Extrañábamos tanto a Kusturica

TEXTO PABLO RUSSO

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Casi una década de que el tipo no mostraba un largometraje de ficción, y ahora que vuelve más o menos con lo mismo de siempre uno se da cuenta de que, a pesar de eso, había un vacío que solamente este serbio cristiano ortodoxo nacido bosnio y musulmán podía llenar. Las praderas de la ex Yugoslavia, las casas de piedra, las estaciones de trenes, los animales de comportamiento extravagante (tanto como los humanos), los encuentros y desencuentros amorosos en tiempos de guerra y aquellos hechos que lo emparentan con un género literario de esencia americana están presentes en su nuevo trabajo.

Con En la vía láctea, Emir Kusturica retoma sus tópicos habituales, al menos desde Underground (1995) en adelante. El desmembramiento de Yugoeslavia —hecho trágico del último cuarto de siglo europeo– atraviesa su cine. Esta vez, el músico y director es, además, protagonista de la serie de personajes alocados que viven en un frente de batalla; y elije como pareja a la italiana Mónica Belucci. Músico también en la ficción, se gana el pan trasladando leche recién ordeñada a los soldados en su burro, con un halcón de compañía y una serpiente que es aliada del destino. Como no podía ser de otra manera, la banda de sonido se vuelve contagiosa en las secuencias de fiestas excesivas de las que soñamos participar, sin dejar de añorar su alianza con Goran Bregovic.

En 2014, Kusturica participó de la producción colectiva llamada Words of God, coordinada por Guillermo Arriaga. El episodio aportado por Emir –«Our Life»– es la base original de En la vía láctea: un monje transporta leche al frente. Si bien es el mismo de siempre (y por eso, sin sorprender, sigue gustando), el director se rodea de otros kusturicas en este baile: Stribor, su hijo, es el autor de la banda sonora; y Dunja, su hija, fue la coguionista.

¿Qué nos emparenta tanto con aquel país balcánico? ¿Será la pasión por el fútbol, un dejo nostálgico musical, una raíz latina común? Algo de eso se traslucía en los recitales colmados de la No Smoking Orchestra en Rosario y Buenos Aires de principios de siglo, cuando el declarado hincha de Excursionistas de Buenos Aires subía al escenario con la casaca a rayas verde y blanca. «Siempre me sentí culturalmente muy cercano a la Argentina. La emoción y el sentimiento de los argentinos son muy similares a los de nuestra nación», decía entonces en una entrevista con La Nación. Después vendría el documental Maradona by Kusturica, y el aún inconcluso El último héroe, ampliándose al mundo rioplatense con biografías sobre el barrilete cósmico y sobre el expresidente uruguayo José Pepe Mujica.

Hace algunas semanas sucedió un hecho real maravilloso en las barrancas del Paraná: en su espacio cultural y pedagógico, el Cine Club Musidora proyectó esta nueva obra del hombre que tiene a Federico Fellini, Jean Renoir y Andrei Trakovski entre sus referentes, y el reducido espacio que no suele albergar a más de una docena de cinéfilos se desbordó. Todos y todas procuraban ver al animal de cine devenido en lechero, esquivando balas, debatiéndose entre el amor de su vecina y el de una fugitiva italiana, inmerso en un cuento de hadas en el horror de la guerra, con gansos que se bañan en sangre, una gallina que salta frente al espejo mientras pone huevos, y un halcón que se mueve al compás de una cítara. Lo más parecido al realismo mágico literario hecho cine, que vuelve con el sello Kusturica.

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*Nota: En la vía láctea se proyectará en el Cine Club Musidora el miércoles 7 de febrero a las 20.30.

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