en nueva referencia a los piquetes de desocupados (los violentos). Y más explícitamente: «No queremos ser General Mosconi ni La Matanza. No queremos que nos regalen nada, no queremos Planes Trabajar, sólo queremos trabajar con rentabilidad». Más camiones y 4×4 y menos llanta quemada y cara tapada.

A los dos meses de instalada la carpa, esta había alcanzado repercusión nacional, dato que no pasó desapercibido para ciertos políticos de la oposición como Elisa Carrió (ARI), Héctor Maya (PJ) o el intendente de Concordia Hernán Orduna (PJ), que empezaron a acercarse y adherir, alentados por el oportunismo de cara a las próximas elecciones. No fue tan sencillo: los autoconvocados declararon que la carpa no sería escenario de ningún acto político, descartando los rumores acerca del lanzamiento de la campaña de Carrió desde sus instalaciones. Incluso se repartieron volantes en la localidad aclarando esta situación.

Luego de las elecciones de medio término que arrojaron un repudio enorme al oficialismo y un maremágnum de votos en blanco, nulos o impugnados («el voto bronca»), en el medio de una crisis provincial que se profundizaba vertiginosamente con el atraso de los pagos de salarios y la implementación de los tristemente célebres bonos Federales, y luego de más de 100 días de protesta ininterrumpida, unos 500 manifestantes realizaron un masivo corte de la ruta 14 frente a la Carpa, impidiendo el paso de los camiones de Brasil, Paraguay y Uruguay. Los cortes de aquí en más, al compás de la agudización de la crisis y de la conflictividad, se irían haciendo más frecuentes y fuertes. De hecho, los autoconvocados chajaríenses van a tomar como un triunfo propio la propuesta de Hugo Moyano, titular de la Confederación General de los Trabajadores (CGT) disidente, de no permitir el ingreso de camiones extranjeros.

 

 

Hacia fines de noviembre, la Carpa de la Unión Nacional fue escenario del lanzamiento de la Multisectorial de Entre Ríos para Recuperar la República, con la presencia de representantes de entidades nacionales y provinciales de todo Entre Ríos, Río Negro, Neuquén, La Pampa, Santa Fe, Rosario y Misiones. Allí se elaboró un documento con propuestas alternativas y se decidió concurrir a Concordia con el objetivo de impedir un remate de la propiedad de un productor.  A su vez, se anunció un fuerte plan de lucha con paros, movilizaciones y cortes de ruta para el mes de diciembre en conjunto con los transportistas, al que comprometieron su adhesión representantes de otras provincias como Río Negro, Chaco, Misiones y La Pampa. De esta manera el plan se nacionalizó y apuntó al corazón del modelo de acumulación de capital vigente: «Argentina no tiene salida dentro del plan de Convertibilidad», sentenció Piana. Todo esto en un contexto de paro de más de cuarenta días ininterrumpidos de los trabajadores del municipio de Chajarí que alcanzaron los tres meses sin cobrar, como muchos trabajadores de la provincia, y que se llevó puesto al intendente Daniel Tisocco, quién impotente ante tamaña crisis debió renunciar.

 

Diciembre caliente en la ruta

Pasada la primera quincena de diciembre, la provincia (como todo el país) era un polvorín a punto de estallar. Ya habían estallado los saqueos, primero en Concordia, luego en Concepción del Uruguay hasta llegar a la capital provincial, donde la represión de la policía al mando del ex gobernador Sergio Montiel y el ministro Enrique Carbó se cobraría tres victimas (Eloísa Paniagua, Romina Iturain y José Daniel Rodríguez). En ese contexto, mientras cientos de hambrientos se abalanzaban sobre supermercados en busca de comida y la multisectorial encabezada por los trabajadores estatales se movilizaba diariamente, se desplegó el plan de lucha de cortes de ruta de los productores y transportistas, que tuvo en Chajarí su centro neurálgico y la concurrencia más contundente. Además, hubo cortes en Concordia, Federal y Gualeguaychú. Luego se sumaría otro en San Jaime y un intento en San José. En Chajarí, el corte sobre la ruta 14 fue total, los camiones se amontonaban en una fila interminable superando la cifra de dos mil vehículos detenidos. «Seguiremos aquí hasta que cambie el modelo económico», decían. Del corte que fue convocado por transportistas y productores, con el acompañamiento de organizaciones como la FAA y ATE, y cuya continuidad se iba decidiendo en asamblea, participaron además otros sectores de la comunidad organizados en la Multisectorial. El reclamo de máxima seguía siendo cambiar el modelo económico (salir de la Convertibilidad), pesificar todas las cuotas, bajar los impuestos, controlar el transporte, bajar el precio del gasoil y políticas de mejoramiento para los productores regionales. Algunos diputados y senadores entrerrianos buscaron intermediar con el gobierno nacional en busca de una solución, pero Piana sostuvo que «son culpables de lo que ha pasado, son todos culpables. Nosotros también tenemos nuestra parte de culpa por no haber hecho antes las cosas. Desde hace siete años venimos diciendo que este modelo nos dejaría en las calles y así estamos, en la calle. Nos ha llevado al desastre. Esto tiene nombre y apellido, y cómplices. Son los talibanes de la economía, sólo les importa la timba financiera».

