18 de diciembre de 2018

«Vendrán lluvias suaves», pos apocalipsis sin estridencias

TEXTO PABLO RUSSO

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En un pueblo cualquiera de provincia un grupo de niñas y niños deben enfrentarse al mundo sin adultos. Estos se han quedado dormidos tras un extraño corte de energía y la gurisada, junto a un par de perros, emprende un viaje para encontrar al hermano menor de una de las protagonistas, quien se ha quedado solo. Vendrán lluvias suaves, la nueva película de Ivan Fund, convida un universo fantástico y lúdico con varias inspiraciones literarias, entre ellas, el cuento El pato y la muerte de Wolf Erlbruch; el poema de Sara Teasdale que lleva el nombre de este audiovisual; y el relato homónimo de Ray Bradbury que retoma ese poema, publicado en Crónicas Marcianas y ambientado en el año 2026.

Con motivo de su estreno en Paraná conversamos con Fund, ganador del premio especial del jurado en la Competencia Internacional del 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con esta obra, en la que también trabajan los crespenses Eduardo Crespo como asistente de dirección y Maximiliano Schonfeld como responsable de locaciones.

 

 

¿Cuál es la génesis del proyecto?

Por lo general, en todo lo que hice hasta ahora, la película tiene un final concreto y un resultado muy material que es la película en sí misma, pero si uno empieza a rastrear el origen de todo eso no es tan definido. Son un conglomerado de muchas cosas, imágenes, inquietudes e ideas que a veces uno arrastra por años y de alguna manera u otra va encontrando la forma de manifestarlo pertinentemente en una u otra historia. En el caso de Vendrán lluvias suaves, hace tres años que empezamos a escribir el proyecto, desde la primera escaleta y las primeras ideas. Un poco tiene que ver con que estuve muy obsesionado con las novelas gráficas, comics y, dentro de ese universo, también los libros infantiles con ilustraciones. Ahí me encontré con obras significativas, una de ellas la preciosa El pato y la muerte, de Wolf Erlbruch, que fue un disparador fundamental sobre todo por su mirada sobre la muerte y la forma de relacionarse con el mundo. Hay un par de referencias y cosas que empezaron a mostrarse desde ahí. Además, en el último tiempo se me fue haciendo cada vez más inevitable darle rienda o que se manifiesten las ganas que tenía de transitar ciertas historias más relacionadas con el género fantástico, la ciencia ficción o las aventuras y acercarme a ese cine que fue el primero que vi, el que llegaba al pueblo. Es un poco el tipo de cine por lo que uno quiso hacer cine. La variedad de miradas y formas que tiene el cine se descubren después, pero todo empieza ahí. Además, tengo 34 años, luego de hacer varias pelis y transitando diversos circuitos conociendo lo bueno y lo malo de cada caso, tenía ganas de reencontrarme con ese entusiasmo y esas ganas intactas de hacer y mirar que tienen los niños de la historia. Materialmente, lo concreto, fue que lo conocí a Tomás Dotta, el co guinosita, que en ese momento era programador del Palais de Glace. Me convocó para una retrospectiva y fue un momento hermoso poder ver toda mi obra junta y pensar por donde uno había estado transitando la cosa. Le cuento esta idea que tengo de nuevo proyecto y se ofreció a ayudarme. No suelo disfrutar mucho de la redacción del guion, sí de la estructura y de pensar la historia, así que gracias a encontrar esa persona con quien rebotar y construir juntos le empezamos a dar forma concreta.

 

¿Cómo se relaciona esta película con el resto de tu obra?

Es el cine que siempre quise hacer. Esta película funciona como una clausura de toda una etapa, y ojalá que también como bisagra o apertura para lanzarme más concretamente a ese tipo de cine. Ahora tengo ganas de darle lugar, que se manifieste ese cine por el cual empecé a hacer cine.

 

 

¿Se modificó el proyecto durante su concreción?

La verdad que sí, un poco la forma en que vengo trabajado y en que aprendí a hacer cine tiene que ver con una aproximación emparentada a los dispositivos que utiliza el documental a la hora de construir una narración, más que la ficción. Sobre todo en el momento del rodaje, que es una construcción horizontal y no tanto por etapas de pensar un guión cerrado, representarlo y montarlo. La escritura, como el rodaje y el montaje van y vienen todo el tiempo. Siempre la peli se está escribiendo y se está encontrando en la realidad del rodaje, y de igual manera el montaje siempre va a responder a los descubrimientos que aparecen en ese proceso, no a sostener una pretensión previa.

