De lombrices y pan del agua

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS PABLO RUSSO

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Fabián Ibarra, el Indio, nos recibe en su casa de Bajada Grande, a metros del monumento a Gregoria Pérez. Viste pantalón largo y botas, y en la piel curtida del pecho y los brazos luce los tatuajes con los nombres de sus seres queridos y de Cristo. Debajo del sombrero negro, sus pequeños ojos acompañan con brillo la cadencia de sus palabras. «Vivo de la pesca y de la venta de lombrices», cuenta el hombre de 53 años.

El Indio es uno de los tantos pescadores artesanales del Paraná que suelen inspiran a músicos, escritores y pintores con sus alegrías y sufrimientos, pero a quienes pocas veces escuchamos en su propia voz. La experiencia inmediata, directa, de la vida cotidiana de un litoraleño, transmitida en la oralidad con sus rasgos particulares, es la intención que nos convoca a esta conversación. Partimos de la base de que la pulsión vital de un solo ser humano inmerso en la realidad circundante es significativa por sí misma, a la vez que representativa de un fenómeno mayor. El Indio es su biografía individual —que no pretendemos agotar en una entrevista— y es, además, todos los anónimos costeros contemporáneos cuyos hábitos y sustentos se entrelazan con el río.

¿Siempre anduviste por el barrio?

Soy nativo de Bajada Grande. Estuve en un internado. Gracias a eso tengo mi primario de completo, y tres años de dactilógrafo que no me sirvieron para nada. Quise entrar en la policía y no me daba la altura, tenía que tener, en aquel tiempo, un metro setenta. Había quedado solo con mi madre y mis dos hermanos más chicos, era único sostén. Y quedé en trabajar de changarín, de pescador, en la lombriciada, que siempre he hecho.

¿Cómo aprendiste?

Aprendí obligado cuando se me terminaron los trabajos. Empecé a ir con uno, con otro, ayudar, por ejemplo, a cazar tucura y juntar carnada. Me enseñaron a hacer filé, me largué a trabajar por mi cuenta a los 21 años más o menos. De más chico aprendí el oficio de la pileteada: limpiar pescado, lavar la lancha. La mayoría de la gente bajadeña empezó desde hace tiempo a pescar, ahora siguen los nietos y bisnietos, es una cadena, porque es un trabajo en el que vos no tenés patrón. Si querés vas, si no, no; y por más poco que salga, salvás el día: si no lo vendés, comés pescado. No podés decir que vas a pasar hambre.

¿Quedan muchos pescadores artesanales?

En Bajada tiene que haber fácilmente unas treinta y cinco o cuarenta embarcaciones que salen a pescar, contando todo lo que es desde Puerto Viejo para abajo. Antes Bajada era desde el puerto hasta el kilómetro 3, ahora es una cosa chiquita en el mapa, no sé por qué cambiaron todo.

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¿Todos tienen embarcaciones?

Cada pescador tiene su lancha, otros trabajan para esos mismos pescadores: cuando no va el dueño, van lo peones. Los acopiadores vienen de afuera. Puede haber algún pescador que si vende bien lo suyo, también te venda los tuyos.

¿Vos vendés en un puesto al público o directamente al acopiador?

Yo lo entrego al acopiador. Se paga por kilo. El pescado blanco en la costa a particular lo venden a cincuenta pesos el kilo, el acopiador te lo lleva a mitad de precio, lo vende en el puesto de él y lo que no, lo va empaquetando en bolsas de cinco kilos y lo friza para Semana Santa. El acopiador vive del pescador; duerme y al otro día tiene su ganancia viniendo a buscar el pescado a los vagos. Es lo que nos toca.

¿Cómo se establece el precio?

Entre el acopiador y el pescador. Si al pescador no le conviene le dice: «No, hermano. Subime o llamo a otro». Cada cual es individual.

No hablan la tarifa entre pescadores…

No, si uno se entera que aquel lo subió o bajó un poquito, todos lo ponen al mismo precio. En la costa es así. Algunos a veces venden más barato cuando sale mucho. Cuando sale poco, como ahora, no se va a andar bajando el precio con el sacrificio...

¿Cómo es tu rutina en el río?

