23 de abril de 2019

Caleidoscopio sobre la violencia narco

TEXTO PABLO RUSSO

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En Triple Crimen, el rosarino Rubén Plataneo indaga, reconstruye e hilvana una serie de hechos que, de alguna manera, forman parte del imaginario popular: el narcotráfico está cada día más incrustado en los sectores humildes, los que mueren siempre son jóvenes pobres, los que manejan los hilos sin embarrarse en las calles viven envueltos en lujos y el flujo de dinero que todo eso genera descansa en los paraísos fiscales del capitalismo. A partir de los asesinatos de Jere Trasante, Mono Suárez y Patom Rodríguez -ocurridos en una canchita de fútbol de un barrio de Rosario en 2012- Plataneo desata la memoria de familiares y amigos mediante los tradicionales testimonios frente a cámara, a la vez que registra el juicio a sus ejecutores materiales y las manifestaciones exigiendo justicia. Mientras, reflexiona sobre su propia construcción audiovisual respecto a las categorías de lo real, lo verosímil, la ficción y el documental, dando ejemplo de una libertad expresiva cada vez más cimentada en su obra.

El director de Muertes indebidas y El gran río presentará su nuevo trabajo el viernes 14 a las 21:30 en el Cine Rex -en lo que será la última función de 2018 del Club de Cine-, una  inmejorable oportunidad para intercambiar ideas, a las que 170 Escalones se adelante en esta nota.

 

 

¿Cómo fue tu acercamiento al caso y cuándo decidiste que estos asesinatos podían ser tu próxima película?

En realidad, en mi plan inicial estaba investigando sobre lo que ocurría en la ciudad de Rosario: cientos de crímenes por año, mucha violencia armada y narcotráfico mezclado en cada caso criminal. Me puse a investigar algunas historias de bandidos, estaba siguiendo a unos bandidos de la zona; eso no lo llegué a abordar en película, pero en ese momento de la investigación me crucé por las calles con las marchas de los padres, familiares, vecinos y amigos de los pibes asesinados en el triple crimen y me impactó muchísimo verlos ir a reclamar justicia a tribunales. Los contacté a través de Virginia Giacosa, mi compañera de producción y gran investigadora y periodista. Nos reunimos con los padres y les propuse que me relataran inicialmente todo en la canchita donde había ocurrido el crimen. Ahí se produjo el cambio en mi actitud, mi disposición y mi decisión; ahí sentí que empezó la película, cuando los padres, hermanos y amigos de los chicos me contaron cómo fue la noche del crimen el 1 de enero de 2012 mientras sonaban los fuegos artificiales.

 

¿Cuál fue el disparador motivacional?

El dato fundamental que venía siguiendo era la cantidad de crímenes que ocurrían y siguen ocurriendo: 284 asesinados en 2012, algo brutal, escandaloso, con un 70% de jóvenes menores de 25 de barrios pobres de Rosario. Ese fue el hilo que yo seguí para para encontrarme en las calles con el caso que detonó el conocimiento en el país de lo que pasaba en la ciudad, al punto que Rosario fue llamada en esos tiempos «la Medellín argentina». Fue ese dato, ese elemento de masacre cotidiana que sigue ocurriendo no solo en Rosario sino en muchas ciudades del mundo donde el narcotráfico es un canal, una vía de lavado de dinero donde nunca se investiga la boca final que se engulle todas esas ganancias, que por supuesto está en los bancos.

 

 

¿Cómo se compone tu equipo de trabajo en el terreno?

Trabajo siempre con un pequeño equipo, un gran asistente de dirección que es Tomás Viau, también realizador e investigador; Julián Alfano en cámaras y Lionel Ríos hicieron el steady cam con el que nos deslizamos muy sigilosamente entre los pasillos de la villa para generar un plano que flotara. También en los pasillos de tribunales, porque cuando empezamos a filmar salió el juicio, cosa que no estaba confirmada, el primer juicio oral y público en la historia de la provincia de Santa Fe. Nosotros estábamos filmando este caso que se convierte en  emblemático, en tiempo real. Así fuimos el pequeño equipo que registró con la única cámara y el único micrófono el primer juicio en que fue condenada una banda de narcos y policías. Además, se completa el grupo con Mónica Amarilla, productora ejecutiva con un trabajo decisivo tramitando fondos, y Charlie Egg que creó la música original para Dolby 5.1.

