29 de septiembre de 2020

El perro audiomental

Un siglo de radio

TEXTO PABLO RUSSO

FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO Y ARCHIVO DE PABLO MORELLI

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El nombre de Pablo Mario Morelli (1979) está asociado hoy a la estética de la radio de la Universidad Nacional de Entre Ríos; pero también a la denominación de un programa específico, como una marca que fue creciendo desde los albores de este siglo y que es sinónimo del mundo de personajes allí contenidos: A cara de perro.

El «Perro», tal el sobrenombre que le puso un amigo de la adolescencia testigo de su vagabundear, llegó a Paraná desde su San Justo natal para formarse en la universidad pública. Le gustó la ciudad y el río que la acompasa; y así, sin plan específico, se fue quedando en este litoral. Con la excusa del primer siglo radiofónico de la humanidad conversamos con él sobre su recorrido particular en la radio local, una tarde de invierno de esas en las que oscurece pronto mientras la charla se enciende.

 

 

¿Desde cuándo estás en Paraná?

Desde comienzos de 1998. Vine a estudiar comunicación. En ese momento, la Facultad pública más cercana estaba en Paraná. Vine a eso, con un amigo con el mismo objetivo. En el medio se sumaron dos o tres más. Terminamos viviendo en un departamento de calle Villaguay, muy lindo, con muebles de estudiantes tipo madera sin pulir que alquilábamos entre todos. Ni hablar adentro de la heladera.

 

¿Por qué te quedaste?

La primera que a mí me hace sentir cómodo acá es la ciudad. Me gusta Paraná. Tiene una relación con el río que a mí me cae muy bien. El entrerriano me parece gente macanuda, humilde, simplona, con la que no es difícil mirarse a los ojos. Creo que el río provoca mucho de eso: sincera la mirada, los tonos, baja la intensidad de las voces, las hace más calma. Creo que el río se lleva el barullo. Ya hacía radio en San Justo, y me fui relacionando con el mundo de la radio en Paraná, con la que en esa época era Capital Nacional, 101.9, con (Adolfo) Fito Acevedo como director. Eso, entre que me gustaba la ciudad y podía ir practicando un poco más profesionalmente el medio que me gusta, la radio, me dejó acá. Se fue dando así, como hasta ahora. Nunca hay un plan desde el principio.

 

¿Hasta entonces habías vivido en San Justo?

Mis primeros 17 años. Terminé la secundaria y me fui a Buenos Aries a ver qué onda. Sin una moneda, pero con un primo viviendo en Long Champ, zona sur, penúltima estación de tren en ese momento, antes de Glew. El querido Carlitos, hijo de una tía por parte de madre, me hizo el aguante. Yo no sabía si quería comunicación, periodismo, creo que lo que me dejara hacer radio. Fui a la Universidad Abierta Interamericana, al toque de Constitución. Te entrenaban para perro de caza, para hacer móvil. Todo consistía en ir rápido, como en los noventa. Había una onda que todos querían ser CQC. Había pasantías, eso me permitió conocer FM La Tribu. Creo que fue la primera radio a la que le vi el estudio y pude entrar, y ver los tableros para los diarios en ese momento. Tenía una movida muy buena y no había gente de corbata: una radio hecha por gente sin saco y corbata.

 

¿Y qué pasó?

Buenos Aires no me gustó como ciudad, me pareció muy cruel. Con plata es lo mejor que hay, pero sin guita es tremenda, poco menos que letal. Cursado casi el primer año, unos meses antes me volví a San Justo. Me puse a laburar en Radio Departamental. Mi ex jefe, Junior Ludueña, me dio la oportunidad cuando vio que quería estudiar. Creyó mucho en mí, me dijo que si quería venir a estudiar comunicación esté de lunes a viernes y sábado y domingo vuelva a laburar en la radio. Cuatro de los cinco años de carrera hice eso: me venía el lunes temprano, cursaba toda la semana y el viernes a la tarde me iba a hacer dedo a Monte Vera o a Recreo, donde había un montón de gente como yo con el cartel de San Justo.

 

 

¿De ahí son tus primeros recuerdos de radio, entonces?

