El silencio y la esperanza

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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Por San Martín y Cervantes, unos minutos antes del mediodía del viernes, caminan los apurados y los que van recorriendo vidrieras sin tiempo. De a poco, un conjunto de personas comienza a llamar la atención: vestidos de negro, se van encontrando cerca del semáforo, entre los contenderos de basura y un kiosco de diarios. Son cinco al principio, veinte al rato; luego más de cien y de doscientos. Entonces, ya no pasan desapercibidos para nadie. Los transeúntes más tímidos miran de reojo, otros se detienen a observar con prudente distancia y están también aquellos que se arriman a consultar de qué se trata. El grupo de negro repasa la inminente acción; se reparten velos -también negros- que cubren los rostros y una violinista inicia la música que transforma el murmullo reinante en un silencio expectante. La intervención artística que fue planificada por HIJOS tiene lugar en el espacio público como preámbulo a la próxima edición de Teatro x la Identidad, pero sobre todo al inicio del juicio a los directores del Instituto Privado de Pediatría, que arranca el lunes 6 en los tribunales federales de Paraná.

Ocupando lo ancho de la peatonal, los varones y mujeres caminan lentamente hacia la plaza 1° de Mayo, detrás del violín. La marcha es registrada por varias cámaras, para la elaboración posterior de un video. Hay sorpresa en las miradas de los desprevenidos, interpelados por estos cuerpos en composición estética y en acto político. Laura reparte volantes en el andar; en ellos hay una imagen de Sabrina Gullino Valenzuela Negro sentada al lado de una silla vacía. «¿Dónde está el Melli Valenzuela Negro?», dice la invitación a Teatro x la Identidad para los próximos 17, 18 y 19 de agosto en el Centro Cultural y de Convenciones La Vieja Usina. En el reverso se cuenta la historia de Raquel Negro, Tulio Valenzuela y sus hijos mellizos apropiados por la última dictadura cívico militar. La chica del violín se cruza de derecha a izquierda y trepa a los asientos públicos sin dejar de tocar. La masa de negro llega a la esquina de San Martín y Urquiza, en su momento de mayor visibilidad. Allí, entre los artesanos, los promotores de automóviles y los vendedores ambulantes, los participantes se disponen en derredor de unos de los triángulos de la plaza en el que se ubica el sonido amplificado. Un grupito sube al terraplén de césped y comienza la narración de un texto fragmentado en varias voces.

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«Acá estamos. Somos más de 400. Somos las hijas e hijos de la generación del setenta. Somos las semillas que una generación sembró en la etapa más oscura de nuestra historia. Nacimos en medio de la lucha política de nuestros padres por un país más justo e igualitario. Pero fuimos arrancados de nuestras cunas y robados por los dictadores. Fuimos entregados como botín de guerra. Nos negaron la identidad. Y nuestros padres fueron asesinados y desaparecidos por los genocidas», comienza alguien. Las interpretaciones siguen con referencias a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, al crimen de negar la identidad, al pañuelo blanco como los pañales de sus hijos y al mensaje de búsqueda en todos los rincones del planeta. «Y a este grito justiciero de las Abuelas se sumaron los recuerdos que pudimos retener, imágenes, sabores y tactos que se resistieron al olvido y se alojaron en algún lugar rebelde de nuestra memoria, como un cordón umbilical que nos tira desde el otro lado del muro, desde el fondo de la verdad», recita una mujer. «Y acá estamos, siguiendo la lucha. Porque nosotros nos vamos sumando a la gran búsqueda. Somos parte de un ejército de soldados que combate el olvido y sostiene la memoria popular. Los que con cada acción vamos dejando esas miguitas en el camino para que el Melli Valenzuela Negro vuelva a casa. Porque a esta historia le falta el Melli, ese hermano que buscamos hace ya 40 años», dice otro más adelante. Se reclama entonces romper el silencio, que los médicos Torrealday, Vinstub y Rossi no sigan callando. «Señores médicos, su silencio no es salud», sentencian. «Por el Melli Valenzuela Negro, y los más de 300 hombres y mujeres que nos faltan abrazar porque mientras no conozcan la verdad, mientras la identidad falsa siga siendo un velo en el rostro de los nietos apropiados no podemos construir una patria justa para nosotros y para los que seguirán nuestra lucha en el mañana», concluyen. En otro giro emotivo de la situación, algunas de las personas de negro se retiran el velo de sus rostros para acercarse a los espectadores y personificar nietos y nietas que han recuperado su identidad en estos años de lucha. Dicen su nombre, de quiénes son hijos o hijas y cuándo se encontraron con la verdad.

