10 de julio de 2020

Autobiografía poética, del libro a la imagen

TEXTO PABLO RUSSO

FOTOGRAFÍAS FLORIANA LAZZANEO

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A Rocío Fernández Doval le pasó lo que a muchas y muchos en estos tiempos: la pandemia le modificó algunos planes. La presentación de Rumi, su primer poemario, publicado por Ana Editorial, estaba proyectado con música, lectura y audiovisuales en un encuentro cercano. Pero tuvo que ser pospuesto y transformado en otra cosa, por lo que de esos cambios surgieron nuevas obras en formato de videopoemas. Cada viernes, durante tres semanas desde el 22 de mayo, se estrena uno de ellos, realizados por Floriana Lazzaneo con música original de la clarinetista y artista sonora Jenny Ramírez Osorio.

De Rumi, de las elecciones de escritura, de la autobiografía poética y de las creaciones subyacentes conversamos con la autora paranaense de 29 años.

 

 

¿Cómo surge la idea de un libro de poemas teniendo en cuenta tu recorrido por la carrera de comunicación social y la revista narrativa Charco?

En principio lo que me sale decirte es que era algo muy deseado, pero no sé desde cuándo concretamente me pongo a pensar en un poemario. Al menos hasta hace un tiempo, previo al taller que hice con Rocío Lanfranco, “Toda persona es poeta”, tenía una relación con la poesía que era de necesidad, de desborde, en algún punto. Tenía, desde la adolescencia, una relación con la escritura bastante habitual porque siempre me gustó mucho y decidí estudiar comunicación social por ese deseo de escribir. Con la carrera lo que me pasó es que tiene un perfil muy periodístico duro y la relación de placer que tenía con la escritura se había encorsetado. Recuerdo la ilusión que tenía con los trabajos que se salían un poco más de la noticia: la crónica urbana, por ejemplo, que después fue construyendo mi amor por la crónica. Ahí reencontré ese placer por la escritura a través del periodismo más narrativo, de la relación entre periodismo y literatura. De ahí el deseo de hacer una revista propia con amigues, como es Charco. Digamos que a los 20 largos (ahora tengo 29), avanzada la carrera y sin que dentro de la carrera haya habido un espacio para escribir poesía, empecé a hacer mis primeros ensayos poéticos. Siempre leí mucha poesía, una lectura intuitiva a partir de cosas que había en mi casa y que después fui encontrando gracias al mundo de la internet.

Mucha de la poesía contemporánea está, de alguna manera, construyéndose relacionada totalmente a la cotidianidad. En la construcción de la imagen y del símbolo de esa imagen está la revelación desde cosas muy cotidianas. Sentí en esa conexión del cotidiano de las imágenes cargadas de símbolo y sentido que yo también encontraba eso todo los días, y me fui habilitando a que la escritura no tuviera que ser un relato de corrido sino que tuviera su propia música y su corte. Con la cotidianidad que me interesa en la poesía contemporánea no me refiero a la catarsis, a la enumeración por la enumeración ni nada de eso; sino a la imagen que, aunque cotidiana, envuelve una pregunta, muestra algo más, se acerca a la metapoesía. Me siento identificada con esa búsqueda, aunque claro, es eso: una búsqueda. Finalmente, después de un montón de años de estar publicando en Facebook cosas que me gustaban y tomando confianza, el año pasado encontré el taller de Rocío. Ahí lo que surgió fue el ejercicio de la sistematización, porque mucho de lo que está escrito es previo al taller y, sin embargo, de alguna manera el taller fue como la puerta para poder darme cuenta de que había un tema en mi escritura. Además, ir encontrándole ese pulso propio, empezar a ver el dibujo que hacían los poemas y reconocer, como suelen ser los versos de largos, eso que también hace a la música del texto. A partir de ahí empezamos a trabajar sobre el tema poesía y me empezaron a decir que había como una recurrencia en las plantas, que yo no había visto antes. Hasta ahora flasheo porque recién hace dos noches me senté a leer el libro de nuevo desde que lo dejamos con Pablo (Felizia, de Ana Editorial) en marzo que se imprimió. No es lo mismo estar en modo corrigiendo para imprimir. Recién ahora me reencontré con los poemas uno al lado del otro, en formato libro, y vi cosas que no sabía, que fueron totalmente intuitivas en el orden y que tienen una relación, un hilo, a pesar de haber sido escritas con bastante distancia. En síntesis, terminó un poco siendo azarosa la publicación de un poemario. No me pienso como poeta, pero sí es una gran felicidad que exista el librito.

