30 de septiembre de 2020

Caminar sobre el río

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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La capacidad de asombro anda un poco agotada en este último tiempo. En pocos días nos acostumbramos a lo que se denomina como «nueva normalidad» y muchos temas se corren de agenda a una velocidad insólita. El número de contagios y muertes por covid 19 sigue batiendo sus marcas diarias aunque parezcan guarismos lejanos y abstractos. No sorprende, como hace un par de meses, ver gente con barbijo por las calles, sino todo lo contrario. Del dengue ya no se habla. El transporte público urbano de pasajeros parece tan lejano como los tranvías eléctricos de hace casi cien años. La cuenca del Paraná se cubre de humo y cenizas de los incendios en las islas como si fuera el cotidiano habitual. El río pierde gran parte de su caudal, aunque pocos siguen atentos a la altura del agua frente a la dársena local. Así y todo, caminar sobre el arenal que se extiende desde la isla Curupí y la isla Puente no deja de ser una experiencia asombrosa.

Salir de la dársena no es tan fácil como antes. Para quienes guardan embarcaciones en el galpón de la Escuela  de Canotaje y Natación en Aguas Abiertas (ECENAA), la simple acción de cruzar la calle y bajar la rampa se transformó en un recuerdo del pasado: ahora hay que caminar por el barro hasta encontrarse con el río, en un esfuerzo extra por llegar al curso de agua. En contraposición y tal vez por la falta de viento o por el bajo nivel, la partida cercana a las balsas amarradas próximas al semáforo náutico no genera tanto esfuerzo como de costumbre. La superficie se presenta planchada y casi no tiene corriente. En pocos minutos, una piragua o un kayak encallan en la arena de enfrente, que crece hacia el oeste y hacia el norte desde el islote municipal.

 

 

En esa nueva orilla, unos gurises que llegaron desde la barriada costera de El Morro o Puerto Sánchez terminan de degustar un pescado al limón sobre una tabla de madera. A lo lejos camina una pareja dejando sus huellas en el suelo blando, por donde hasta hace unos meses pasaba el agua. Son cientos de metros por los que antes se navegaban y ahora se puede andar a pie. La vegetación de la isla asemeja a la punta de un iceberg que quedó al descubierto. Si se agacha la cabeza, el río se desvanece de la línea del horizonte ante la vista en cualquier dirección: Puerto Sánchez parece entonces estar situada al borde de un desierto, al igual que las torres de la Toma, que no se ven con demasiada nitidez por el humo de los incendios que permanece en el aire.

 

 

Un viejo tronco arrastrado hasta la zona por una corriente que ya no existe ha quedado al descubierto después de quién sabe cuánto tiempo de persistencia sumergida. La arena también emerge desde la isla Puente rodeando la vegetación constante cerca de la cual han quedado diversas marcas de los niveles de agua descendentes. Entre ambas islas desfila (aún) un poco de líquido, como un arroyo que las separa. Los pájaros aprovechan la ausencia humana y unos pichones de tero andan despreocupados. El río corre menos turbio. Sobre el lecho de arena de pueden ver los pies sumergidos como suele ocurrir río arriba, al norte del Paraná antes de su encuentro con el río Paraguay.

 

 

Los sonidos de la ciudad viajan en el viento y en la isla ampliada se oye el repique oriental de los tambores que, desde la Plaza de las Colectividades, forman parte de la manifestación que ese sábado de agosto reclama contra las quemas del Delta y por una ley de humedales. Mientras el fuego sigue su curso, al igual que el agronegocio, la orilla se abisma en un río que ahora fluye por un cauce más pequeño.

 

 

 

 

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