23 de abril de 2019

Bailarines del Central

TEXTO Y FOTOGRAFÍA PABLO RUSSO

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Una rubia está sentada en el cantero de una palmera. Mira su celular, parece que espera algo o alguien. La calle peatonal Venezuela en su intersección con Chile está casi vacía, como suele ser los domingos a la tardecita. Tres personas se instalan enfrente a ella. Toman mate, charlan. Tienen un parlante negro portátil con un pen drive enchufado, por ahora apagado. Dos chicas jóvenes se acercan al lugar. Unos minutos más tarde, poco después de las 20, una pareja mayor abre sus reposeras y toma asiento. Cuando se enciende la música comienza a sonar un tango y el espacio entre esa gente se convierte en el centro de atención: primero las dos chicas salen a bailar. Para el segundo tema, se le suma la pareja mayor. Y así, sin más preámbulo, arranca la milonga al aire libre, como viene pasando cada fin de semana sin lluvia desde septiembre pasado.

 

 

Son cuatro de tango y cuatro de folclore en continuado que se van alternando en el baile. Una mujer desparrama talco sobre las baldosas «para no resbalar, o hacerlo de un modo especial», dice. «No se escapen que viene otra», aclara uno al final de una zamba cuando algunos bailarines amagan con dejar la pista. Durante el turno del folclore, relucen los pañuelos. Al rato ya son más de treinta y para las nueve de la noche hay unos cincuenta danzantes, con o sin experiencia, autoconvocados a pocos metros del shopping La Paz. Hay quienes llevan su botella de agua para hidratarse, otros sus propios asientos. Nadie vende nada, ni comida ni bebida. Tampoco se cobra ni se pasa la gorra. La invitación es sencilla y dura entre las 20 y las 23. «Hemos llegado a ser más de ochenta», le aclara Néstor Zabala a 170 Ecalones, un contador y profesor de yoga de 51 años que ese domingo se ocupó de llevar el parlante. «Tenemos un lindo piso acá, y la idea es juntarnos a bailar tango y folclore en esta esquina, cerca del ex mercado central», agrega.

 

 

Quienes están en el lugar opinan que a Paraná le faltan este tipo de espacios. «Esto salió de manera espontánea de gente a la que le gusta bailar, de varios grupos y talleres de tango y folclore. Se tiró la propuesta y quedó acá, que es céntrico pero no el medio de la peatonal. Como esta zona no tenía nada resultó atractiva», explica Néstor. La elección del día es porque los domingos muchos no saben qué hacer -comparte-, especialmente la gente más grande. «Hace más de un mes que venimos siempre. Sabemos ir a un taller. Hace diez años que empezamos, después dejamos y ahora volvimos. Nos defendemos bailando, pero no estamos para competir», cuenta Cacho, que junto a Estela resultan de las parejas más admiradas en la improvisada pista. Ellos vienen desde el barrio Universitario solamente a bailar tango, durante los temas de folclore se sientan a descansar. Ambos tienen 60 años. Laura, en cambio, tiene 20 y se acerca desde el barrio Las Rosas. Josefina, de 23, viaja hasta allí desde Oro Verde. Las dos practican tango desde el año pasado y en diciembre se sumaron a la convocatoria callejera. «Empezamos a venir seguido este año, es muy lindo lo que hacen acá», comenta Mabel, de 75 años. Junto a Carlos, de 83, llegan desde Villa Sarmiento. «Venimos a aprender, nos encanta», añade Mabel.

 

 

A pesar del calor algunos visten camisa y zapatos, aunque la mayoría está de remera, pantalones cortos y alpargatas, zapatillas o sandalias. Los faroles con sus lámparas de bajo consumo ganan protagonismo a medida que oscurece. La gente que pasa se detiene a mirar, filmar o sacar fotos. Entre las oficinas del PAMI y los negocios de ropa cerrados termina ahora una milonga. «Hay tango o milonga; chamamé, zamba o algún gato. Acá queremos que todos se sumen, desde el que es profesor hasta el que se anima a dar sus primeros pasos sin ningún conocimiento previo», invita Néstor, con la idea de sostener la movida en la calle durante todo el año. «Hasta ahora, vamos», se entusiasma. Con el antiguo mercado de fondo, debajo de las palmeras se recortan los bailarines fundidos en un abrazo, mientras se escucha la voz de Julio Sosa: «Si yo tuviera el corazón…/ ¡El corazón que di!… / Si yo pudiera como ayer / querer sin presentir…».

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