Como relámpago, sin que haya una escena con un cuadro a cuadro como la que tuve a los seis, tengo un chispazo de los dos o tres años que me daban una Noblex Carina con el fondo de papel verde −están las que tienen papel blanco−. Me la daban y yo flasheaba.

 

Como darle el celular al nene…

Tal cual, así. Después comprobé que eran ciertos esos recuerdos porque hay una foto, de esas en las que te ponían entre las flores de un lindo jardín y te tapaban la bombacha de goma con un shorcito. Más tarde, a los seis, en la misma radio en la que terminé trabajando, en preescolar una maestra de esas con onda nos llevó a conocerla. Fue la primera vez que vi la nave espacial. Los micrófonos, la gente con auriculares.

 

¿Y en tu casa se escuchaba radio?

Sí. Era una casa tana, con una reja para tres viviendas, eso hacía que escuchara radio en todas porque estaba un rato en cada una, más de gurí. En la casa de mi abuela se escuchaba FM. La de mi viejo no tenía FM. En mi casa AM, mi viejo tenía una Noblex 132, una radio cuadrada blanca, dura, con los bordes negros. Escuché ahí mi primer SIC (Servicio Informativo Continental) y al toque a Víctor Hugo (Morales) con (Alejandro) Apo relatando un Boca-River. Ese sonido chillón, con las descargas, mi viejo alrededor a las puteadas, era como el sonido de mi casa. La radio local, en cambio, en lo de mi abuela, con otro sonido, otra fidelidad.

 

¿Y tus primeros programas?

Hacía un programa El Palo, de rocanrol –para definirlo de alguna manera− en Radio Departamental, antes de irme de San Justo. Lo musicalizaba, llevaba los compacts −ya habían sacado las bandeja del estudio−. Eso fue en el 97. Había una doble casetera con replay para las publicidades y una persiana de madera donde estaban los casettes para la tanda. Esta es la parte blanco y negra de la entrevista.

 

 

Viniste con la idea de la radio a estudiar…

Sabía que el periodismo en Buenos Aires no me gustaba o que no era el lugar donde iba a estar. Sí sabía que la comunicación me permitía mandarme con lo de la radio. Pero soy demasiado irresponsable para ser periodista: tengo poca memoria, no tengo las condiciones, no está dentro de los compromisos que podría asumir. El periodismo es re importante, es una responsabilidad de vida que yo no podría asumir.

 

Pero tenés la responsabilidad del comunicador.

Sí, me gusta la comunicación pasando por la radio desde las condiciones que te brinda poder elevarte del piso, traer a colación imágenes mentales que te hagan flashear como medio. La comunicación entra en juego en otro sentido: en las decisiones estéticas, las de las palabras que estás editando.

 

¿En radio te gustaba cualquier cosa o te pensabas frente al micrófono?

Pensaba en hablarla, pero nunca solo hablarla. Me llama mucho la atención como una misma voz diciendo lo mismo siempre en el mismo tono con una cortina distinta dice cosas diferentes. Preparar lo que iba a decir, con qué fondo musical, en que momento puede entrar la otra voz, ver qué efecto sonoro poner, cómo hablar para que calce la frase del tema… me gusta la creación de imágenes mentales.

 

Eso no parece tan habitual hoy en día.

Creo que hoy faltan productos donde deje de imaginarme solo personas con auriculares. Donde se produce un espectáculo que me proporcione otra cosa. La nave espacial creo que es privada, eso lo ha revelado la camarita en estudio, que está de moda y que no hay que oponerse, sucede así; pero los elementos del lenguaje radiofónico están re poco usados. En la medida en que las radios son más alternativas, ese problema es menor, hay un esmero por generar desde otros elementos.

 

Lo de la cámara y revelar la nave privada ¿Mata un poco al lenguaje?

Lo cambia, no creo que nada mata nada. Yo la prefiero privada, sin cámara. Uno puede decidir en el programa de uno apagarla −si no es política de la radio−. Un espectáculo de radioteatro me tiene a mí como constructor de esa realidad paralela que tiene como materia primera las imágenes mentales. Los que la producimos a la radio brindamos propuestas. Es el oyente el que crea a quien está hablando de una manera determinada o de otra. No hay ni flaco alto ni gordo bajo determinado. Si hay algo que se le parece a esa palabra que tanto se menciona de la magia es un poco eso: la posibilidad de que haya tantas películas como oyentes.