Yo voy a la tarde. Durante el día me dedico a la lombriciada o descanso para pescar a la tarde noche, hasta el otro día. Dependen las ganas que uno tenga de pescar, vuelvo a las cinco o seis de la mañana. Es bravo el río, no tiene gajo el agua, hasta el más nadador se ahoga. Nosotros, nacidos acá, como dice la canción, antes de caminar nadábamos, pero igual me han agarrado unos calambres terribles en el agua. De noche es lo bravo, por los barcos. La luminaria de la salida del túnel camino a Santa Fe te confunde, uno no ve los barcos. Los paraguayos no respetan: te tocan bocina una vez y si no largaste, mandáles saludos… te avisó una vez y ya no les importa nada. El río es fulero.

¿Con qué se pesca?

En Puerto Sánchez y en La Toma son malleros; del Puerto para acá, espineleros. Hay canchas, alguno se toma el trabajo y con otra lancha agarran un cable largo y van limpiando, ponele, un trayecto de ochocientos metros. Después de eso la cancha pertenece a los que la limpiaron, los demás pescadores no pueden ir a echarle espineles, eso se respeta. De pescador a pescador se respetan mucho.

¿Cada cual tiene su lugar?

Cada cual tiene su lugar para pescar, pero hay pescadores que si no sale acá se van a Las Jaulas o a la Juanita. El vago con el que yo ando tiene rancho en el río que junta el Paraná con el Colastiné, hay un corte, un brazo de agua, pero cuando viene la temporada del armado se va arriba donde sale el Colorado… lo busca al pescado. Si sale de aquel lado de la isla, de este lado se corta; hoy te toca a vos, mañana a mí, es así.

¿Hay pescadores jóvenes?

Hay pibes de 16, 17 años que están aprendiendo con los otros pescadores. Los acompañan hasta que les tengan confianza para largarlos solos. Pero nacieron en el agua, no necesitan muchas explicaciones de lo que tienen que hacer.

¿Cómo es el trabajo de la lombriciada?

Saco para venderle a la gente que va a pasar el día, a pescar con caña. Un tarrito, cuarenta pesos. Con buena suerte en el día se pueden vender hasta diez o quince. Mis hijos también venden. Salimos a buscar por donde sea: monte, basurales, en todos lados donde se pueda conseguir. Intenté hacer un criadero, pero no daba abasto porque en Bajada te mandan todos a la casa del Indio. Es nuestro sustento.

¿Tus hijos son pescadores también?

El más chico tiene 18, estaba pescando hace poco pero perdieron el espinel y no le daba para comprar otro. Andan changueando. Me gustaría que aprendan albañilería, que es un trabajo que nunca se va a terminar: el que tiene oficio de albañil tiene trabajo para siempre, mientras sea responsable de su laburo. En la pesca no sabés si mañana volvés, te agarra una tormenta en el medio del río con una embarcación chica y te la ponés de sombrero. No lo aconsejo.

¿Qué le pasa a los pescadores con los ciclos de crecientes y bajantes?

Ahora en el río está difícil la mano, en el sentido de que está creciendo. Viene agua a dos manos y se corta el pescado. En estas crecidas empiezan a perderse los elementos de trabajo, los espineles con los raigones, y los peces se meten en la laguna a desovar. Y los pescadores la pasamos fulera. Aquel que puede changuear algo zafa, el que tiene un trabajito. Una vez que vuelve a bajar, cuando se estaciona, mal que mal empieza a salir de nuevo el pescado. También pasa que algunos van a pescar y de golpe y porrazo se viene una tormenta y se tienen que quedar en la isla, y el poco pescado que sacaron no lo pueden traer para venderlo, porque el mismo viento en los viveros te los mata, te los pela, y la gente ya no los quiere. Se te vienen ráfagas de golpe que son tormentones, tenés que largar todo e irte para la costa, porque no da arriesgar la vida al santo cuete. Le ha pasado a muchos que por entregar la canoa llena de pescado han cruzado desde la isla con tormenta y no han llegado ni con el pescado; es sacrificarse la vida al pedo.

¿Y si no salen otras changas?

