Un Nobel entre espinillos

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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El hombre parado sobre el pasto, micrófono en mano, habla en su modo tranquilo y pausado en la cálida tarde otoñal. Lo rodea un grupo heterogéneo de más de doscientas personas sentadas en sillas o simplemente en la tierra. Hay quienes se arrimaron a Colón desde otras provincias, y también desde la República Oriental del Uruguay. El sonido constante de base es el de gurises jugando. En su discurso, el militante por los derechos humanos, Adolfo Pérez Esquivel —‌Premio Nobel de la Paz en 1980‌—, intercala anécdotas personales con algunas consignas, generalmente en forma de preguntas. La educación en la madre tierra es el título disparador con el que este defensor de la no violencia se presenta, un sábado de mayo, en la Fundación Arbolar, para darle apoyo y visibilidad al espacio de educación viva que funciona desde hace algunos años en esa zona rural de la costa del Uruguay.

Para llegar al lugar hay que adentrarse unos quilómetros por caminos que mezclan tierra, arena y piedras en el campo de los alrededores de la ciudad. Una tranquera con una Whiphala (trapo de siete colores utilizado por pueblos originarios de la cordillera de los Andes) indica el sitio del encuentro. Desde allí, una huella entre un bosque de espinillos desemboca en el claro que concentra la atención de esa tarde. Una vieja casa de campo reconvertida en espacio para talleres, un molino, otra construcción en madera y barro en forma de octógono y los juegos infantiles forman parte del paisaje. Antes de iniciar su exposición, Pérez Esquivel pide que la gente se presente con quien tiene a su lado, ya que no se puede empezar ninguna transformación social sin mirarse a los ojos. Sobre un costado se extiende una bandera en apoyo a los vecinos del barrio Perucho Verna, de San José, que intentan frenar las fumigaciones en la zona; y entre los asistentes están los padres de Micaela García, la chica violada y asesinada en Gualeguay, hace poco más de un año.

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En la charla, Pérez Esquivel hace referencia a la educación, a la conciencia crítica, a la libertad, a la rebeldía, al poder de la palabra, y a la necesidad de luchar por el medio ambiente como forma de vida. «Pueden existir buenos profesionales, pero que tienen mente de esclavos. Serán buenos funcionarios de esclavitud para un sistema de dominación», señaló el presidente ejecutivo del Servicio Paz y Justicia Argentina, siguiendo la línea de pensamiento de Paulo Freire. «Lo importante de la educación es generar conciencia crítica, de hombres y mujeres para la libertad, porque sin libertad no podemos amar», agregó. «¡Que palabrita! ¡Tremenda! El amor es el acto más grande, más sublime, del ser humano. Nadie puede amar por decreto. No solo a los que nos aman, sino a nuestro pueblo, a la madre tierra, a nuestra pachamama. Es este el sentido profundo de la libertad. Y creo que dese ahí podemos empezar a pensar», invitó.

¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Qué queremos? Todos somos aprendices de la vida, todos los días aprendemos lo que sabemos de los conflictos que vivimos y de cómo podemos solucionarlos, expuso. Esa educación, esa forma de ver, es una forma para poder compartir. Si no nos reconocemos como personas, no podemos compartir, explicó. «¿Y qué podemos compartir? Dos cosas: el pan que alimenta el cuerpo cuando vemos tantas personas con hambre; pero también compartir el pan que alimenta al espíritu. Esto es la libertad», definió. «Para llegar a ese sentido profundo de la libertad hay que ser rebeldes frente a las injusticias, frente a la situación que vive nuestro pueblo. Pero para ser rebeldes tenemos que tener conciencia crítica», apuntó.  «Nos duele cuando un niño se muere de hambre o por enfermedades evitables, cuando hay poblaciones que son fumigadas y generan cáncer y las autoridades guardan silencio. Para esto necesitamos de la unidad del pueblo», indicó.

La palabra es energía, es fuerza, precisó Pérez Esquivel ante la atención generalizada. «Con una palabra podemos amar, y con una palabra podemos destruir. Puede ser tan fatal como un arma: una palabra que es hiriente, que llega a la mente y al corazón y daña. Pero hay otra palabra que es vida, y es la que tenemos que hacer caminar, que tiene que transmitir la esperanza de vida, la esperanza de que es posible una nueva sociedad. No nos quedemos en el derrotismo. Esto lo decimos en el Foro Social Mundial: otro mundo es posible. Tenemos la capacidad de la resistencia social, política, espiritual para cambiar, pero esto no lo podemos hacer solos, tenemos que sumar voluntades, pensar juntos. Porque si no llegamos a la violencia; y hoy estamos en una situación de violencia social, estructural, que golpea muy fuerte en la vida de nuestros pueblos: el aumento de la pobreza, los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional… esa película ya la vimos y nos hizo muy mal. Hambre, marginalidad, pobreza», criticó el nobel.

 

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Democracia y derechos humanos son valores indivisibles, si se violan los derechos humanos la democracia se debilita y deja de serlo, teorizó. «Luchamos por la transformación social, cultural y política de nuestro pueblo, para que tenga un nuevo amanecer de la vida que vivimos», compartió Pérez Esquivel, cuya silueta se recortaba sobre un fondo de vegetación autóctona entrerriana.

«Cada uno tiene que asumir su responsabilidad. Aquí, en esta comunidad, se han puesto de acuerdo y están trabajando con objetivos claros para una educación alternativa que es liberadora. Que lleva a otro tipo de conciencia. Somos hijos de la madre tierra, no somos los dueños», expresó el docente y artista. Hay que desarmar la razón armada, añadió en relación a un posible conflicto nuclear. «Para esto necesitamos de esta conciencia liberadora, para una cultura de paz, que no es ausencia de conflicto, sino dinámica permanente de relaciones entre las personas y los pueblos. Nada tiene que ver la paz con la pasividad. La paz es una dinámica transformadora que tenemos que ejercer y construir todos los días», detalló. «A nosotros, lo único que nos dejan es elegir la salsa donde quieren cocinarnos», manifestó citando un cuento de Eduardo Galeano. La pregunta que hay que hacerse, según Pérez Esquivel, es: ¿Qué mundo le dejamos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos? «La madre tierra nos habla siempre y nos dice de sus dificultades, tenemos que escucharla», exigió, a la vez que alentó a no perder la esperanza que es como la gasolina en un motor, es la que nos impulsa, tiene que estar siempre vigente, porque es lo que nos da la fuerza para poder resistir, concluyó entre aplausos.

Luego llegó el tiempo del intercambio de opiniones, las fotos y los saludos. Al anochecer, el campo de Arbolar fue quedando solitario de humanos para volver a ser habitados por otros seres como el zorro que, de lejos entre los espinillos, escuchó esa tarde el discurso de un premio Nobel.

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Comentarios (1)
  1. Jorge dice:

    Un relato cargado de soles y esperanza, que parece trasmitir el río de los pájaros y la luminosidad, pese a todo, de un hermoso ser humano. Gracias Pablo.

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