24 de febrero de 2024

Arrimar el bochín a la pantalla

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

 

 

Hay muchas formas de ver cine. Una de ellas es en una cantina. Mientras Jamie Lee Curtis en el rol de Laurie Strode intenta escapar del asesino, un ruido de bochazos llega desde el fondo y se mezcla con la música original de John Carpenter.

La función de Halloween (Carpenter, 1978) organizada por Relámpago Verde y la Cantina Ferrero del Club Palma Juniors llega a su apoteosis. El público se revuelve en sus sillas ante las mesas con bebidas y comida. Una pareja ríe frente a la ingenuidad contemporánea de algunas escenas. Un grupo de amigos llena sus vasos sin quitar los ojos de la acción cinematográfica. Un hombre bebe wisky tranquilamente. Hay porciones de pizzas frías y restos de sánguches y papas fritas en los platos. El calor de principios de junio entra por la puerta abierta a la izquierda de la pantalla, que da a la breve calle Piedrabuena, en cuya vereda conversan en ronda, en la noche del jueves 9, parte de los organizadores.

 

 

En el fondo del club, sobre las dos canchas de tierra y conchilla, otro grupo de personas, todos varones, lanzan sus bochas por turno como ocurre cada martes y jueves en ese espacio. El elocuente contraste entre las dos actividades culturales genera un marco especial que resalta el acontecimiento social del visionado de películas de forma colectiva. Relámpago tiene una larga experiencia en este sentido que sus integrantes –Jerónimo Ramos, Martín Villalba y Franco Giorda- fueron forjando en 14 años de actividad: desde proyecciones en una cancha de paleta del Club Catamarca, pasando por funciones en universidades, museos, bares y diversos espacios, hasta una articulación con el desaparecido cine Rex de Paraná. De todas estas, algo de la esencia de lo que fue la etapa en el Club Español de calle Urquiza flota en este otoño de 2023 en el ambiente del Palma.

 

 

El Palma

Piedrabuena 127 es la dirección del club de escudo azul y rojo a rayas verticales, que conserva su espíritu de barrio aunque está situado dentro de los boulevares. Por poco, pero del lado céntrico. La calle es la continuación norte de Cura Álavarez y tiene apenas dos cuadras hasta el predio de la Escuela Don Bosco. De Urquiza para el sur, la zona era lo que se conoció alguna vez como barrio Las Ranas. «Cuando empecé a venir por acá ese edificio no estaba, era todo un rancherío y pasaba el recolector de residuos con un carro tirado a caballo», recuerda Antonio Pezzuti, portafolio de cuero en mano, mientras desde la puerta dirige su mano hacia la cuadra siguiente, donde al asfalto aún no lo contiene ningún cordón cuneta.

Antonio es de los veteranos que, en el juego de bochas, se mezcla con los más jóvenes que llegaron no hace tanto desde el Club Atlético Ciclón de Ayacucho, luego del incendio de mediados de 2022 que destruyó parte de sus instalaciones. Así se renovaron jugadores y platea de una práctica que, lentamente, se va perdiendo en la ciudad. Al club fundado en 1932, como a todas las instituciones de su tipo, le está costando remontar después de la pandemia. La pizarra de actividades ya no anuncia boxeo ni mucho menos básquet –el tinglado no lo permitiría y tampoco quedaron las jirafas con redes-, pero sí salsa, kung fu, vóley y newcom, una adaptación del vóley en el que la pelota se atrapa.

 

 

En el pasado quedaron los bailes épicos que convocaban multitudes, de los cuales siguen dando cuenta las fotografías en blanco y negro colgadas en una de las paredes de la cantina. «Las bochas son la actividad principal del club», contó el socio vitalicio, «ha cambiado la comisión directiva y la cantina, y también se había dejado bochas, pero se integraron chicos nuevos y es lo que está funcionando. Además, este es un espacio para eventos sociales», agregó. El momento de mayor convocatoria es cuando el Palma organiza alguna fecha de campeonato de la Liguilla Paranaense de Bochas. También están los que se juntan en peña a comer asado los miércoles. En la actualidad, son unos 120 socios.

El cambio de la concesión de la cantina varió los hábitos: «Estábamos acostumbraos a venir y tomar un vinito, jugar al truco o a la loba y nos quedábamos toda la noche», recordó Antonio otros tiempos.

 

 

Cantina

Precisamente eso atrajo a la familia de Ornella Ferrero, que desde hace cinco meses está a cargo del mostrador de lo que presentan como una cantina de barrio con comida casera hecha en el momento, que en el día de cine consiste básicamente en picadas, variedad de pizzas, empanadas fritas y sánguches de miga. «Lo que se busca es mantener el espacio con lo clásico. Esta cantina era de gente mayor pero ya vienen muy poco. Cuando hay campeonato de bocha siempre, tienen su lugar acá, pero se está dando una tendencia de renovación de clientes de 30, 40 años», explicó. Al lugar tranquilo le van sumando eventos culturales como cine o teatro y cada propuesta tiene su público. Con Relámpago contactaron porque alguno de sus integrantes es uno de estos nuevos parroquianos.

En la entrada, adornada con una guirnalda de luces y una maceta, una cartelera anuncia las actividades. La pequeña puerta es el ingreso de calle, pero hay otra lateral que lleva hacia el amplio salón y a las canchas de bochas. También a la cocina y a los baños. Una quincena de mesitas invita a sentarse frente a la pantalla y el sonido desplegado por Relámpago. El proyector se ubica en el medio de la sala y la barra, en la que se hace cola antes de la función, está al fondo del local. Durante la película, los Ferrero sirven los pedidos intentando hacer el menor ruido posible.

 

 

Ciclo

La gente apura sus comandas ante la inminencia de la proyección. Dos integrantes de Relámpago sortean entre la platea el afiche de la función y luego introducen en lo que se verá. Para Ramos, Villalba y Giorda, el clásico de John Carpenter consiste en una suerte de regreso a los orígenes, ya que se trata del director de Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976), que algún verano de la década pasada se vio en la terraza del Club Español y de cuya historia toma su nombre el cine club.

En la oscuridad de la sala, la concentración es casi absoluta a pesar de los ecos del juego de bochas. Sobre los títulos del final, un aplauso cerrado señala la satisfacción de quienes encontraron esa noche un refugio compartido para sus pasiones cinéfilas. La música acompaña las charlas posteriores y los últimos tragos antes de la partida.

 

 

El ciclo de Cine Cantina comenzó el 13 de abril con RoboCop (Paul Verhoeven, 1987), continuó con Point Breack (Kathryn Bigelow, 1991) y Halloween, y tiene su próxima cita el jueves 22 a las 21 con Del crespúsculo al amanecer (dirección de Robert Rodríguez, guion de Quentin Tarantino, 1996). El bono contribución es de 400 pesos.

En las mesas de la vereda, cerca de la medianoche, se combinan nuevamente los dos mundos: quienes aún tienen cosas para comentar sobre las actuaciones y aquellos que terminaron sus partidas y se quedan recordando un pasado glorioso de la práctica de bochas, así como a sus protagonistas que supieron conseguir gran parte de la colección de trofeos que se acumulan debajo de las chapas sobre la entrada al Palma. De eso se trata también la propuesta de Relámpago en la que el trío sigue haciendo huella: salir, encontrarse, disfrutar historias, apropiarse de los espacios públicos y compartir momentos a través de los cruces maravillosos que habilita el cine.

 

 

 

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