29 de septiembre de 2020

El criterio de Rodolfo Walsh

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS  FRANCO GIORDA

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Este año se realizan varios homenajes y publicaciones en torno al autor de la Carta Abierta a la Junta Militar. 170 Escalones no quiso perderse la oportunidad de aportar una mirada sobre el asunto.

 

 

Han transcurrido 40 años desde que asesinaron a Rodolfo Walsh y que su Carta fue depositada en varios buzones. Hace 60 que publicó Operación Masacre y 90 que llegó a este mundo. Estos aniversarios han motivado varias referencias, muestras y artículos. En este caso, el objeto es señalar que Walsh es un campo en conflicto. En su periplo son identificables distintas etapas (contradictorias) y, al mismo tiempo, líneas de constancia que lo han convertido en un clásico.

La cuestión del asunto parece ser el lugar en dónde se pone el acento: ¿sobre quién se quiere hablar? ¿Sobre el escritor, el periodista o el militante revolucionario? La salida más fácil es presentarlo en su triple condición sin mayores contradicciones. Sin embargo, él mismo se experimentó como el centro de varias oposiciones y nunca terminó de encontrar una conciliación entre sus oficios violentos y su compromiso político. Por momentos, prefirió una cosa a la otra, y cuando las ejerció en simultáneo las contradicciones lo acecharon.

Sin embargo, en medio de varias tormentas, no perdió el rumbo. Por ejemplo, una de sus coherencias más potentes fue respetar las reglas del periodismo mientras lo ejerció. Para decirlo de otro modo, sus diferentes pertenencias no lo llevaron a confundir la naturaleza de ese discurso con la propaganda. Pudo haber hecho uso de la palabra en uno u otro sentido pero no traficó enunciados de estos géneros rivales. Eso lo hace acreedor de dos virtudes: honestidad intelectual y apego a los hechos, más allá de interpretaciones e intereses.

En relación con esto último, sus descubrimientos pusieron en crisis las propias opiniones y convicciones. Su militancia fue variando de un punto a otro del arco ideológico, en buena medida, a partir de lo revelado en los trabajos periodísticos. No esquivó el conflicto interno y cambió de parecer según se lo dictara el drama de la realidad. La evidencia no le fue indiferente. Por ejemplo, su inicial antiperonismo lo llevó a festejar la interrupción del orden constitucional en el 55; sin embargo, eso no le impidió ver la criminalidad del régimen «libertador» al momento de develar la ilegalidad de los fusilamientos en los basurales de José León Suárez.

En paralelo, otra de sus constantes fue el empeño por la belleza; tanto en su obra propiamente literaria como periodística. Con Operación Masacre (1957), El caso Satanowsky (1958) y ¿Quién mató a Rosendo? (1969), al tiempo que mostraba aquello que el poder quería ocultar creó un nuevo modo de contar. Con la primera de sus investigaciones inauguró el género que luego se conocería como «no ficción».

En 1959, año del triunfo de la revolución cubana, Walsh viajó a la isla para fundar la agencia Prensa Latina junto con Jorge Masetti, Gabriel García Márquez y Rogelio García Lupo, entre otros. Walsh definió el trabajo que se realizaba al inicio del proyecto de este modo: «No se hace retórica. Se trabaja duro y con la verdad». Dicho de otro modo, no hacía un panfleto.

Durante su estadía en el Caribe, también descifró las claves que utilizaba el gobierno de Guatemala para comunicarse con su embajador en Washington bajo el objetivo de coordinar los ataques de Estados Unidos a Cuba. Esa información fue de mucha utilidad para contrarrestar el desembarco en Playa Girón. A pesar de los favores recibidos, al Estado cubano no le cayó nada bien la actitud periodística de Walsh, consistente en publicar una nota sobre este asunto en la revista Che de Argentina. En 1961 regresó al país luego de la renuncia de Masetti al frente de la agencia. Sus trabajos de aquella época no se conocen porque los archivos fueron destruidos.

Si bien experimentó cierto fastidio con la política cubana, años después participó del Congreso Cultural de La Habana (del que también fueron parte Ricardo Piglia y León Rozitchner) en la que se debatió sobre el rol de los intelectuales. En este marco, el periodista argentino apoyó la revolución pero se manifestó en contra de los límites a la libre expresión artística y literaria.

