25 de septiembre de 2021

Atención. Puede contener spoiler

TEXTO LUCAS MERCADO

FOTOGRAFÍAS PABLO VALLEJOS

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Soy de la idea desde niño que uno sueña lo que vivió en el día, por eso intento tener un lindo día y así por la noche me acuesto a dormir con la esperanza de revivir algún momento. Lo mismo al revés, si pasó algo feo, en mis últimas horas busco algo a lo que aferrarme, algo agradable y llegar lo mejor preparado al encuentro con los sueños, pero como suele suceder todo se oscurece…

Estamos en la sala teatral Arandú, es viernes 13 de marzo y ya hay anuncios de resguardos por la propagación del coronavirus. Hasta ese momento la información es difusa, se suspenden los eventos con público de más de 40 personas. Pero Daniela Osella, directora teatral junto a Victoria Roldán de la obra Manada, nos asegura que la sala es reducida a 25 personas y allí vamos. Hoy, en medio del aislamiento, ya sería impensada aquella escena.

 

Cuerpos en movimiento, cuerpos trabajando, cuerpos en este contexto haciendo un esfuerzo. Así Manada, en la medida que podamos pensarla de manera dual, va y viene de la teatralidad a la performatividad, donde se articulan los momentos o se van rompiendo o fragmentando.

Son tres cuerpos que aquí nombraré como C1, C2 y C3. La primera acción que realizan, previo a un baile frenético de C1 y C2, consiste en desenvolver, hacer salir de una crisálida de cartón corrugado y nylon a C3 dejando en el suelo un despliegue tremendo, pero tal vez con este gesto hacer de nuestra propia excrecencia nuestro propio cimiento… ¡Una manada iconoclasta! Creo que esta vez será la única en la que tengan un contacto entre sí. No será un contacto de piel a piel sino con una segunda piel que se disuelve. Luego las manos serán sólo para tocar la pantalla de sus celulares.

Parada en el medio de la sala, la C1 comienza a recitar y a pegarse stickers que dicen «Gorda», «Fea», «Flaca Escopeta», «Cajetuda», etc. Pega aleatoriamente, veinte o treinta, hasta cubrirse el rostro, frotándolos con dedos y uñas hasta que quedan bien adheridos. Acto seguido comienza el camino inverso, es decir, a despegarlos pero a fuerza de movimientos convulsivos: tics, pestañeos, movimientos de orejas, fruncimiento de labios y forzando la lengua a llegar a la punta de la nariz. Esto que conté podría ser un spoiler, un adelanto de algo que no sabemos qué sucederá y puede ser crucial pero no es así, es sólo la anécdota. La imposibilidad de usar las manos, acción que se repite en varios momentos de la obra, llevará a C1 a refregarse contra el suelo, a realizar movimientos epilépticos y espasmódicos. Con el tiempo que sea necesario, ese desprenderse de papeles adheridos al rostro y esa incomodidad extendida, tal vez se asemeje al virus actual que no va a finalizar sin dejar huellas.

C1 y C2 envuelven a C3 con papel metalizado, y lo pegan con pequeños trozos de cinta. Se repite el procedimiento, pero ahora el papel debe caer, con los brazos como cosidos a los lados. Un movimiento de danza hace que se vaya desvelando, cayendo muy lentamente, entendiendo la fricción del metal contra la piel, los pelos, la transpiración y la incomodidad. Pienso en las complicidades: Estamos ahí para que eso suceda, confiar en que saldremos airosos, ya que no es C3 haciendo “como sí” sino “haciendo ahí”. No habría entonces en la performance repetición sino reaparición del conflicto, del deseo, del desprendimiento.

Así que tendremos todxs paciencia, directoras, técnicos, público, dueños de la sala.

Estoy intentado no caer en la pregunta acerca de lo que están hablando los cuerpos, metaforizarlos, ponerlos al servicio, caer en la tentación de hablar de ellos desde mi propio lugar, quitarles identidad. Intento hablar desde ellos respetando lo siguiente: los cuerpos hablan honestamente primero de sí mismos.

Donde en otros casos se falla intentando hacer del arte un panfleto complaciente/ digerible/ hashtageable/ selfieficable/ amberlagerizable/ cheddarificable, Manada hace de su propio enunciado una duda, pregunta o reformulación: qué estamos diciendo cuando estamos diciendo denuncia, aislamiento, encierro o soledad. El énfasis en el cuerpo como tema, materia, medio y cuestión. En lo irrepetible. El alejamiento del sentido común.

Manada apunta también a borrar los límites binarios de obra/ensayo, presentación/representación, arte/realidad, cuerpo/pensamiento.

En tiempos donde los vínculos tanto fuera como dentro de las redes sociales se hipersexualizan y monetarizan, y donde el habla y los gestos se formatean a través de algoritmos, la manada pareciera seguir ese guion preestablecido, aunque cada uno intentará marcar en esa homogeneidad su singularidad al menos temporalmente.

A veces sueño que me muerde un perro, yo quiero gritar y no puedo; a veces sueño que me cubre una gran sábana que se me hace imposible desvelar; y a veces sueño que pasa un tren a toda velocidad, que intento frenar tirándole palos y todo lo que encuentro hasta que la habitación queda vacía… y otras veces sueño que estoy bailando con mi abuelo, el mejor bailarín que he conocido y soy la persona más feliz del mundo.

 

Ficha artística:

Actuación y dramaturgia: Ángela Martínez, Sabina Piccini, Juan Cruz Rivasseau

Dirección y dramaturgia: Victoria Roldán y Daniela Osella

Diseño de Iluminación, espacio escénico y Fotografía: Pablo Vallejo

Realización audiovisual y sonora: Ariel Dutria

Diseño gráfico: Julián Villarraza

El espectáculo cuenta con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro

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