En el corazón del tiempo

TEXTO KEVIN JONES

FOTOGRAFÍAS MARISA NEGRI

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Durante los días del viaje nos sentimos, como pocas veces en nuestras trayectorias de trabajo comunitario, privilegiados de hacer lo que hacemos. En el mes de mayo, referentes de bibliotecas populares argentinas tuvimos la oportunidad de trabajar en territorio colombiano junto a comunidades que son protagonistas del tan mentado proceso de paz que ese país atraviesa desde la firma de los acuerdos en noviembre de 2016. El viaje formó parte de la etapa final de un programa de cooperación internacional llevado adelante entre nuestros países bajo el lema «Bibliotecas por la paz». La comitiva estuvo compuesta por la Biblioteca Popular Santa Genoveva (delta de San Fernando), la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer (Tucumán) y la Biblioteca Popular Del Otro Lado del Árbol (La Plata). En mí caso, viajé en representación de la Biblioteca Popular Teresita Yugdar de Seguí (Entre Ríos), mi pueblo.

 La iniciativa partió, en su momento, del gobierno de Colombia, que solicitó la colaboración de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) de Argentina para el fortalecimiento de tres bibliotecas comunitarias. Son estos espacios de vínculo y contención para niñas, niños y jóvenes que, por diferentes factores que hacen a su contexto social e historias de vida, corren riesgo de tomar parte en los focos aún existentes del conflicto armado. El trabajo se especifica, entonces, como una acción de prevención del reclutamiento, y es impulsado en territorio por la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) de Colombia.  Nuestro trabajo estuvo centrado en las poblaciones de Popayán (Cauca) y Villa Victoria (Putumayo).

Villa Victoria es un asentamiento de trabajadores rurales que se ubica a la vera del río Guamúez. Al Guamúez se llega a través del Putumayo desde Puerto Asís, una ciudad fronteriza. El Putumayo es el caudaloso río que da nombre a todo el departamento y a través del cual se puede llegar, en veinte minutos, al Ecuador.

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En este lugar, los pobladores se encargan de sostener su vereda. Cada problemática, así como cada novedad, es debatida en un espacio de reunión que, con muchos tintes asamblearios, funciona como organismo de gobierno de la Villa. Allí habita una cincuentena de familias, y los niños crecen siendo criados conjuntamente. Es difícil que alguien no sepa los nombres de todos y, por ende, que no se haga cargo del cuidado de esos pequeños que chapotean barro. Ese rasgo fuertemente comunitario —‌la fantasía de autogestión barrial con que soñarían muchos militantes‌— contrasta con la ausencia de servicios y el olvido estatal. Este tipo de comunidades se asemejan a nuestro delta, salvo por la vegetación selvática que les rodea y la fuerte organización que les hace habitar juntos el espacio. Las casas se encuentran situadas en territorios delimitados, selva adentro, y no dispersas a través de muelles particulares como en la vera de nuestros ríos.

Por sus características geográficas, pero también por la historia de sus habitantes, sitios como Villa Victoria fueron especialmente tocados por el conflicto. Durante las últimas elecciones colombianas, muchas de estas veredas recibieron por primera vez casillas de votación. Veía circular en Facebook, a través de los contactos de allá, fotografías de muchos habitantes que, a la vera de otros ríos, me recordaban fuertemente a los pobladores de Villa Victoria. Más que fotos, esas imágenes se entienden como una victoria precisa del proceso de paz. Sin embargo, no dejan de ser un recordatorio. Debajo de las elecciones presidenciales, los habitantes de esas tierras vienen practicando otro tipo de democracia que merece ser respetada y atendida por todos nosotros.

En muchos casos, los organismos jugamos a escuchar a las comunidades, pero como si se tratase de un niño caprichoso al que hay que criar y no se sabe cuidar por sí solo. Si pudiéramos cambiar de juego veríamos que es allí mismo donde se encuentra el potencial necesario para los procesos que nos debemos.

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Al costado del valle del Cauca, Popayán es, por su parte, una ciudad colonial y populosa. Siendo una de las más antiguas de América Latina, sus barrios revisten la acumulación demográfica como pueden. Ahí el rasgo de Villa Victoria se repite, puesto que las juntas comunales poseen una repartición precisa de acciones y responsabilidad en la cartografía de los barrios. Cada comuna va creando identidades que se fortalecen entre sí, y desde las cuales asumen cada problema y cada propuesta como propios.

Los organismos oficiales suelen hablar de una fuerte resiliencia de las personas. Quizás sería mejor, como me decía una compañera de viaje, hablar de comunidades creativas. Comunidades que han sabido tomar una coyuntura histórica particular como el mejor de sus momentos. En ese marco, confían fuertemente en sus propios sueños. Los días que estuvimos juntos, trabajamos sobre la imperiosa necesidad común de que esos sueños sean llevados adelante. Que viajen del deseo a la realidad.

Huertas, encuentros de mujeres, grupos de madres, internados nuevos. Esas personas soñaron y sueñan muchas cosas, pero entre ellas, en especial, esas personas soñaron bibliotecas.

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Las bibliotecas populares tenemos mucho que contar y mucho que aprender en el encuentro con las bibliotecas comunitarias colombianas. Si fuimos llamados a este diálogo es porque nos sabemos parte de una tradición singular en nuestro continente. Son pocos los países que cuentan, como en el nuestro, con un sistema que nos permite crear el espacio de Biblioteca desde abajo hacia arriba. Aquí es la comunidad la que impulsa la creación de una Biblioteca, reúne los libros y la gente, gestiona el espacio en el mejor de los casos, y luego pide a CONABIP el reconocimiento. Ese modo de nacer nos brinda un gran componente de impulso propio que fuimos a compartir en nuestro viaje. Muchas veces, nuestras conversaciones iniciaban abriendo la posibilidad de imaginar todo lo que una biblioteca puede ser.

Los mediadores de lecturas argentinos hemos ido aprendiendo, en los últimos años, una serie de saberes que se constituyen hoy en un territorio firme desde el que animarnos a ir por más. Sabemos que las bibliotecas pueden ser el espacio por excelencia de los vínculos. Que la literatura puede hacer hablar a las personas, incluso de lo que ni sabían qué tenían dentro. Que hay que perderle el miedo al dolor de los demás. Que a veces ir al encuentro de otros con un poema entre manos es el mejor modo de disponerse a escuchar. Que es importante encontrarnos.

Entre esos aprendizajes, las bibliotecas comunitarias de Colombia nos regalaron al interior de cada taller una enseñanza más acerca del tiempo. Allí las personas estaban durante todo el día, prácticamente, dispuestas a conversar y oír. Entre los niños que corrían en el patio al lado de la Biblioteca Tejiendo Sueños de Popayán a las mujeres que se sentaban a tejer mientras esperaban nuestras actividades en la Biblioteca Villa María de Villa Victoria se traza una línea frágil pero potente de habitantes de nuestros países que sostienen, con sus cuerpos, el transcurso de un tiempo diferente.

Entre lo que tenemos y lo que no, nuestros pueblos se quedaron con el corazón del tiempo.

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