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La trama

La convocatoria para formar parte de la intervención había circulado principalmente por redes, para persones de entre 20 y 45 años que quisieran sumarse a la actividad. A los que se contactaron se los convocó a una reunión en La Vieja Usina, dos días antes. Allí, integrantes de HIJOS explicaron cómo se desarrollaría el asunto, a qué hora encontrarse, cómo ir vestidos, cómo actuar. «Estamos en tiempos raros, evitemos las provocaciones», había sugerido entonces una de las impulsoras. Se repartieron los textos y velos negros. «Se sumó mucha gente que no conocíamos ni teníamos referencias, además de la militancia tradicional, estudiantes de teatro y conocidos nuestros», le explicaba esa mañana a 170 Escalones Nadia Grandón, una de las organizadoras. «La idea fue ampliar a secundarios también, para ir pasando la posta», agregaba en relación a la juventud presente. Casi un tercio de los participantes del viernes pudieron asistir a esa reunión preparatoria. Lo único que quedó librado al azar fueron las posibles reacciones del común de la gente, aquello que el actuar en el espacio público brinda como posibilidad y también como amenaza.

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La irrupción de HIJOS en la escena política nacional estuvo históricamente signada por formas alternativas a las manifestaciones tradicionales. Desde los escraches de mediados de los años noventa hasta las interpelaciones actuales hay un recorrido que se asienta sobre búsquedas alternativas en las prácticas de la política. En Paraná, esta acción del viernes 3 de agosto puede leerse como parte de una sucesión de otras intervenciones de los últimos años: en agosto de 2016, en el marco de Teatro x la Identidad, embarazadas e integrantes del profesorado de Teatro de la Uader vestidas con camisones trabajados por diversos artistas recordaron a los mellizos Valenzuela Negro frente al Instituto Privado de Pediatría. En marzo de 2017 hubo una pegatina sobre cómo hubieran titulado los diarios esas apropiaciones si hubieran investigado durante la dictadura en lugar de callar. En julio de 2017, otra movida en conjunto con la Uader se desarrolló en la puerta de los Tribunales Federales durante la condena al comisario represor José Darío Mazzaferri. Esa vez, el elemento protagonista fue un mimeógrafo como el que usaban los estudiantes que fueron secuestrados y torturados por este policía federal. La búsqueda del mellizo varón Valenzuela Negro adopta hoy estás formas creativas y participativas que expanden el discurso más allá de las esferas tradicionales, y toma dimensiones inéditas para este tipo de actos en Paraná.

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La esperanza

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La intervención de HIJOS concluye pocos minutos antes de la conferencia de prensa de Abuelas anunciando la restitución de la identidad de Marcos, hijo de Rosario del Carmen Ramos, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores secuestrada en 1976 en Tucumán junto a su hijo de cinco meses. Al cartel que pregunta por el melli lo acompaña otro que se sumó a último momento, con una abuela abrazando un enorme corazón con el número 128, ilustrado por Maxi Sanguinetti. El final es un nuevo comienzo. Más allá del gesto artístico, queda reforzado el objetivo político: despertar la memoria y que se rompa el cerco de silencio. El próximo capítulo de esta historia se escribe desde el lunes en los tribunales.

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