14 de junio de 2024

El huevo rojo de la serpiente

TEXTO ALEJO MAYOR

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En la XV Fiesta del Trigo de la localidad de Leones, en Córdoba, a pocos días de haber sido nombrado interventor de la provincia mediterránea, José Camilo Uriburu declaró que en dicha provincia «anida una venenosa serpiente cuya cabeza pido a Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo».  La historia posterior es bien conocida: las masas en auge combativo le respondieron con una rebelión popular bautizada en honor al ofidio subversivo «el Viborazo», que culminó por expulsar del gobierno no solo al propio Uriburu (dos semanas después de haber asumido) sino inclusive al dictador Roberto Levingston, quien fuera relevado por Alejandro Lanusse.

La referencia a la serpiente en oposición a Dios no es azarosa. Es bajo la forma de serpiente que Satanás (el «eterno rebelde, el primer librepensador y emancipador de los mundos», al decir de Mijaíl Bakunin) instiga a la desobediencia al humano, avergonzándolo de su ignorancia mediante la tentación a probar, en la forma del fruto prohibido, del árbol de la ciencia. El conocimiento, entonces, aparece como una invitación a la emancipación de parte de la serpiente rebelde a las decisiones de un Dios no solo amenazante sino dispuesto a castigar la desobediencia.

La modernidad capitalista ha instituido a la educación pública, de carácter laico, como la institución privilegiada para la transmisión de conocimiento, bajo la tutela del Estado, lo que le ha acarreado no pocos conflictos con los sectores religiosos. Los autopercibidos representantes de Dios en la tierra y sus acólitos se han preocupado por este vínculo entre educación e ideas subversivas casi como si la educación laica fuese un canal privilegiado para el filtro del veneno comunista. No en vano por debajo del martillo y la hoz se encuentra un libro abierto en el logo oficial del Partido Comunista Argentino.

 

La virgen de los palafreneros de Caravaggio

 

1932: la serpiente en Gualeguay

Bastante se ha escrito y reflexionado sobre la importancia de Gualeguay para la literatura entrerriana. Nombres celebres como los de Juan L. Ortíz, Carlos Mastronardi, Juan José Manauta o Emma Barrandeguy, concentrados en aquella tranquila localidad del centro provincial dan cuenta de un fenómeno que despierta fantasiosas elucubraciones que rozan lo metafísico. También particulariza este fenómeno el hecho de la filiación comunista de muchos de estos escritores. Lo cierto es que, en ocasión de las elecciones a la comisión directiva de la biblioteca de Fomento de la localidad, en la cual Juanele y Mastronardi compartieron lista, los ataques a la víbora comunista sacudieron la modorra pueblerina gualeya, allá por los años treinta, durante el gobierno radical de Luis Etchevehere.  Desde las páginas del semanario Eco Parroquial, el padre José María Quinodoz (a cargo de la diócesis de Gualeguay desde 1929) arremetió contra la infiltración comunista. Un extracto de dicho pasquín religioso de 1932 es bien gráfico al respecto:

«LOS COMUNISTAS – Están haciendo una propaganda de sus ideas disolventes entre niños y los jóvenes. Lector, cuide y vigile a sus hijos.

LOS COMUNISTAS – Se están infiltrando en las escuelas oficiales. Hay maestros, pagados con el dinero de los contribuyentes, que son comunistas. Si en la escuela donde concurre su hija se hubiera consumado ese delito, no trepide no tema: denuncie a los demoledores de nuestras instituciones. Use de su derecho y cumpla con su deber.»

El padre apuntaba, antes que a los comunistas (reales o ficticios), a las mentes de los habitantes, principalmente alertando a las mentalidades más jóvenes, en tanto terreno fértil donde podrían germinar esas idas peligrosas, disolventes y subversivas. Y a una institución tan aglutinante para la vida social de un pequeño pueblo como la Biblioteca de Fomento. La otra institución susceptible de contaminar las mentes de niños y jóvenes era precisamente la escuela, a la cual el Estado encarga la impartición de los conocimientos desde la más temprana edad, siendo los docentes los agentes públicos encargados de dicha tarea.

 

 

1984: la serpiente en Paraná

Corría el año 1984 y los nuevos vientos de una primavera democrática que asomaba tras lo años de sombra y terror de la última dictadura prometían nuevos colores y aperturas. Sin embargo, hay cosas que nunca cambian, dice el dicho. Persistencias. Durante el gobierno del también radical Sergio Montiel, un volante escrito a máquina de escribir firmado por el Movimiento Familiar Cristiano, repartido en la vía pública, denunciaba con nombre y apellido a «conspicuos integrantes de la “vanguardia de la revolución”». En el escrito se alertaba a los ciudadanos sobre el peligro que, nuevamente, acechaba con predilección a las mentes inocentes y fértiles para recibir el veneno subversivo. Luego de advertir a los ciudadanos acerca de «integrantes del E.R.P. y Montoneros» que habían sido liberados por Alfonsín y vivían en la provincia. Además habían adquirido viviendas y automóviles (sic) «apenas salieron», señalaba: «Si cree que prevenir es mejor que curar, asegúrese que su hijo o su hermano no sean la arcilla con la que los ideólogos y activistas enlistados a su dorso, molden (sic) los nuevos “combatientes” del terrorismo marxista internacional».

Al dorso figuraban dos columnas, una bajo el título de «Docentes» y otra bajo el título de «Políticos». Entre estos últimos figuraban algunos nombres celebres como el tres veces gobernador Jorge Pedro Busti y el varias veces intendente de Gualeguaychú Jaime Martínez Garbino. Entre los docentes, por su parte, se destacaban nombres como los de Rosario Badano, Nélida Landreani, Alberto Mayor o Gloria Tarulli, entre otros. Todos y todas tenían en común el hecho de haber sido presos políticos durante la dictadura.

 

 

No era tan fina la membrana…

Las serpientes son ofidios ovovivíparos que salen a la luz desde huevos que, a diferencia de los de las aves que estamos más habituados a ver, presentan una fina membrana que permite vislumbrar el pequeño animal ya formado pronto a surgir al exterior. La metáfora se hizo popular tras titularse El huevo de la serpiente una película dirigida por el reconocido cineasta sueco Ingmar Bergman, estrenada en 1977 que hacía referencia al período de la primera posguerra alemana en la cual se fue incubando el fenómeno del nazismo. Sectores eclesiásticos, sean directamente clericales o laicos vinculados estrechamente a la iglesia, creyeron ver la serpiente del comunismo crecer y desarrollarse en diversos lugares, aunque lo que entendían vislumbrar adentro del huevo no sean más que un temido fantasma.  El sector de la educación y la cultura, en tanto ámbitos de transmisión de conocimiento, fueron lugares en los cuales la denuncia a supuestos «comunistas» (aplicando el estigma a personajes que jamás en sus vidas se hubiesen reconocido de tal manera y su accionar público así lo atestigua) fue particularmente decidida. Era menester pisar la cabeza de la serpiente, como esa virgen junto al niño en la obra de Caravaggio de principios del siglo XVII titulada La virgen de los palafreneros, en la que la madonna sostiene al infante, en una actitud de tutelaje hacia esas mentes consideradas arcilla maleable, susceptibles de la picadura de perversos agentes que anidan, cuál yarará, en alguna biblioteca pueblerina o escuela pública del territorio entrerriano.

 

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