Una de las cosas que más se modificaron es que en el guion habíamos escrito que los protagonistas iban a ser niños varones. Finalmente, luego del casting en Crespo al que fueron como 200 niños, seleccionamos niñas, porque eran mejores actrices. Tienen más carisma y talento, así que automáticamente cambiamos el guion. Hay escenas que también van siendo dictadas en el momento mismo del rodaje, la película está en constante mutación, nunca adherimos a una manera rígida o anquilosada que el cine de ficción maneja. Por un lado, por una cuestión de presupuesto y recursos materiales, uno necesita esa flexibilidad y capacidad de reacción para hacer que cada recurso sea más eficiente; por otro lado, por una búsqueda estética, donde lo interesante es lo que está pasando ahí. Uno va hacia el encuentro de la escena con los actores y el equipo. Hay dos formas de dar en el blanco: una es poner el blanco en la pared y empezar a dispararle, y otra es dispararle a la pared y luego dibujar el blanco alrededor. La forma de la película tiene que ver con esa manera de entender las cosas: ir hacia el encuentro, más que a la recreación.

 

 

¿Cómo trabajaste el tratamiento estético?

Fue un poco la idea de referenciar esta suerte de lógica o estructura fragmentada y elipsada, como si fuesen viñetas, vueltas de página de un cuento infantil, donde uno puede seguir una historia muy simple que es la de una niña que con su grupo de amigos tienen que atravesar el pueblo para encontrarse con su hermanito. Por un  lado está ese viaje de ella y, por otro, estas viñetas que van pintando el fresco de esta nueva realidad, cómo se va desenvolviendo este día a día sin los adultos funcionando. Busqué referenciar algo de cierta literalidad y simpleza de los cuentos infantiles que dan lugar a imágenes bellas y poéticas, y a la vez divididas por capítulos, separadas con estas estampas que sintetizan el recorrido. Eso por un lado, luego hay referencias visuales y estéticas en el vestuario y la fotografía que se relacionan con ciertos códigos del género fantástico y aventuras de niños. Pero siempre es algo más tangencial que le va dando un aire a la historia, sin ser el principio rector.

 

¿Cómo te resultó el trabajo con niños?

Los productores tienen una especie de prejuicio a trabajar con niños, por lo imprevisible, la falta de control; pero para mí fue absolutamente beneficioso y disfrutable. Ellos fueron unos cómplices increíbles, entendieron la historia, se entusiasmaron y propusieron. Durante el rodaje escribieron como tres versiones de posibles continuaciones de la historia. Ante esa capacidad de fascinación que tienen, uno se vuelve un poco un vampiro. Tal vez el desafío real es que uno tenga la energía a la altura de la de ellos. Sobre todo entre los 8 y 11 años, la edad en que el ser humano está mejor representado, tiene suficiente claridad para entender el mundo que lo rodea y, a la vez, suficiente creencia como para moverse con fantasía. En ese sentido, la producción estuvo atenta a ir tras ellos y seguirlos con sus ritmos y propuestas.

 

 

¿Por qué elegiste Crespo como locación, que a su vez no es tan explícita en la película?

Siempre fue pensada en Crespo, no solo por una cuestión emotiva o personal sino porque también me interesaba ya que la historia surge de ahí, de retratar un poco ese pueblo que está empezando a dejar de serlo y mutando a una ciudad o hacia otra cosa. Había algo de esa geografía de calle de tierra y casas desperdigadas en las que yo me crié que me parecía interesante para la historia. Son las imágenes que se me venían a la cabeza a la hora de pensar el guión. Y concretamente filmar en Crespo para mí siempre es un regalo, uno se siente absolutamente acompañado y amparado por los amigos y la familia que están allí, y hace que todo sea más fácil. La gente también está menos contaminada, en la ciudad ven una cámara y se vuelven locos, en cambio en un pueblo no hay especulación de querer quince minutos de fama, se conserva una frescura a la hora de filmar una peli y de retratar a la gente. En eso el lugar es como un atajo: los niños fueron un atajo a la ficción por su capacidad de creer y construir; el hecho de filmar en un pueblo donde crecí es también eso, hace que todo sea más fácil. De todas maneras, no se dice que es Crespo, sino un pueblo, el pueblo de la película. Todo es un recorte, no se pretende hacer un retrato fiel de tal o cual cosa, es el pueblo de la ficción.