Con la explosión de los cacerolazos, la generalización de los saqueos en todo el país y la batalla campal en Plaza de Mayo, se decretó el estado de sitio el 19, lo que generó asambleas esa noche para determinar el futuro de los cortes. Se vivieron momentos de tensión donde la explosión estaba a la vuelta de la esquina, pero el destino no arrojaba nada claro en términos políticos. Piana, a la vez que pedía mantener la calma y «pensar con la mente fría» alertaba «estamos tratando de cuidarnos mucho, no vaya a ser cosa que debajo de todo lo que está pasando en el país estén operando algunos oportunistas y nos desayunemos con algún fujimorazo», en relación al proceso peruano en el que se cerró el parlamento, cuestión que debía impedirse en Argentina en resguardo de la democracia (amén de sostener las críticas a los legisladores). Al mismo tiempo, en el marco de la generalización de la represión por un lado y de los saqueos por el otro, el vocero de la protesta tomó posición. Mientras que se instaba a evitar el enfrentamiento con policías y gendarmes, que son «tan pobres como nosotros», cubría de un manto de sospecha a los saqueos: «veía en un saqueo a un supermercado a un hombre corriendo con una computadora diciendo que tenía hambre. Creo que debemos tener cuidado, porque (…) puede ser un incentivador de la gente para desestabilizar el orden institucional. Nosotros vamos a defender a muerte la democracia, pero una democracia donde estemos todos adentro».

 

 

El apoyo de los pobladores en esos días a los cortes en Chajarí fue masivo, tanto en la ruta como en la ciudad, donde comerciantes cerraron sus locales a partir de las 18 en adhesión a la protesta. Más de un millar y medio de camiones en cola daban una imagen inédita que quedaría marcada en la memoria de los lugareños. Más allá de algún momento de tensión con camioneros provenientes de Misiones (atribuida a la acción de servicios de inteligencia), en general no se registraron incidentes de envergadura ni enfrentamientos.

Finalmente, el 20 levantó vuelo el helicóptero presidencial desde la terraza de la Rosada, ante un panorama que era la poesía de la decadencia de una Argentina que agonizaba sin un panorama certero de la que se alumbraría. Luego de la renuncia del presidente, que nunca había sido el único ni principal destinatario político de la protesta chajaríense (que responsabilizaba de la hecatombe también a los gobiernos anteriores), los cortes en Chajarí y Concordia (los más duros) comenzaron a flexibilizarse, en tanto quedaron sin efecto los de Gualeguaychú y Federal. En Chajarí el paso quedó liberado para aquellos que decidieran marcharse de la concentración y continuar su marcha, aunque varios cientos optaron por permanecer en el lugar «dispuestos a hacer el aguante hasta que cambie la situación económica».

El 21 de diciembre, todavía con estado de sitio en la provincia, se levantó el corte de Chajarí. Sin embargo, la protesta no terminó, sino que cambió de formato, replegándose nuevamente a la carpa en el acceso de la ciudad. «Aquí permaneceremos ahora a esperar las nuevas medidas – dijo uno de los manifestantes a El Diario – Al sistema económico le pegamos un cross y está tambaleando, pero todavía no lo neutralizamos». Y allí permanecieron un tiempo más, aunque bajando un cambio en la intensidad de las acciones.

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