Tres días en Mar del Plata

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS FRANCO GIORDA

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No contamos con dedicación full time para hacer una cobertura cinéfila completa, pero sí tenemos el ímpetu para tomarnos unos días de licencia, viajar al Festival de Cine de Mar del Plata y contar lo que vivimos. Allí nos pasamos tres jornadas que alcanzaron para ver 13 películas, mirar un ratito el mar y jugar a los flippers (sí, aunque usted no lo crea todavía hay fichines en La Feliz).

Una de las sorpresas fue la masividad de la concurrencia. Las salas llenas provocaban un ánimo exaltado en la audiencia. Por ejemplo, los gags de las comedias arrancaron aplausos y gritos de los más entusiastas. No hemos sido parte de esa espontaneidad colectiva desde las matinés de los 80. La variada programación y el precio de 40 pesos (con descuentos para estudiantes) puede haber sido la clave de la popularidad.

La mejor proyección a la que asistimos fue la de Los olvidados, una película gore de Luciano y Nicolás Onetti que cuenta con la actuación de Gustavo Garzón y Mirta Busnelli, entre otros. The Onetti brothers, como los mismos realizadores se denominan, son de la localidad de Azul (provincia de Buenos Aires) y cultivan con brutalidad el género del terror. Lo escandaloso de la película, una suerte de La masacre de Texas que transcurre entre las ruinas de Epecuén, un pueblo bonaerense sepultado por una inundación desde 1985, hizo que la mitad del público se fuera antes de que termine la función. Un señor se paró en medio de la película e hizo saber con su vozarrón formidable que lo que estábamos viendo era una «porquería». A nosotros nos encantó: además de presenciar un baño de sangre, concurrimos a una crítica feroz a la argentinidad que va desde el matadero vacuno hasta la guerra de Malvinas, pasando por la tortura industria nacional.

En términos menos emocionales, la obra que más nos gustó fue Tres avisos por un crimen, de Martin McDonagh, con Frances McDormand, Woody Harrelson y Sam Rockwell. Una producción que cuenta con la libertad, la fuerza y la crudeza del cine norteamericano de los 70. Se trata del derrotero de una madre que busca justicia para su violada y asesinada hija. Lo interesante del caso es que a pesar de ser un tema recurrente va por lugares por los que la mayoría no se anima. El humor negro se administra en altas dosis.

Una grata sorpresa fue El vigilante, del mejicano Diego Ros. Una película de suspenso llena de virtudes que tiene la capacidad de generar, en la mente del espectador condicionado por las narraciones industrializadas, suposiciones que después no se cumplen. Todo está a la vista, tal cual la carta de Poe, y sin embargo se busca la resolución de los misterios por lugares que nada tienen que ver con la explicación de los hechos. Es de esas obras que dejan en evidencia los propios prejuicios para recibir un film.

La peor onda tuvimos con Thirst Street, de Nathan Silver, y con The disaster artist, de James Franco. Mientras la crítica especializada colmó de elogios a esta última y todo el mundo a nuestro alrededor se desternillaba de risa, nosotros nos moríamos de la bronca de lo mala que nos resultó. Creo que la euforia de cientos de personas nos inhibió para abandonar la sala. La que menos nos gustó fue Una chica y los fusiles, de Claude Lelouch (un gran realizador y una de las figuras presentes en el Festival que dejó sus manos estampadas en la «Vereda de las Estrellas», frente al hotel Hermitage). Cuando la vimos, estábamos más curtidos y la abandonamos a la media hora.

Entre los cuatro documentales vistos, nos conmovió American Valhalla, dirigida por Joshua Homme y Andreas Neuman, que da cuenta de la alianza artística entre Iggy Pop y el propio Homme para la realización del álbum Post Pop Depression. Miramos también Entre Perón y mi padre, de Blas Eloy Martínez. Este realizador hace su película para saldar cuentas con Tomás (el célebre escritor y periodista, autor de La novela de Perón y de Santa Evita), para dejar de ocupar el papel de hijo y ganar autonomía. Además, presenciamos Un cine en concreto, de la entrerriana Luz Ruciello, que cuenta la historia de Omar, un albañil que levantó dos cines en su casa de Villa Elisa para que los gurises de su barrio puedan ver películas como se debe. La propuesta despertó emociones y sentidos agradecimientos desde la platea. Finalmente, nuestra gran desilusión fue Piazza Vittorio, del gran Abel Ferrara. El trabajo está destinado a mostrar el emblemático espacio público de Roma que habitan inmigrantes e italianos. De factura liviana y desordenada, da la sensación de ser una labor meramente hecha para recaudar dinero.

Entre otras ficciones, concurrimos a Lowlife, de Ryan Prows, un realizador de la frontera mejicana estadounidense. Las opiniones pueden estar divididas, pero fue la primera que vimos y su locura tarantinesca, aunque con carácter propio, fue un gran modo de ingresar a la fiesta cinéfila.

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Intervención del artista Marcos López

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Anotaciones

Entre los apuntes de nuestro cuaderno de viaje destacamos la anotación de dos alocuciones que más o menos decían así: «Si nos interesamos por la arquitectura cambiará nuestra relación con la ciudad en la que vivimos» (Columbus) y «Las cosas terribles van a suceder, lo importante es qué hacemos en esos momentos» (American Valhalla). Por otro lado, registramos el intenso placer que nos genera sentarnos frente a una pantalla a esperar que empiece una película. Esos momentos previos a la consumación de la experiencia estética están cargados de adrenalina cinéfila. Llegar a repetir cinco veces ese cosquilleo en un mismo día en medio de cientos de personas tan excitadas como nosotros es lo que más vamos a recordar de nuestro paso por el 32.° Festival de Cine de Mar del Plata.

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Pinball

Si el viaje tuvo un bonus por fuera del cine fue el mencionado hecho de encontrarnos con locales de videojuegos. Mientras que en muchas otras ciudades los gamers han sido recluidos a sus ámbitos privados a partir de la expansión de las consolas y las tecnologías hogareñas, en Mar del Plata se mantienen abiertos algunos «ciovis». Casi todos tienen máquinas modernas que utilizan los niños. Sin embargo, cual reserva arqueológica, en una esquina del centro se encuentran los mismos arcades y flippers que jugábamos en los noventa. Verlo, ingresar, comprar fichas y jugarle al Lethal Weapon 3 fue parte de un mismo acto impulsivo. También estaban el Batman, Terminator, entre otros. Poner a rodar la bola de acero entre luces, hongos, paletas y túneles calmaron más de 15 años de abstinencia. A diferencia de los otros lugares, aquí había gente de entre 30 y 40, seguramente curtidos durante su adolescencia en ese ambiente donde no solo se desarrollan habilidades con las palancas y los botones sino que también se convive según implícitas escalas de prestigio, respeto y aguante. Ese pasadizo en el tiempo fue la extra ball de esta exploración.

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