 

 

¿Cuáles fueron tus primeros referentes?

(Félix) Musso Barrera, un locutor tucumano que hacía la voz de Continental en ese momento. Cuando lo escuché quería saber quién era. Continental era la AM que mejor se sintonizaba por el power de sus equipos. Después había uno que trabajaba en una radio de San Justo que era como para más jóvenes, Rodrigo Tomatis, que pasaba mensajes de gente del pueblo y ponía buena música. Escuchar un poco de rocanrol en las FM de Santa Fe era bastante curioso como alternativa a la cumbia. Después, el tipo más grande que hubo en radio hasta ahora es (Fernando) Peña. Lo que conseguía en términos de imágenes mentales, un literal fenómeno, extraordinario. Me habilitó la posibilidad en creer y jugar con mi voz. Hubo un tiempo en el que hacia dialogar monstruos propios en mis programas. Muchos años hice personajes que hablaban conmigo. Haber escuchado a Peña era como la posibilidad de darme cuenta no solo de que era posible, sino que había un tipo que lo hacía y me provocaba admiración. Me sentaba a escucharlo y a tomar nota de los detalles.

 

¿Y en la Facultad y en la etapa de aprendizaje tuviste docentes que te abrieron la cabeza?

Desde primer año el profe Guille Kendziur, de la cátedra de Audio I. En esa época se fumaba mucho, en todos lados, en la vida, no solamente en la Facultad, y su voz era una asociación entre cigarrillo y experiencia. También mi amigo Aldo Rotman, que trabajaba en la operación técnica de los estudios de la Facu. Me abrió las puertas del lugar, desde el primer año, y me hizo conocer al profe (Oscar) Bosetti.

 

¿Cuándo empezó A cara de perro?

En FM Capital, en 2004. Iba a ser Cárcel de perros, pero la palabra nos parecía mucho porque se trataba de personajes que pasaban por ahí. Después me fui a trabajar a FM Baxada, hice el programa en distintos horarios. Antes de eso, en 2012 tuve una experiencia buenísima en una radio de Santa Fe, que ahora es Vorterix. Hace unos siete u ocho años me convocó Aldo para trabajar en la radio de la universidad. Aldo y José (Trovato) la habían puesto a andar y había que darle el formato artístico. Trabajé unos años para instalarla musical y artísticamente y empecé a hacer A cara de perro, un viernes a la tarde noche como para ver qué onda. También hicimos de lunes a viernes, estuvo bueno, pero se necesitan condiciones muy especiales, hay que estar todo el día pensando en eso y en los comienzos de los proyectos ni productor tenés; todo pasa por vos y es demasiado. Otro episodio que para mí fue muy importante es la realización de la radionovela Cuando vuelvas del olvido, que hicimos con la UNAM de México, la UNR y la UNER. Fue un laburo muy groso que presentamos al aire en 2013.

 

¿Qué hacés ahora?

Mi laburo ahora es la parte artística de las tres radios de la universidad: Concordia, Concepción y Paraná. Darle un formato en ese sentido y después la locución, a cada uno de los programas, por más que sean coproducciones. Mi laburo es conversar cómo quieren que suene el programa e intentar, desde algunas bases estables que tenemos nosotros que son las que le dan identidad a radio UNER, ver cómo con todos esos elementos poder hacer la artística de un programa y que queden conformes.

 

¿Extrañas A cara de perro?

Fueron muchos años de hacer aire sin parar y a veces sentía que había días que no tenía mucho para decir. Creo que tenía que frenar un poco. De todos modos, siempre entre un proyecto y otro, por más que haya sido A cara de perro, nunca hice un programa igual, nunca me até a secciones. Lo único que se mantuvo fue el nombre. En una ciudad en la que tenés que cambiar de medios todo el tiempo por cuestiones de supervivencia, mantener el nombre te sirve para que la audiencia te identifique.

