22 de agosto de 2019

El amor de los privados

TEXTO PABLO RUSSO

FOTOS LA VISITA

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«Me encantaría pasar por un penal de mujeres a ver si hay tantos hombres sufriendo», le dice una de las protagonistas a otra, mientras caminan por las calles de Sierra Chica, localidad en la que se encuentra un penal de máxima seguridad en la provincia de Buenos Aires. La visita (Jorge Colás, 2019) nos invita a la cotidianidad de las familiares de los detenidos: mujeres de todas las edades que viajan los fines de semana para reencontrarse con sus hermanos, maridos, hijos, padres y nietos. Llegan de noche, cargan sus bolsos, fuman, conversan, miran el celular y pasan horas de espera frente a la puerta de la cárcel aguardando el ingreso. También paran en las pensiones cercanas y hacen una previa en el bar de Emilio, un pseudo gallego que puso su boliche frente al acceso de visitantes, y que cobra desde el uso de la planchita del pelo, el baño y la carga del celular hasta por la custodia de valores.

En La visita la cámara acompaña y describe todo ese proceso por fuera del lugar de detención: la llegada nocturna, la preparación, la espera y el regreso a casa hasta el próximo viaje. Todo esto sin necesidad de una voz en off que narre lo que se ve, ni sobreimpresos explicativos. A excepción de un par de testimonios directos, somos observadores de un universo generalmente invisibilizado y estigmatizado, que es retratado con absoluto respeto y humanidad por parte de Colás (Parador Retiro, Gricel. Un amor en tiempos de tango, Los Pibes, Barrefondo). Anticipando la función organizada por Relámpago Verde para el viernes 19 en el Cine Rex, 170 Escalones conversó con el realizador rionegrino formado en la Universidad de Buenos Aires, sobre esta producción que ha recorrido festivales como el de Mar del Plata, Fidba y Bafici, entre otros.

 

 

¿Cómo llegaste al tema, por qué te interesó?

El primer contacto que tomo con la temática tiene que ver con leer una nota en el diario La Nación que registraba la cuestión de la microeconomía que se genera alrededor de Sierra Chica. Frente al penal hay un montón de locales, bares, quioscos y pensiones que trabajan exclusivamente para la gente que va a visitar a sus familiares detenidos. A partir de esta inquietud inicial comencé a pensar en una posible película y a viajar a Sierra Chica para entender este mecanismo de las visitas: cómo este pequeño pueblo conteniendo un penal tan gigante cambiaba su forma, su espacio, su gente cada fin de semana ante la llegada de 500 personas que iban a visitar familiares. Esa curiosidad inicial y estos viajes configuraron la película. Al conocer un poco más a estas mujeres, sentíamos que había en ellas algo muy potente que tenía que ver con estos lazos solidarios que se iban armando y nos parecía que ellas tenían que ser también las protagonistas.

 

¿Cómo fue el proceso de filmación? ¿Cómo se logró la confianza para introducir la cámara en esas situaciones entre íntimas y cotidianas?

El rodaje fue bastante largo, más de un año en distintos viajes que hacíamos una vez por mes porque Sierra Chica es lejos de Buenos Aires, casi 400 kilómetros. Íbamos conociendo a la gente y registrando. Al principio era bastante complicado el acceso. A la situación difícil que están atravesando las mujeres al tener un marido, un hijo, un hermano preso, encima, se suma un grupo de rodaje a hacer una película con y sobre ellas: ¿Por qué queríamos contar estas historias? ¿Desde qué lugar? Así que fue a través del tiempo, de los momentos compartidos con ellas, de pasar horas y horas esperando que abran la puerta del penal, mojándonos cuando llovía, muriéndonos de calor cuando hacía calor. Prácticamente replicábamos el viaje de las protagonistas, y así fuimos ganando confianza. La verdad que estamos muy contentos y orgullosos de que la película haya podido mostrar desde adentro, desde estos espacios íntimos, la vida de las mujeres que tienen familiares detenidos.

 

¿Cómo fue la selección de espacios y protagonistas?

Una vez que establecimos que la película sería sobre estas mujeres y que ellas serían las protagonistas, se fue configurando esta cuestión de que el documental transita fundamentalmente dos espacios. Uno es la pensión de Bibi, que tiene una historia personal porque también ella es una visitante que se instaló en Sierra Chica y en la pensión pasa mucho tiempo con las mujeres, las aconseja. Nos pareció que era un espacio interesante en el sentido de cómo estos lazos de solidaridad empiezan a fluir y a fortalecerse. El otro espacio protagónico tenía que ver con el bar del gallego, con esta especie de almacén que está justamente frente a la puerta de entrada de visitas del penal. Es un lugar donde ellas esperan y donde compran mercaderías, porque la comida que ofrece el servicio penitenciario realmente es muy mala, entonces ellas gastan hasta su último centavo para poder llevarles galletitas, gaseosas y alimentos a sus familiares. También ahí se preparan, van al baño, se maquillan, se pasan la planchita en el pelo; y todo esto nucleado en este personaje tan particular que es el gallego, que lucra absolutamente con ellas y que tiene el comercio en función de las visitantes.

 

 

En la narración proponés un modo observacional de presentar el tema, pero a la vez tomás la decisión de introducir algunos testimonios. ¿Por qué?

