13 de agosto de 2020

Deriva filológica sobre «Venus con barbijo»

TEXTO DIEGO DUMÉ

FOTOGRAFÍAS THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART, COLECCIÓN CESNOLA

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La armonía invisible vale más que la visible.

ἁρμονίη ἀφανὴς φανερῆς κρείττων.

Heráclito

 

En ocasiones, tal como se puede leer en la crónica escrita por Franco Giorda a mediados del último otoño, Observaciones sobre Venus con barbijo, la mirada atenta de un caminante puede transformar la materialidad muda e inmediata de un paisaje urbano, como en este caso, en una reflexión acerca del devenir histórico local y una herencia cultural más amplia que también, aunque de modo más sutil e impreciso, es constitutiva de nuestra identidad. La tradición helénica, representada por la versión vernácula de la Venus de Canova y sus vicisitudes, se enlaza, en virtud de una intervención inesperada, con la irrupción intempestiva del barbijo en nuestra vida cotidiana. Este pliegue temporal que conecta las urgencias impuestas por la pandemia, figuradas en el uso de este accesorio sanitario, con los dominios de Afrodita se constituye como un acontecimiento que, en primera instancia, se revela como fortuito y accidental. Sin embargo, mantiene un vínculo estrecho con el linaje y las prácticas rituales asociadas con esta divinidad.

 

 

El uso de velos o mascarillas de tela en la Antigüedad ha sido ampliamente atestiguado, tanto en vestigios arqueológicos como en fuentes literarias. A su vez, el sentido de esta práctica fue objeto de minuciosas investigaciones académicas [1]. En relación con esta cuestión, en la obra La trasquilada [Perikeiroménē] de Menandro, exponente más destacado de la llamada comedia nueva, el personaje Mosquión dice respecto de Glícera: «A ella le dará vergüenza cuando entremos, o sea que se cubrirá el rostro [parakalýpstaí], porque ésa es la costumbre». El verbo parakalýptō utilizado en este pasaje alude al hábito extendido en la cultura griega de cubrirse el rostro con alguna clase de atavío textil. El poeta del período helenístico Antípatro de Sidón, por su parte, refiere en uno de sus epigramas a un ritual de pasaje protagonizado por cinco jóvenes y patrocinado por Afrodita. Allí, hace aparición el mentado adminículo facial como uno de los elementos votivos ofrendados en su honor (Anthologia græca, VI. 206).

 

Bitina, las obras graciosas de un buen zapatero,

estas sandalias que sus pies calentaban;

la red con las flores del mar espumoso teñida,

sujeción del pelo desbordante, Filenide;

su abanico, Anticlea; la bella Heraclea, el pañuelo

que cubre su rostro [kalýpteiran dè prosṓpou], trabajo comparable

con la tela de araña; la sierpe que en oro se enrosca,

ornato de sus finos tobillos, la que el nombre

de Aristóteles lleva, su padre; son dones que ofrecen

estas niñas coetáneas a Urania Citeriade [2].

 

 

Como se puede observar, en el epigrama se alude al barbijo mediante la perífrasis «el pañuelo que cubre su rostro [kalýpteiran dè prosṓpou]». El término prósōpon puede traducirse por rostro, semblante, persona o, inclusive, por máscara. Su etimología nos ofrece un itinerario particular, en tanto está compuesto por los elementos *proti-ōp-on que significa, en términos literales, aquello que se encuentra frente a los ojos (del otro) [3]. A su vez, el concepto específico usado en algunos textos para aludir al barbijo o mascarilla es prosōpídion, diminutivo de prósōpon. En el poema de Antípatro, Heraclea ofrece su prosōpídion a Afrodita -en este caso aludida como Citeriade, uno de sus múltiples epítetos- como testimonio de la transición implicada en el ritual que habilita el pasaje de nýmphē a gynḗ, es decir, el paso de niña a mujer. De modo que, el prosōpídion es el símbolo efectivo de una metamorfosis en la que confluyen lo mítico y lo profano al momento de operar una transformación en el status social de la joven Heraclea. Así, la risueña Afrodita, que tutela el arte de la mixtura, el goce y las ligaduras, hace extensiva su influencia en el uso del barbijo o prosōpídion al introducir un enigma en esa ínfima y, al mismo tiempo, determinante frontera en la que lo interior se combina con la exterioridad representada por la mirada del otro para dar lugar a una identidad única, irrepetible y singular.

 

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[1] Cf. Cairns, D. L. (2002) “The Meaning of the Veil in Ancient Greek Culture” en Women’s Dress in the Ancient Greek World, Llewellyn-Jones, L. (ed.) London, Duckworth/Classical Press of Wales, pp. 73-93; Llewellyn-Jones, L. (2003) Aphrodite’s Tortoise. The Veiled Woman of Ancient Greece, Llandysul, Classical Press of Wales; y Martin, N. (2019) “Terracotta Veiled Women: A Symbol of Transition from Nymphe to Gyne” en Papantoniou, G., Michaelides, D. & Dikomitou-Eliadou, M. (eds.) Hellenistic and Roman Terracottas, Leiden, Brill, pp. 223-236.

[2] Traducción tomada, con modificaciones, de Fernández-Galiano, M. (1978) Antología Palatina, Madrid, Gredos, p. 322.

[3] Cf. Chantraine, P. (1974) Dictionnaire étymologique de la langue grecque. Historie des mots, t. III, París, Klincksieck, p. 942 y Beekes, R. (2010) Etymological Dictionary of Greek, vol, II, Leiden, Brill, p. 1240.

 

 

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