Memorias de un troll

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TEXTO PABLO RUSSO

ILUSTRACIÓN MANUEL SIRI

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Tal vez esta entrevista nunca existió y todo fue una puesta en escena. Quien sea que haya contestado a nuestras preguntas del otro lado del intercambio virtual de correspondencia, lo hizo en el absoluto anonimato y tomando los recaudos necesarios para que ni registros de la IP de su computadora personal permanezcan como huellas. Después de esto, uno no puede dejar de recelar de la verdadera identidad de todo aquel amigo o amiga virtual que no conozca personalmente. Como en El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, la sospecha de espionaje lo recubre todo. La matrix mediatizada del foro político contemporáneo —‍que desde hace rato no ocurre en asambleas, en plazas públicas o en los cafés burgueses de antaño‌— queda un poco más expuesta en su funcionamiento. «Mario Calvo no es mi nombre, por supuesto», aclara, por si quedara alguna duda. «Soy un ex empleado de redes del gobierno provincial. Parte de mi trabajo era lo que hoy llaman “troll”», se presenta a sí mismo. La palabra deriva del verbo inglés del mismo nombre que denomina la técnica de pesca que consiste en arrastrar un señuelo con cebo desde un bote en movimiento; aunque resulta más poética su coincidencia con los seres mitológicos del nórdico antiguo, aquellas criaturas del folclore escandinavo. «Contrario a lo que dice la definición de Wikipedia, nunca me manejé de manera incorrecta o violenta. Ese era nuestro sello distintivo. Eso nos diferenciaba de lo que hoy vemos accionar desde las grandes oficinas de trolls del oficialismo nacional», agrega.

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¿En qué consistía tu trabajo?

El trabajo de nuestro equipo, en el que éramos entre seis y siete, era intervenir en situaciones de malos entendidos, mala información, agresiones infundadas, mal manejo de datos de obras o programas. Ese tipo de cosas. Nosotros intentábamos explicar, en idioma coloquial, cómo era la situación en realidad. Intentando no polemizar, sino poniendo información fidedigna en medio de los diálogos de un posteo.

¿Eso lo hacían interviniendo en redes sociales con perfiles falsos?

Si, solíamos tener un par de perfiles.

¿Se limitaban a las cuentas oficiales o también intervenían en otros debates?

La intervención se daba en diferentes medios digitales, nacionales, provinciales, municipales, redes sociales, etc., siempre que tuviéramos algo que aclarar o reforzar. Siempre que hubo agresiones, no éramos nosotros. Es algo primordial esto, no un detalle menor. Nuestra tarea no era agraviar, solo informar en espacios no tradicionales. En Twitter se maneja un nivel de ignorancia y agresión intolerable. Y después tenés personajes nefastos como Fernando Iglesias, que parece un troll enajenado y es real.

¿Qué tipo de formación y rango etario suelen tener los que lo hacen? 

La formación es variada. Por lo general tienen algún nivel de educación universitaria, aunque no necesariamente de la misma carrera. Puede haber un estudiante de Derecho, otro de Ciencias Políticas, de Psicología, algo relacionado a las artes…, no es algo definido. Las edades varían, desde los 22 o 23 años hasta los 90. La búsqueda tiene por horizonte la claridad conceptual y los buenos modos, al menos en el equipo que me tocó era así. No puedo decir lo mismo de los «colegas» que veo ahora a nivel del oficialismo nacional. Veo mucha agresión y falta de calidad humana en lo que escriben.

¿Cómo llegaste a ese trabajo?

Llegué a través de la militancia, de las reuniones donde intercambiábamos opiniones sobre actualidad.

¿Qué libertad tienen en general para la acción, o responden directivas específicas de alguien?

Las directivas son esas: informar con respeto y claridad. Más o menos vehemente de acuerdo a cada uno.

¿Cómo es una jornada cotidiana de un troll? ¿Fichan, cumplen horario, trabajan desde la casa?

Uno no trabaja de troll. Ese es un aspecto del trabajo. No digo «soy troll», como quien dice «soy abogado». Algunos sí tienen militancia, otros no. Muchos trabajan desde la casa pero no solo comentando como se cree, sino también leyendo, informándose de lo que pasa. Por lo general trabajábamos más de lo que nos correspondía, muchas horas al día por un pago que no era tan abultado, sino más bien austero.

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¿Cómo definirías vos tu labor en esa época?

Mi trabajo era de redes. Corregir textos informativos, hacer escucha activa de medios y, además, tener un par de perfiles alternativos.

¿Cómo está considerado ese trabajo dentro del ámbito de la comunicación y la prensa institucional? ¿Cómo te veías a vos mismo en ese rol?

Hay muchos que buscan notoriedad. Un caso famoso es el de la Dra. Pignata en Twitter, que trabaja a favor del macrismo. Es uno de muchos. Nuestra labor es anónima y así debe ser. A mí no me molestaba porque era parte de una estrategia comunicacional. No era algo malo en la forma en que se encaraba. Pero está el troll trash. El que a través de las redes busca viralizar información falsa, agredir, provocar, tirar datos incorrectos, etc. Algunos, como el actor Juan Acosta en estos últimos meses, lo hacen gratis. Ese estilo es totalmente nefasto.

¿Hay convicciones militantes entre los trolls o es simplemente un trabajo?

En el 95 % sí la hay. Hay convicción y compromiso. Hay un porcentaje bajo que igual respeta las normas y cumple, pero tal vez le da lo mismo Menem, Macri, CFK o Del Caño.

¿Qué incidencia suponés que tenía tu trabajo en la imagen del gobierno?

Era fuerte, pero no fue una época en la que se destinaba tanto dinero a esas usinas. Cuando leo los sueldos a nivel nacional y los equipos que tienen no lo puedo creer. Realmente es una inversión enorme, obscena.

¿Por qué son necesarios (o no lo son) los trolls en la actividad política?

Para generar debate, y en ese debate enriquecer desde el conocimiento, intentar aclarar lo que otros quieren poner turbio. En la actualidad, las grandes usinas de trolls, como la que maneja (Marcos) Peña, son hormigueros que buscan atacar a la oposición. No era nuestro sistema.

Algo para criticar de esa etapa…

El exceso de trabajo. Por lo general no era exigido, sino autoexigido. Entrás en una vorágine difícil de parar. Se vuelve parte del día a día. Te indignás y escribís desde tu cuenta como si fueras un enajenado queriendo responder a todos. Eso es tóxico, es sobreinformación absoluta. En mi caso tuve que alejarme porque tenía muchas actividades relacionadas a la militancia en los barrios y a la universidad. Trabajé dos años en medio de mi carrera de Trabajo Social. Hay momentos en que se vuelve insostenible por la cantidad de horas, que no guarda relación con el pago.

Alguna anécdota graciosa, irónica o dramática que quieras compartir…

Había una compañera que había creado un perfil de un tipo con una foto al azar. Parece que cumplía con los cánones de belleza porque siempre recibía muchos mensajes privados de todo tipo, tanto de mujeres como de hombres. Era gracioso porque quedaba en evidencia la impunidad de las redes en el tema encare. Igual, ante todo, discreción. Esos nombres seguirán a salvo, ¡ja!

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