 

En el relato utilizás diferentes tipos de registros, desde los celulares de los pibes asesinados hasta imágenes de las cámaras del juicio y, por supuesto, las propias, así como también fragmentos de películas de ficción. ¿Cómo se dio esa combinación?

Sí, hay una multiplicidad de registros, de soportes que utilicé en la medida de que sirvieran a la construcción de un relato. Tenía decidido eso, que me permitieran estructurar un relato que iba a ser un reflejo caleidoscópico del caso. Desde el primer momento intuí que la estructura debía hacerse alrededor de la canchita donde había ocurrido el crimen, como una especie de vórtice que había engullido a los protagonistas y los había devuelto tres años después como protagonistas de un caso emblemático que había trastocado la vida política, social y judicial de Rosario y de la provincia.

Me preguntaba cómo construir un relato cinematográfico donde hay multiplicidad de miradas, opiniones, de versiones en definitiva. Entonces, me parecía coherente que los soportes también fueran diversos y que incluyeran también la mirada del espectador con fragmentos de películas de cine negro -del cual soy fanático, admirador y estudioso-, y que posibilitaba también momentos del cine que se tramaran con el caso real que estábamos elaborando en el relato. De esa manera tenía intenciones de complicar la película en relación a la categoría documental, o a lo que se cree que es el documental como un registro de la verdad, de lo que ocurre en la realidad. Poner en cuestión eso también en el transcurso mismo de la película, implicarme yo, comprometerme como realizador y proponerles a los espectadores que nos encontremos con ese conflicto al interior de la película. No solo con el conflicto social, político y judicial; sino también con uno estético y ético.

 

 

¿Qué te pasa con las películas con el tiempo? ¿Cómo te van cambiando la vida a vos y a los protagonistas? Pienso en El gran río, por ejemplo, que a David le produjeron un disco…

Cuando se filma una película ocurre de todo; cuando se filma un documental ocurren cosas increíbles, absolutamente inverosímiles. Siempre fue así en todos los trabajos que hice y sé de muchos directores conocidos que les pasa lo mismo. Es muy intenso filmar una película y mucho más un documental cuando se hace con pasión. Ahora vuelvo de Buenos Aires donde me encontré con la productora con la que hicimos El gran río, que le modificó la vida de muchos. A ella, por ejemplo, que se casó con uno de los protagonistas que conocimos en África; a David, que le produjimos el disco mientras filmábamos. Bueno, nuestras vidas van quedando muy intrincadas cuando se filma con actores reales en escenarios de la vida concreta y a partir de historias vividas. Es un tipo de cine en que esa pasión vibra a través de los cuerpos que están en registro, para mí son experiencias únicas todas.

 

¿Cómo ves el panorama del cine nacional actual?

Esta semana nos manifestamos un montón de productores, directores y actores pidiendo la renuncia del Secretario de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, y del presidente de facto del INCAA, Ralph Haiek, que están vaciando y subejecutando el presupuesto, invirtiendo en plazos fijos el 70% de los fondos que deben ser destinados a películas que ya tienen resolución favorable para ser filmadas y ellos no los habilitan. Estamos en una situación como todos los sectores de la vida económica del país, afectados por una política de vandalismo, saqueo y producción de pobreza masiva. La producción cinematográfica nacional no está exenta de esta violencia política que se está aplicando sobre toda la población, por lo tanto creo que más valor tiene aún toda producción cultural que se intente hacer en estas condiciones.

 

 

¿Para qué sirven las películas?

Siempre estoy filmando cosas porque pienso que el cine no sirve para nada más que para expresarse, como si esto fuera poco. Ninguna expresión artística tiene porqué ser demandada de utilidad, en todo caso eso hay que demandarle a las empresas subsidiadas por el Estado o a las fábricas que tienen que producir alimentos sanos. La mayor parte de los que hacemos cine no nos hacemos ricos con esto, sino que comprometemos mucha vida construyendo obras que son también muy vitales. Ojalá las películas sirvan para que estemos 100 minutos apasionados con un relato y después podamos conversar de lo que ocurre. Por eso me interesa siempre acompañar las proyecciones. Cuando estuve en México con Triple crimen el público me decía que era una película que se tendría que haber hecho allá. Lo que intento, también, es cuestionarme a mí mismo, a la forma en sí, a las categorías que intentan rigidizar los relatos, pugnando, en definitiva, por la absoluta libertad expresiva en el campo del arte y la cultura.

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