 

¿Cómo se dio la relación con la editorial?

La Ro (Lanfranco) siempre nos alentó a que trabajemos con el horizonte de construir un poemario y presentarnos en concursos. Para el Concurso Provincial de Poesía Juan L. Ortiz presenté un poema que salió en tercer lugar, Rumi, que da nombre al libro y lo cierra. Ahí la Ro me dijo que si quería publicar le mandaba un mensaje a Pablo. Botánica de las cosas se llamaba el borrador que yo tenía. Después de un tiempo, Pablo me habló que quería encarar la publicación desde Ana Editorial. Viene haciendo un laburo enorme, ha publicado a personas que admiro un montón como Graciela Chisty, Mariana Bolsán, Rocío Lanfranco. Ahí me entró el cagaso, me puse a tratar de ordenarlo, nos sentamos con la Ro a ver texto por texto y encontrar en esa lectura realmente cual era el hilo que unía esos poemas. Son 20 poemas: la primera parte son todos textos que hacen referencia más que nada a mi casa infantil, a mi relación con mi mamá, también a mujeres de mi familia, a las mujeres en general y a la maternidad; en la segunda parte del libro ya es una casa del crecimiento, la casa del vivir sola y de esa transición de salir del huevo. Esa es más o menos la trama que va ordenando esos 20 textos. Si tengo que decir un tema que ordena es la casa, la casa como análoga a mí, la casa que soy yo, que es mi cuerpo y que a la vez es la historia. Por eso también la casita de la tapa.

 

 

¿Cómo fue la participación de Elina Aguilar en ese arte de tapa?

Pensar en quien hiciera la tapa era una opción que lo resolviera la editorial pero yo quería tener participación plena en eso y quería que sea ilustrada. Nos juntamos con la Eli, había visto sus cosas, me impactó mucho una obra que tiene que es una foto de ella con su papá, también un laburo de nidos de camachuí. Nos juntamos a charlar, me trajo algunas cosas suyas y empezamos a pensar en esto. Hablamos acerca del hongo, había pensado que si había algo que me representaba una casa era un hongo. Hablamos de la niñez, de la casita del placero que solía tener forma de hongo. No sé si realmente hubo uno en la plaza España, que es donde yo jugaba cuando era chica, pero me parece que no. Después de esa charla ella se fue a ver las casitas de las plazas y salió la que está en la tapa, que es como la de la Sáenz Peña, la del bombero, la del rosedal. Fue como un enamoramiento profundo. En principio era negra y con la intervención de una amiga diseñadora, Erica Von Fürht, me propuso pasarla a azul con fondo rosa y ahí volví a enamorarme porque son mis dos colores preferidos. Nos parecía que decía mucho en ese contraste y la casita es un objeto de mucho amor para mí, como ícono total. Más allá de la infancia, el recuerdo, el libro tiene mucho de Paraná y nos gustaba linkerarlo a un emblema que produce identificación.

 

¿Cómo sumaste a Floriana Lazzaneo y a Jenny Ramírez Osorio en las versiones de videopoemas?