 

 

¿Tu disminución de la visión tiene alguna relación con tu elección por la radio?

No lo planifiqué así, pero en esto de hacerle caso a lo que uno siente me fue llevando hasta ahí. Necesariamente tuve que darle más pelotas a otros sentidos porque no alcanzaba a ver algunas cosas. Es de nacimiento, maculopatía bilateral congénita se llama. Yo no sé cómo ven ustedes, yo siempre vi así. Con el audio me siento mucho más cómodo que con lo que estoy viendo.

 

¿De dónde viene el concepto de cápsulas audiomentales que desarrollás en tu tesis?

(Piensa). Es un poco esa intriga de la que te hablo, del asunto de las imágenes mentales. Cuando hice mi pasantía, a la altura de tercer año, en CACER (Centro de Amigos del Ciego de Entre Ríos) armé un taller literario para personas ciegas y videntes. En ese momento estaba Tito Maldonado de presidente, un tipo genial, muy generoso. La idea era que todos quienes integraban el equipo de CACER, con sus familiares y amigos, los sábados a la mañana hacíamos un taller literario. Llevaba textos para leer o invitados para que lean. Ahí se creó algo que a mí me llamó mucho la atención. Entendí que las personas que alguna vez habían visto, tenían una noción de lo que yo estaba relatando en texto, le podían dar forma a las imágenes mentales; pero en las personas ciegas de nacimiento, lo abstracto de muchas figuras como el cielo, el mar, el fuego, hacía que las descripciones sean muy particulares, que pasaran por otros sentidos que el visual. Jugaban las temperaturas, las sensaciones que tenían que ver con lo anímico.

Ahí empieza mi intriga, aunque el faro siempre fue la radio. Era un universo de imágenes mentales que coincidía con la radio. Partía de reconocer nuestras propias sensaciones: el «pienso luego existo» del hombre moderno deja todos los demás sentidos −salvo el de la vista que es el que plantea la razón más directamente− en el reino de la duda. Esa quita de la razón, de dejar de ver como veo siempre, a mí me llama mucho la atención porque eso coarta hasta el cuerpo, te quita la posibilidad de preguntarte lo que sentís. No hace falta estar pensando todo el tiempo para existir, ese es un mensaje dado. La radio en este sentido, en el estético, nos brinda la posibilidad de acercarnos mucho más a los sentimientos que a la razón. La unisensorialidad del audio lo que a mí me brinda es la oportunidad de, con ese solo sentido, imaginar todo lo demás. En cambio, con lo que ves no: no tengo manera de cambiarte el color del pullover. Yo pensaba en esto de las piezas audiovisuales de las que se habla, pero como en audio más bien se encapsula, y como pasaba por lo mental, le puse audiomental. Se hicieron unas prácticas con personas videntes y no videntes en el auditorio de la facultad. Se trata de cortos de audio en los que van apareciendo imágenes que son productos de charlas y conclusiones entre videntes y no. Son cinco cápsulas: imaginar, volar, jugar, caminar y amar.

 

¿Cómo pensás la existencia de la radio después de estos primeros cien años?

Sigue. El loco hablando, que es la radio, que vos ponés ahí y te podés acostar a dormir; el nivel de intimidad que tiene la potencia de una persona que parece que te está hablando a vos; el nivel de privacidad y comunicación profunda y subjetiva del medio es invencible. Ni por nostalgia, ni duración, ni nada: por comprobación. Sigue, y si toma formato de podcast, que ya existe desde hace muchísimo sin ese nombre, se complementa.

 

La radio es un medio, el podcast es un contenido posible dentro de otros…

Sí, pero se los quiso poner a competir como si uno venía a reemplazar a otro. Se hacen programas de radio con la intención de que quede como podcast. Entiendo que se potencian.

 

¿Y en relación a internet?

No discuto por donde llega, en mi defensa por el medio radiofónico está la potencia de las imágenes mentales, pero no cuál es el medio por el que estas llegan.

 

El lenguaje, digamos.

Exactamente, eso es lo potente. Ni bien tiene una imagen se ve condicionado, que no es mejor ni peor. La más mínima influencia con la imagen me hace un tajo.

 

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