La modalidad observacional es particularmente el estilo de documentales que más me gusta. Vengo trabajando hace alrededor de diez años con esta modalidad. Mi primera película, Parador Retiro (2008), es un documental de observación. Los pibes (2015), que es sobre fútbol, también va por ese lado. Me parecía que en La visita había algo muy potente en registrar, ser testigo, estar cerca y compartir estos espacios con todo lo que ocurre alrededor del penal, en las afueras de ese penal. Pero también nos parecía que algunos quiebres que sucedían, algunas conversaciones que teníamos, podían tener que ver con la entrevista, recurso que quiebra con lo observacional pero que nos permitía contar algunos aspectos puntuales de Bibi: cómo era esta cuestión de que una visitante se transformaba en una local de Sierra Chica. Además, nos parecía potente cómo estas entrevistas podían mutar a una situación más observacional, como cuando Bibi da un testimonio a cámara y se transforma en una discusión entre dos personajes de la película con la intervención de otra chica. Esos quiebres me parecían interesante, contaban un poco lo que nosotros veíamos en Sierra Chica y en el mundo de las visitantes.

 

¿La película estuvo pensada desde un principio con la cámara afuera del penal?

La cuestión del adentro y el afuera del penal era un poco clave en cómo se iba a configurar la película, y la verdad que de entrada apareció esta idea de que sea siempre sobre el afuera, que mire desde los muros del penal hacia afuera para ver lo que pasa en un pequeño pueblo que contiene este penal y cómo las historias se iban descubriendo y configurando alrededor de ese afuera. Nos parecía que hay muchas películas, documentales y series que cuentan, de distintas maneras, el adentro. Nos parecía que era un punto de vista original, por una vez, mirar hacia afuera y ver lo que pasa con los familiares, con los alrededores de un penal. Un punto de vista diferente sobre algo que por momentos puede sonar tan trillado como esta cuestión de lo carcelario.

 

 

¿Te cambió como realizador haber hecho está película?

La experiencia de rodaje de La visita fue posiblemente una de las más transformadoras por las que atravesamos en este tiempo haciendo documentales. Pasamos tiempo con estas mujeres, con estas familias que están transitando un momento tan difícil. Compartimos, reíamos, llorábamos, volvíamos de esos viajes de Sierra Chica con muchas historias y sensaciones diversas. Pienso en el momento en que grabamos a estas dos niñas que dentro del penal empezaron a jugar, a charlar, a hablar de Dios y cantar una canción sobre los sueños y las esperanzas. Pienso que fue uno de los momentos más movilizantes del rodaje, lo vivimos con mucha intensidad. También está pasando algo que tiene que ver con las proyecciones en distintas salas en las que muchas de las protagonistas están participando: es muy rico ver qué pasa después, como espectadores que por ahí vienen de otro mundo que no tiene ningún tipo de contacto con esta cuestión pueden confluir con ellas y compartir una charla, un abrazo después de la película. Está bueno que pueda correr un poco al espectador común de ciertos lugares que tienen que ver con el prejuicio y la estigmatización. Ese es uno de los objetivos que podía tener la película y que sentimos que en estas proyecciones se está cumpliendo.

 

¿Qué pensás del momento que atraviesa el cine argentino y el documental en particular en relación a la producción y la exhibición?

Claramente el cine argentino hoy, especialmente las pequeñas producciones y documentales más independientes, está atravesando un momento realmente muy difícil en todas sus instancias. Hay una cierta paralización de los fondos de fomento que tienen que ver con el documental y eso hace muy difícil la planificación de películas que necesitan de tiempo de rodaje. El documental muchas veces tiene tiempos largos que no encajan con ciertos esquemas de producción que genera el Instituto de Cine. Otro de los grandes problemas tiene que ver con la exhibición, que estos documentales accedan a pantallas, que sean aceptados por los cines. No hay demasiados espacios independientes o de proyecciones de películas y miradas que escapen a las grandes producciones, tanto argentinas como extranjeras, y que cuentan otras historias, descubren otras verdades y resultan interesantes. Es difícil que el espectador llegue a tener acceso a estas películas.

 

 

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?

Estoy en rodaje, grabando un documental, Los médicos de Nietzsche, que tiene que ver con un grupo de médicos del Hospital Italiano de Buenos Aires que empezaron a tomar conceptos filosóficos de (Friedrich) Nietzsche y los están adaptando a la medicina familiar, que suele ser muy tradicional y conservadora. Están elaborando esta teoría y tienen un espacio de reflexión con sus pacientes. Se intentan correr de ciertas ideas que tienen que ver con el bien y el mal, con lo que es bueno o malo para el paciente, o con qué cuestiones son o pueden definirse como lo normal y lo natural en relación al cuerpo y a la salud. Estamos trabajando con unos pacientes y viendo cómo estos médicos siguen distintos procesos. Se está grabando todo el año, porque es un proceso largo de vínculo entre médico y paciente. Suponemos que va a estar terminada para el año próximo.

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La visita se proyectará este viernes 19 en el Cine Rex (Monte Casero 266), con la presencia de su productora Carolina Fernández. La función está prevista a las 20:30 y es organizada por Relámpago Verde – cine club local que festeja sus primeros diez años-  en el marco del Club de Cine. El valor de la entrada es de 140 pesos.

 

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