24 de mayo de 2019

Cuando el Indio era gurí

TEXTO PABLO RUSSO

FOTOGRAFÍAS RECUERDOS QUE MIENTEN UN POCO

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Casi no hay referencias de Carlos Alberto Solari, el Indio, sobre sus primeros años de vida en Paraná. El fundador y cantante de Patricio Rey y sus redonditos de ricota y de Los fundamentalistas del aire acondicionado nació en la capital entrerriana en 1949, mientras su padre se desempeñaba como jefe del correo. Algo de toda esa historia se desempolvó en abril de 2014, cuando presentó «Pajaritos, bravos muchachitos» ante doscientas mil personas en el Hipódromo de Gualeguaychú, sobre la costa del Uruguay. Por entonces, entre las noticias que rondaban al show, se destacaba que el gobierno provincial (impulsor del regreso de Solari al pago muchos años después de un recital de los redonditos en Concordia), le entregaba al artista una copia enmarcada de la partida de nacimiento, como recuerdo de su origen.

A principios de marzo de este año se publicó Recuerdos que mienten un poco, la biografía de 800 páginas del cantante en base a conversaciones con el escritor Marcelo Figueras durante dos años. En 2017, Sudamericana había editado Escenas del delito americano, novela gráfica autoría de Carlos Solari ilustrada por Serafín. El asunto es que, entre los diversos temas que aborda Recuerdos… (título que remite a «Perdiendo el tiempo», cuarto corte de Lobo suelto – Cordero atado volumen 2), el Indio comparte algunas reminiscencias de sus momentos gurises.

 

 

¿Cuántos de aquellos recuerdos serán reales, transmitidos, reconstruidos, inventados? En el «Prefacio / advertencia», Solari aclara que el libro «es apenas mi versión respecto de la vida que me tocó en suerte». No se trata de una verdad unívoca, señala el poeta rockero, ya que «pocas materias son más plásticas, más meleables, que la memoria». Ella es lo que uno recuerda, pero al mismo tiempo es lo que uno cree que recuerda, y además lo que dice que recuerda, añade Solari. «Gran cantidad de las historias de la infancia que conservo pueden ser recolección de lo vivido, o la forma en que terminé imaginándome algo que me contaron muchas veces. ¿Cómo descubrir qué cosa es experiencia directa y qué cosa es leyenda familiar? Salvador Dalí lo explicó muy bien: “La diferencia entre los recuerdos verdaderos y los falsos —dijo una vez— es la misma que en materia de joyas: las falsas son precisamente las que parecen más reales, las que brillan más”.», avisa. Más allá de la veracidad o no del conjunto de anécdotas narradas sin precisiones de fechas, es el Indio en primera persona el que surge de las páginas del primer capítulo del libro («Cosas de indios»), como narrador de la vida de sus padres en la Patagonia y como cronista de su primera infancia.

«Contame algo de tu experiencia en Paraná», dispara Figueras. Y Solari recoge el guante: «Vivíamos en lo que había sido una de las casas de Urquiza: una manzana o una media manzana, que funcionaba como el correo e incluía la vivienda del jefe. Tengo el recuerdo de jugar en una terraza que era como un océano de baldosas rojas, donde cada tanto sobresalía una chimenea».

«¿Cuál es tu primer recuerdo donde la música juega un rol importante?», pregunta el escritor. «Me acuerdo de una asistente que se llamaba Nélida, hija de polacos, que cada tanto nos llevaba al campo. Su vieja hacía un strudel de manzana… Era chico, pero ya me daba cuenta que había cosas que estaban bien y otras que estaban más o menos. Frente al correo estaba la plaza principal, que tenía una pérgola donde tocaban distintas bandas: la de la municipalidad, la de la Marina… Nélida me llevaba y yo me fascinaba con el brillo de los vientos. Los músicos de la Marina usaban polainas y yo las imitaba, subiéndome mis soquetitos blancos. Tendría 3 o 4 años. Volvía a casa flotando en el aire, colocado como si hubiese salido de un recital. Mis viejos no eran melómanos pero ponían música clásica en la radio. Todavía tengo la cañita que usaba entonces como batuta. Me la devolvió mi vieja antes de morir. En aquel entonces me ponía encima de un papel de diario que oficiaba de escenario, delante de una radio vieja —esas que parecían catedrales de madera— y “dirigía” desde ahí».

 

 

Más adelante, sigue Solari: «En la sala de telegrafía yo funcionaba como la mascota. Siendo el hijo del jefe, todo el mundo te trata bien aunque te odien y seas un rompepelotas. La sala era muy grande, en Entre Ríos trabajaban setenta personas o más. Abría la puerta y, ante ese despliegue humano, me quedaba fascinado. Después me iba al lado, a la cancha de pelota paleta que tenía el correo. Me quedaba un rato viendo jugar al Manco Leiva, que era el campeón provincial. O veía alguna película —porque hasta cine, tenía ese correo—, mientras jugueteaba con la hija del ordenanza. Antes el correo se trasladaba en unos cajones de mimbre, unos baúles grandes. Los guardaban en un depósito, habría como doscientos, por decir algo. Torres de canastos. Era como jugar a las escondidas en las pirámides de Egipto, por la magnitud del lugar y mi tamaño mínimo. Me acuerdo más de eso que de lo que comí anoche».

«Otro recuerdo que tengo es el de un camión que hacía proselitismo, en la época en que los radicales estaban divididos entre los intransigentes —o sea, Frondizi— y los radicales del pueblo liderados por Balbín. En la parte de atrás había un par de tachos de basura inmensos: levantaban la tapa de uno y salía un muñeco que representaba a Frondizi, levantaban otro y salía un muñeco igualito a Balbín. Me acuerdo perfectamente, pero ¿qué sé yo si fue verdad?», recapitula Solari.

De Paraná, antes de mudarse a La Plata, a su padre lo trasladaron a Santa Fe. De allí el Indio dice recordar poco, aunque una anécdota —apuntalada por una foto que circuló hace un tiempo entre sus fans— dice que Evita lo tuvo en sus brazos. «Algún bien debe haberme transmitido. Evita siempre fue el Lado A para mí. Si no hubiese puesto a mis viejos en la tapa de El ruiseñor, el amor y la muerte, la habría puesto a ella», confiesa el músico.

Estos flashes de la infancia cotidiana de los años cincuenta contada por uno de los artistas contraculturales más importantes del país, según ocurrieron en Paraná, son ahora parte de la memoria colectiva a partir de Recuerdos que mienten un poco. El libro inicia con dos citas alusivas, una de Leonard Cohen y la segunda de Jack Kerouac. «Aunque he olvidado la mitad de mi vida, todavía recuerdo esto», habría dicho el músico nacido en Quebec. «Vive tu memoria y deslúmbrate», escribió el autor de En el camino. Entre esas dos pistas juega la mente y la memoria de Carlos Alberto Solari.

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