La autoconciencia de Walsh fue modificándose desde la época de Operación Masacre (fines de los 50) al momento de hacer ¿Quién mató a Rosendo? (fines de los 60). A esta altura, ya no se consideraba «independiente», sino más bien un orgánico de la Confederación General de los Trabajadores de la Argentina (CGTA). En ese lapso de tiempo, sus trabajos lo llevaron a descubrir la inmunidad de los responsables de los crímenes de Estado y ya no confió más en las instituciones de clase.

Como escritor fue cuentista y dramaturgo. Buscó intervenir en el canon literario de su tiempo. Introdujo al país el trabajo del norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914). En los 50 escribió cuentos policiales y ganó un Premio Municipal de Literatura. Su período más productivo fue la década del 60. Tomó posición sobre el realismo y el vanguardismo, a los que no consideraba contradictorios. Se pronunciaba más cercano a Arlt que a Cortázar. De ese período también son sus crónicas de «periodismo cultural» que cuentan con elementos de crítica sociológica, antropológica y económica.

Su pericia para escribir permite leer sus investigaciones al ritmo de una novela. A su vez, fue capaz de crear grandes personajes de la «literatura nacional» sin romper el vínculo con los hechos y las personas que representó.

Desde la cúpula del sindicalismo combativo le reprocharon que sus trabajos eran «complejos» y solo para ser leídos por burgueses. Esto atormentaba a Walsh. Se devanaba los sesos para ser decodificado por los trabajadores. En su diario personal se interrogó sobre cuál era la forma de llegar a los sectores populares. Se consolaba suponiendo que, por lo menos, lo leía la dirigencia. Hacia finales de los 60 era el responsable del semanario de la CGTA, que no se limitó a ser un mero órgano de prensa institucional sino que allí también se respetaron los principios del periodismo.

En el emblemático 1968, fue el responsable de redactar el programa del 1.º de mayo de la mencionada central obrera. Este documento antecede en su forma y contenido a la carta más conocida de la historia argentina. En ese momento de gran activismo político dirá, a modo de autocrítica, que en su desempeño como escritor había caído en «la trampa cultural». Pasó por diversas etapas en su dilema entre literatura y militancia. Dejó de escribir ficción en ese mismo año. Sin embargo, en 1977 se volvería a definir como escritor.

En cuanto al ejercicio del periodismo y sus pertenencias políticas, Eduardo Jozami, autor de Rodolfo Walsh. La palabra y la acción, sostiene que «ni siquiera cuando se convirtió en un militante de partido, su oficio de periodista se hizo menos riguroso ni renunció a una mirada independiente». Por su parte, García Lupo opina que «jamás renunció a las reglas del periodismo y la información sigue siendo uno de los resortes que despierta el interés público».

Como militante se inició en los 50 en la agrupación de derecha Alianza Libertadora Nacionalista. Con los años fue virando hacia la tendencia revolucionaria. En el 70 ingresó a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y luego pasó a Montoneros. Nunca abandonó el nacionalismo. Relacionó la autonomía nacional con el socialismo. «Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda», escribió en una breve autobiografía.

Con el terror instalado fundó las agencias Cadena Informativa y ANCLA. Ambas iniciativas de periodismo clandestino estaban descentralizadas de la organización montonera. En el momento más crítico de su vida y de la historia del país, advirtió sobre la derrota y criticó a la conducción. También decidió volver a escribir. Cuando lo asesinaron estaba elaborando el cuento «Juan se va por el río».

En los partes de Cadena Informativa reflexiona que «el terror se basa en la incomunicación» y se dirige a sujetos activos: «Derrote al terror, haga circular esta información». Así se cierra, de algún modo, el círculo abierto con Operación Masacre cuando expresó que «creemos que la opinión pública debe permanecer informada para que se extirpe para siempre este tipo salvaje de procedimientos».

Walsh es una figura compleja e inagotable que ha sufrido de una simplificación compatible con la santificación y la parálisis. Si bien en su vida convivieron en conflicto el escritor, el periodista y el militante, las claves de su actualidad no están en la confusión y el tráfico de sus ocupaciones terrestres, sino en la claridad de sus criterios y en la integridad de sus decisiones.

 

 

 

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