 

¿Qué opinás del acompañamiento del público entrerriano a tu cine?

La verdad que no suelo pensar mucho en esas cosas. Uno a veces deja demasiada energía en poder empujar los proyectos y que estos existan, cuando viene la instancia de mover la película no queda mucho resto. Uno es plenamente consciente del cine que hace, que son películas difíciles de distribuir y que encuentren su audiencia. Un poco por cómo funciona el mundo y un poco por recursos concretos que a veces faltan. No dudo que haya mucha gente que la quiera ver, pero a veces no se encuentran las formas de llegar a esa gente. Quiero que exista la película y que pueda estar a disposición del que quiera encontrarse con ella. Nada bueno puede salir de la especulación: uno tiene que hacer la película que quiere hacer, creyendo firmemente en que es parte de la humanidad y la sociedad, confiando en que vio algo y que no esta tan alienado, que habrá espectadores que también puedan sentirse interpelados por la historia. En el caso concreto de Entre Ríos, faltan salas, como en todos lados. Además, me gusta pensar que las películas tienen su autonomía y que no dependen de que uno las acompañe y las explique. Son experiencias, algo con lo que uno entra en relación, puede dialogar, verse o no en resonancia, y desde ahí ver hacia donde construye. Me da curiosidad y ganas que la gente pueda disfrutar con lo que uno hace, y que la pueda pasar tan bien como uno cuando la hizo, pero eso es aleatorio y arbitrario.

 

 

¿Qué te pareció el Festival Internacional de Cine de Entre Ríos y qué opinás de una posible ley audiovisual provincial?

Para mi está bueno que exista el festival, ojalá pueda crecer y afianzarse en calidad de programación y llegada a la gente. Son espacios muy relevantes porque de pronto, este tipo de películas, si solo dependemos de la suerte que podamos tener invocándolas en una multi sala y cruzando los dedos para que alguien se confunda y en lugar de ir a ver El hombre araña vaya a ver la nuestra, estamos en problemas. Es importantes que haya espacios de comunicación, de difusión y sobre todo de encuentro. Las cosas a la distancia parecen lejanas y comienzan a generarse mitos, para bien o para mal. Estos espacios, un festival, una muestra, un cineclub dedicado a que la gente pueda encontrarse con estas otras propuestas y con los responsables de esas cosas, sirven para entender la dimensión del trabajo. Y para que los chicos y chicas que están queriendo hacer cine vean que está al alcance, con los problemas de cualquier oficio. Ojalá que pueda resolverse una ley de cine, no solo para cuidar la producción, sino también y tan importante como eso, la difusión. La mirada se construye viendo y haciendo. Esos espacios de encuentro son a veces más relevantes que una instancia académica. Fui a una reunión sobre la ley, pero no estoy directamente involucrado como algunos amigos que me van actualizando. Estoy a plena disposición para colaborar con todo lo que haga falta, espero que pueda tomar su curso.

 

¿Cómo ves el panorama del cine nacional en 2019?

El cine no es ajeno a los problemas que están atravesando el país y la sociedad argentina en todos los planos. En ese sentido, de alguna manera u otra, el cine siempre es un reflejo de la sociedad, tiene los mismos problemas. Tan importante como seguir reclamando, luchando y exigiendo que se defienda la cultura es no dejar de hacer. A veces se instala muy rápidamente esta nube negra de que no hay salida y que todo cada vez va peor, y eso tiende a llevar a la parálisis. Uno, como director, productor o cualquiera sea su rol, tiene que encontrarle la vuelta, no parar, seguir haciendo. Como respuestas a tantos “no” y a tantos recortes es importante seguir filmando y traccionando para levantarse.

 

 

Vendrán lluvias suaves. Drama fantástico. Argentina, 2018, 82 minutos.

Dirección: Iván Fund.

Intérpretes: Alma Bozzo Kloster, Simona, Sieben, Florencia Canavesio, Emilia Izaguirre, Massimo Canavesio.

Funciones en el cine Rex martes 27 y miércoles 28 a las 20.

 

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