Con Floreana somos amigas desde que somos chicas, íbamos juntas a la primaria. Habíamos pensado en la idea de que ella haga unas visuales para la presentación en vivo. Y había pensado en la Jenny porque no quería el formato de presentación de leer y música, sino que fuera en continuo y como una capsula en la que meterse, que empezara la lectura y los climas sonoros te vayan llevando tipo viaje, como en un set. Esa idea la seguimos sosteniendo y tenemos ganas de que se pueda hacer en algún momento. Cuando surge la cuarentena hablamos para hacer algún formato, un contenido, que no sea una presentación ni pasar a digital lo que habíamos pensado para el vivo, ni que sea una simple charla. Por suerte se recoparon. Trabajamos a la distancia en función de algunas referencias visuales, elegimos tres textos: “El túnel”, que ya salió, es el que abre el libro; “Vivir sola”, es el que más identifica la segunda parte; y para cerrar, “Rumi”. En base a algunas referencias visuales empecé a tirar cosas que me interesaban. Hay mucha recurrencia nostálgica en el libro a esa infancia, pero además ya sabíamos que contábamos con los vhs. Mi viejo compró una filmadora en el 93 y filmó casi toda nuestra infancia. Hay imágenes desde el embarazo de mi hermano más chico y mi hermano mayor y yo desde chicos creciendo hasta grandes. Hace un par de años decidió digitalizar todo eso, contábamos con ese material. Cuando nos pusimos a pensar en los video-poemas no estaba en casa, la Flor -que tiene las llaves- buscó las filmaciones y se puso a ver todo el material. Así es como fue surgiendo la producción, y en paralelo Jenni componiendo. Ya habíamos hablado del espíritu de cada poema, teníamos la maqueta de sonido y la maqueta visual.

 

 

Al ponerle imágenes a una poema se genera una obra nueva, se ancla un sentido que antes no existía necesariamente en esa relación de poesía e imagen…

Estoy de acuerdo con que es una producción nueva. Realmente a mí me pasó que me sorprendí con el sentido que cobraban algunas palabras a partir de lo que aparece, y a la vez también hay una decisión tanto estética como de que sean archivos familiares que tiene que ver con que el libro es un libro escrito desde el yo. No hay ningún texto en que no esté la persona que escribe como personaje o mencionada tomando postura. Recuperando ese archivo hay una narración de la propia historia. Fue todo muy sincrónico, porque la cuarentena también nos obligó a tener que recurrir a eso. Cierra por todos lados y me siento muy cómoda con eso.

 

¿Tenés algunas referencias en el género?

La verdad es que no tengo mucho visto en el palo de la videopoesía. Como laburé un tiempito en radio, sí venía como más cercana a la edición. Me he grabado y he editado textos míos con sonidos cual si fueran artísticas de radio. La parte sonora la tenía más cercana, la visual no. Sin embargo, ya venía con un interés porque el año pasado armé un proyecto que presenté al FEICAC (Fondo Económico de Incentivo a la Cultura, las Artes y las Ciencias), pero no de este corte más experimental sino algo más como cortos audiovisuales. Lo veníamos trabajando como colectivo creativo con la Cooperativa Antílope, pero por ahora quedó suspendido porque no se acreditó la plata todavía. Lo terminamos haciendo con mis poemas y sin filmar (con material de archivo), que no era la idea. Todo se ha ido dando como nos deja la pandemia de este maravilloso momento. El proyecto con Antílope había surgido por propuesta que recibimos en algún momento de una amiga que vive en Santa Fe que venía viendo el trabajo de Estefanía Santiago en Proyecto Trilse, de video poesía. La idea nuestra eran pequeños cortos audiovisuales que contaran una historia paralela al poema y con poetas locales. Esperemos poder hacerlo en algún momento.

 

¿Qué repercusiones tuviste hasta el momento con la circulación del video y cómo sigue?

Estoy flasheada, contenta porque la gente que te conoce es más fácil que se sienta identificada con el video, es más anecdótico, pero la gente que no me conoce a mí ni nada de todo lo que aparece ahí se acerca a la obra audiovisual, a la poesía sonora, con alguna manera de linkearlo, y he encontrado que se produce ahí la emoción. Además de hacer eco con la idea de nacer, de cómo llegamos a la vida; las transformaciones, muertes y renacimientos que atravesamos en nuestras vidas. Eso está resonando y lo hemos recibido, sobre todo en muchas mujeres compartiendo la poesía y el video. El resto de los videopoemas también van en serie, siguen con la estética, aunque lo sonoro cambia bastante por el clima de los poemas, están las imágenes vhs del archivo personal.

 

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