29 de septiembre de 2020

El corazón de Patricio Rey

.TEXTO PABLO RUSSO 

FOTOGRAFÍAS FEDERICO ROJAS

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La primera vez de Skay Beilinson en Paraná convocó a una multitud que disfrutó, cantó y bailó en un recital impecable. No es una misa, acaso sea rock and roll.

La belleza indomable de unas cuantas miles de almas viajeras tuvo su parada en el Club Echagüe de Paraná. La primera visita de Skay y Los Fakires a esta orilla se concretó en la noche del sábado 13 de mayo, ante un colmado micro-estadio de básquet, con mayoría de visitantes de otras latitudes. Lejos de la repercusión mediática de su antiguo compañero, Carlos Indio Solari, el fenómeno Skay Beilinson pasó casi inadvertido más allá del ambiente de la cultura rockera local. Es que el mismo tejido urbano es refugio de varias capas de sentido, y aunque la sociedad paqueta lo ignore, en esta ciudad se escribió otro capítulo de la continuación del mito ricotero del Rey Patricio, en el cierre de la gira de Skay por el país, con la presentación de El engranaje de cristal. Además de Skay, claro, también andaba la Negra Poli por ahí; es decir, dos de los tres pilares de la extinta banda de rock argentino. Incluso hubo un encuentro previo al toque con antiguos miembros de la comunidad de La Cofradía de la Flor Solar.

La fila para la entrada se extiende hasta la esquina de Pascual Palma. El ambiente humea de hamburguesas al paso y el asfalto se va cubriendo de latas de cerveza. En grupo de amigos, en pareja, en solitario, la previa es en la calle y en la placita triangular de la esquina. Con una criolla, un pibe ameniza la función entonando repertorio de clásicos ricoteros, mientras un flaco agita su bandera argentina con una «PR» estampada. El público abarca todas las edades: hay seguidores de los setenta, de los ochenta y de los noventa, aunque más numerosos son los herederos de la leyenda que entonan canciones de redonditos como continuadores de un desangelado movimiento histórico. La Policía de Entre Ríos cachea de a cinco, y luego de dos cortes del ticket ya se está en el campo de juego. Abunda el negro en las remeras y en los buzos con capucha, y se repiten las imágenes rocambolescas de Luzbelito y Oktubre. Los trapos acompañan desde las barandas de las tribunas: «Quedará para siempre tu mirada en mis ojos aunque un día la tierra deje de girar»; «La guitarra del pueblo, el corazón de Patricio Rey»; «Banderas rojas, banderas negras»; «Un rock and roll, una ilusión, una nación sin fronteras». Moreno, Baradero, Rafaela… las localidades también se exhiben con orgullo mientras las cervezas se venden a 100 pesos el litro en vaso de plástico. En la parte de atrás del campo aprieta una pareja; al lado, uno se quedó dormido en su propio mambo, apoyado entre el piso y la pared. Más allá, debajo del aro y el tablero en donde se sitúa el sonido, observarán estoicos el recital protagonizado por su antiguo amigo, Ricardo el Flaco Legna y el escenógrafo Abel Fachero, dos integrantes de La Cofradía de la Flor Solar, que un rato antes se habían juntado con Eduardo Beilinson y la Negra Poli. La Cofradía fue un grupo de rock platense surgido en el seno de una comunidad por la cual circulaban varios entrerrianos que habían ido a estudiar a La Plata en los sesenta. Artesanos, intelectuales, artistas plásticos y músicos, embebidos de la cultura de la época, entre el flower power y el Mayo francés. Skay andaba con ellos, al igual que el Ricardo el Mono Cohen (Rocambole), el guitarrista nogoyaense Kubero Díaz o el periodista Miguel Grinberg. Para muchos, ese grupo es la prehistoria de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

La fiesta sobre el escenario comienza minutos antes de las 11 de la noche. Aparecen Los Fakires (Oscar Reyna en la segunda guitarra, Claudio Quartero en bajo, Topo Espíndola en batería y Javier Lecumberry en teclados) y la iluminación blanca de la niebla de vapor sobre el público da lugar a la puesta de luces de colores. «Es una noche especial / no te la vas a perder / toca el corazón / de Patricio Rey», canta la gente mientras aparece el tipo flaco al que le puso sobrenombre Marta Minujín, con su esperada guitarra, anteojos oscuros y sombrero. «Si vos sos la espina, yo soy el dolor. Vos sos la copa y yo soy el vino. Vos sos el puerto y el barco yo soy», entona Skay en la apertura con «Arcano XIV». Hombre de pocas palabras, en una hora y media se limitará a saludar con un «buenas noches Paraná», luego del segundo tema y antes del hit «Oda a la sin nombre»; avisará más adelante que «vamos a empezar a entrar en El engranaje de cristal», y también que el encuentro «se hizo esperar, pero valió la pena estar acá». Ese «estar acá» de Skay propuso, en un recital con muy buen sonido, un repaso por su carrera de «solista en banda», y dos clásicos ricoteros: «Jijiji», a la media hora de espectáculo, que hizo bailar a todos y todas antes de un corte; y «El pibe de los astilleros» (el saber popular afirma que la letra se refiere a él), previo a la despedida. Los bises, que incluyeron algún solo de guitarra, terminan en la madrugada del domingo. Por primera vez, el corazón de Patricio Rey latió en Paraná.

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