Ahora que se corta el pescado la mayoría va a cazar carpinchos o nutrias en las islas, es una jornada aparte que deja una moneda. Uno le gana la plata de dos días de laburo con un carpincho. Lo único que la mosquitada te mata. Mismo en las casas.

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¿Qué es lo que no puede faltar en la canoa del pescador?

El cuchillo. Cada uno tiene el suyo. Al pescador muchas veces se lo mira mal porque tiene el cuchillo en la cintura. No es que sea más macho que otro, lleva el cuchillo en la cintura porque es una herramienta de trabajo. Vaya para donde vaya, me ve la policía cruzar con la cuchilla en la cintura, la uso para escarbar, por si me encuentro con un bicho. Si no lo usás en la cintura, en la canoa los anzuelos se te enganchan en la ropa, ¿y si no te das cuenta y seguís y te tira al agua, o te salta la línea y se te engancha en la mano? Lo cortás con el cuchillo, no lo vas a cortar con los dientes. Tenés que pelear con la lancha, con el espinel y el anzuelo ensartado en la mano… los pescadores recorren el espinel con el anzuelo enganchado en la mano, un chuzaso más o menos, después vienen al hospital, pero no van a dejar el trabajo.

¿Es común recibir chuzasos en la pesca?

Todos tenemos chuzasos de pescado. Al armado lo cazás y cierra las aletas, y en la chuza tiene para romper cuando entra de un lado y cuando sale del otro. Cierra las aletas y te caza los dedos, ves estrellas, como si te cazaran con una tenaza. Bagrecitos y moncholos también. Muchos dicen que vos le sacás el ojo al animal que te pinchó y lo ponés en el chuzaso y te adormece al toque. A mí me ha pasado. No creía, pero del dolor lo hice, le dije «perdoname hermano, pero me chusiaste», le saqué el ojo y me lo puse, y la baba esa que tiene en el ojo me calmó. No lo podía creer. No te cura la lastimadura, pero en el momento te alivia un montón el dolor. Lo mismo que el chuzaso de la raya: muchos dicen que se cura con el período de la mujer; pero si estás en la isla y no tenés ninguna mujer no vamos a andar con el teléfono pidiendo una con el período, ¿no?

¿Se usa el teléfono en el río?

No hay señal en todas partes, hay que andar buscando. El celular es fundamental, antes se te rompía un motor y no tenías como avisar dónde quedabas tirado. Algunos se ponen audífonos y escuchan música. Yo no lo uso, y si es posible que no me estén mandando mensajes. Lo veo cuando estoy sentado descansando.

¿Qué música escuchás?

Folclore. De los nueve a los dieciséis años me crié con el hacha, desmontando. Estuve en Colonia Nueva, Colonia Celina, Hernandarias, el Paracao, Curtiembre… Terminábamos un monte y ya teníamos patrones nuevos. Hacíamos destronque de raíz, es un trabajo duro y no se lo recomiendo a nadie. La gente que se cría en eso no va a escuchar cumbia: te levantás a las cinco, seis de la mañana y mateas con chamameces en la radio.

¿Cambió mucho el barrio?

Acá había muchas fábricas. Teníamos la aceitera, alpargatera, la porlan, la de escobas… No queda nada. Igual que el puerto, ahí había mucho trabajo. Yo alcancé a descargar unos vagones para la cerealera. No quedó nada, se terminaron los trenes, no quedaron ni los durmientes. Ahora si querés laburar tenés que salir afuera a buscar una empresa. A mí no me gusta tener patrones, con la bruja (así le decimos en Bajada a nuestras mujeres) y los chicos de a poco hicimos el rancho. No estoy desconforme con la vida, me dio la gurisa que tiene un hijo y está embarazada de nuevo, y estos dos pibes.

¿Hasta cuándo pensás pescar?

El día que no pueda ir o no pueda volver. Mi vida es el río y lo seguirá siendo, el río no lo dejo ni lo cambio. Si no fuera por el río no solamente los pescadores nos moriríamos de hambre: cuánta gente que no tiene nada, del Volca y los barrios más marginados, van a sacar un pescado para comer. No van pescando para vender, muchos quedaron sin trabajo y salen para poder comer. Tengo mi laburo, mi techo, mi gente y salud. Mientras pueda andar, seguiré pescando.

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